En mi ocupación como escritor en periódicos, que ya podríamos llamar mi tercera profesión, no he sido muy aficionado a comentar la actualidad; pero, amigos, la peripecia del mandato de P. Sánchez y el resultado de las elecciones del 23-7-23, si que me llaman “al tajo”.
Los que tienen la paciencia de leerme, conocen mi heterodoxa interpretación del Quijote. Yo creo que la intención de Cervantes no se limitaba a desacreditar los absorbentes libros de Caballería, sino que pretendía, además, poner a los dos prototipos de español, el utópico soñador y el riguroso realista, ante las mismas “aventuras” y estudiar sus reacciones. Y como propósito mas oculto, la crítica feroz a quien siempre nos manda, con legitimidad o sin ella.
Sancho, el pueblo, sabe que Don Quijote, el que le manda, se equivoca siempre al emprender sus locas aventuras, siempre se lo advierte y siempre lleva razón. Sin embargo comparte sus desgracias, que llegan siempre. Es la superioridad del hombre del pueblo y su sentido común sobre los soñadores y sus entelequias que pretenden cambiar el mundo a su gusto.
Buena prueba de que estos eran los propósitos “ocultos” de Cervantes, que dan el verdadero valor intelectual a su obra, es el relato, la fábula, del gobierno de la “Insula de Barataria”.
“El loco” Don Quijote prometía a Sancho, cuando le veía decaer en su fervor aventurero, la propiedad de alguna quimérica “Insula” que llegase a conquistar en sus locas “aventuras”. Pues bien, unos terratenientes planean y llevan a efecto esa promesa, para divertirse con los disparates del bueno de Sancho.
Pero Sancho, el pueblo llano, acepta con naturalidad el reto y asombra, a todos, resolviendo los intrincados problemas de gobierno que se le presentan, con cordura y sentido común. Y después da un paso atrás, dimite y vuelve a su papel.
Decidme, amigos, si esto no es la moraleja de la fábula que, en su tercer propósito, es la obra de Cervantes: El pueblo español es superior a quien le gobierna, sin embargo se resigna a ser, siempre, un dócil mandado.
En cuanto a la “peripecia” que nos ha traído hasta aquí, hasta estas absurdas elecciones y su desconcertante resultado, es más de lo mismo. Es el relato de las locas “aventuras” y desaguisados del que nos manda que, a veces, supera, en comicidad, a las del “libro”. Y algunas hasta parecen sacadas de él. Recordad la famosa de la cuerda de galeotes, condenados a galeras.
Don Quijote, en su mundo de ilusión ve, en ellos, a gente desventurada y forzada, a la que, según su código caballeresco, tiene que ayudar y liberar, aunque Sancho le recuerda: “Esta cadena es de galeotes, gente forzada del Rey, que va a las galeras”.
Pero Don Quijote insiste: “Quiero rogar a estos señores guardianes y comisarios sean servidos de desataros y dejaros ir en paz”. Y como los guardianes no consienten, los libera en contra de la autoridad.
Una vez liberados, Don Quijote se dirige a los presos: “De gente bien nacida es agradecer los beneficios que reciben “…” en pago del cual querría, y es mi voluntad, que, cargados de esas cadenas que quité de vuestros cuellos, luego os pongáis en camino y vais a la ciudad del Toboso, y allí os presentéis a la señora Dulcinea ….”.
Pero, los presos, una vez liberados, no están por la labor de reconocer a Don Quijote el favor recibido y ante la negativa, Don Quijote monta en cólera y amenaza
a Ginés de Pasamonte (¡¿Carles Puigdemont?!), líder y portavoz del grupo de presos. Pero...“comenzaron a llover tantas piedras sobre Don Quijote…”, y luego les robaron, “dejando a Sancho en pelota”…”y a D.Q., mohinísimo de verse tan mal parado por los mismos a quien tanto bien había hecho”.
Y es que amigos: O Cervantes escribió el libro anteayer o es que en España es siempre lo mismo pues, este capítulo, parece el relato fabulado de los famosos indultos a los políticos catalanes.
El pueblo español es mejor que los farsantes que siempre lo han mandado y lo mandan. Y si en una parte de él no es cierto, es porque el que manda lo pervierte con sus extravagantes fórmulas.
Hay que añadir, al despropósito de la “peripecia” y las elecciones, el de nuestra Constitución, que permite ser decisivo, al grupo más minúsculo… y enemigo de la nación.