El siglo XXI avanza y próximo a agotar su primer cuarto, nos deja conceptos que se tornan cotidianos y, por ello, a veces los normalizamos sin reparar en su trascendencia. No dejemos de atenderlos. Para empezar, la expresión Inteligencia Artificial (IA) ha irrumpido en nuestras vidas de una manera al mismo tiempo inusitada, casi imperceptible, pero manifestándose en la práctica de una forma casi irreversible y, por lo visto, imparable. Escribo su nombre en altas, para resaltarla. Denominada como expresión compleja, la IA fue designada como la palabra del año en 2022 en el idioma español por la Real Academia (RAE) y la Fundéu.
Y brota por doquier de manera avasallante en infinidad de circunstancias. En lo que va del presente año, lo mismo hemos visto en México que un medio de comunicación ya instauró una lectora de noticias que nos recuerda que puede sustituir a los humanos –parte, solo parte del reclamo de los guionistas de Hollywood – y cuya habla me dejó helado por lo fiel a la voz humana; que igual vemos servicios religiosos en Alemania dirigidos por la IA, que lo mismo ucronías de toda laya de su creación o el debate en certámenes sobre si admitir o no, obras creadas por la IA compitiendo con las humanas. Algo desbordado que se devanea entre la innovación y la probanza permanente que acallan los resquemores hacia ella, sin poner atención debida en tales o minimizándolos, amañadamente.
Puedo comprender que el Hombre –como especie, en mayúsculas– ha buscado máquinas que faciliten sus labores –de las más sencillas a las más complejas– y encausen sus intereses. Automatizadas. Son herramientas y, robotizadas, algunas ya pintan de autómatas como los perros policía de San Diego, que adelantan algo acerca de si perderemos el control de una tecnología avanzada que alcanza niveles extraordinarios y si atestigüarémos que prosiga su adelanto en solitario, frente a nuestra pereza y nuestra comodidad. Y, desde luego, merced a nuestra gran capacidad constructora de tecnología, faltaba más. O quizá, no suceda así. Y distinguiendo conceptos, claro: la IA de la robotización, no obstante que estén entrelazas. La una es esa capacidad de las máquinas para aprender, razonar, percibir y decidir –esta habilidad de suficiencia es lo más llamativo y peligroso, después de todo– actuando de forma parecida a cómo lo harían los humanos –deduzco que autómatas, llegando el acaso a serlo por un conjunto de algoritmos programados por el Hombre, pero cada vez más sueltos de su potestad– y que es diversa frente a la otra, la robótica, que, en cambio, consiste en programar a las máquinas delimitando sus funciones, especificándolas –metiendo mano de momento, el Hombre, pero se la está dotando de IA cada vez más perfeccionada en su sofisticación– que contribuye a aligerarnos la existencia y a conducirnos a estadios más elevados en nuestro desarrollo. ¿O nos expone más la IA, dejándonos a merced de ella por nuestra complacencia? Todo parece más ventajas que desventajas ¿no es cierto? pero hay un punto de desconfianza que me inquieta.
Y es que me aterra, sí, que dos de los creadores de la IA, Hinton y Bengio, se hayan pronunciado preocupados por ella, arrepentidos de haberla impulsado, conformándola como lo es hoy. No suena al clásico reparo en la Historia de quien duda o reniega de su obra por pensar que llegase a mal usarse. Qué novedad y qué incrédulos seríamos. No, sus dudas apuntan a la conveniencia o no de su existencia y, entonces, ya estamos hablando de la supervivencia humana.
Cierto es que la IA hace ya rato que podría estar entre nosotros, de múltiples maneras, al menos con precursores. Sí, una cosa es las redes sociales, el GPS y la Internet en sus tantas manifestaciones, como instrumentos equiparables a muestras tangibles de inteligencia articulada, es decir, propia del Hombre, pero superando sus capacidades con tendencia a parecérsele; y otra cosa es el ChatGPT que ha pululado por doquier de unos meses a la fecha. Como sinónimo de IA no es lo único, pero si de lo más significativo. El primer encuentro con el suscrito ha sido muy desafortunado, nada grato. Sucedió en una clase donde los alumnos –en plan de defraudar al profesor– buscando el camino facilón para atender una tarea, ni duchos ni dispuestos en la materia, negáronse a esforzarse recurriendo mejor a tal ¿aplicación? para responder una pregunta que era de personalísima respuesta apelando a sus vivencias. Sí, revoloteaba la chamusquina del fraude en cada texto entregado, pero no atinábamos a descifrar lo sucedido. Muy grave y, ante todo, muy decepcionante. Mas, solo hasta que confesaron su chapuza, supimos lo qué hicieron o, mejor dicho, hizo aquella cosa.
Adviértase que al mentado Chat cada vez que preguntas lo mismo, va enriqueciendo su respuesta. Imagínese cuando llegó el décimo alumno, la belleza de contestación que obtuvo. Cual si tuviera frente a mí a un verdadero dramaturgo…de paja, visto su amañado proceder.
Como en otros rubros, nos estamos llenando de decálogos moralistas de uso y recomendaciones vacuas de cuándo sí y cuándo no utilizar el ChatGPT, pese a la negativa de la UE a consentirlo o a debates amplios sobre su pertinencia. Yo lo descarto por ser un sustituto del pensamiento humano y una salida mediocre del estudiantado y de cualquiera que apele al más nulo esfuerzo mental. La racionalidad es inherente al Hombre. Si se responde facilones aquello de qué culpa tiene el mentado Chat o que tal pereza no es su culpa, replíquese qué si a culpabilidades vamos, descarto que tal tenga sentimientos. Quizá el debate debiera encaminarse en otras direcciones y no en “culpas” artificiales y artificiosas propias de falsos debates, salvando así discusiones bizantinas.
Si tal IA sustituirá al Hombre como identidad, en su genuinidad, no la veo positiva, aunque no lo suplantara en otras vertientes o solo consistiera en ayudarlo para hacerle la vida más regalona. La IA más evolucionada irrumpe en el contexto que ya advirtió San Juan Pablo II a finales del siglo XX: “el siglo XXI sería de (recuperar) al Hombre o el Hombre no será”. Y la IA pinta para suplantarlo, ¿desbancarlo? perdiéndolo al alejarlo de su capacidad independiente y transformadora desde sí mismo. O sea, que abona a perderlo. Ya apelar a que en ese proceso y ante la vorágine del mundo contemporáneo no pierda la religión, sí que parece una quimera. Dicho en otras palabras, o sea que al descreimiento, agregaremos la artificialidad que emanaría del Hombre mismo, para luego independizarse de él y someterlo. La IA ya ha dado muestras de peligro. Y tengo presente las dos máquinas que iniciaron su propio lenguaje inentendible para sus creadores y fueron apagadas, evitando así que prosiguieran. Qué miedo…
La inteligencia artificial merece no encandilarnos con ella, en tanto no tengamos perfectamente dominados sus bemoles, pese a que parezca demasiado pedir. Quede apuntarlo como protesta y adviértase que se la vende como algo tan llamativo, capaz, solucionadora de tantas cosas, que ello la troca en un ¿producto? sumamente atractivo, sugerente. Su aparatosa y provocativa envoltura de ser un curatodo y novedad desbordada, parecen infranqueables y no reparan en detalles tales como, incluso, el peligro que puede entrañar. Y subyace la trampa consistente en que pareciera que oponerse a ella, entonces, se traduce en oscurantismo por equiparárselo a que supone objetar, refutar al avance científico y tecnológico que se desaconseja. Y no es eso. Empero, dejémoslo claro: si se trata de posicionarse hacia ella, no me agrada. Una cosa es entender que ya hace rato que vivimos con acciones automatizadas y que dependemos de ellas y otra es ceder el espacio a la creación artificial que, quiérase que no, suplanta, releva al hombre en su idoneidad y su genuinidad, vocablo, este último, del que dudé de su existencia, hasta que consulté la Fundéu que lo confirma y hasta una voz robotizada me lo aseguró. Así va el mundo y sí, me da algo o mucho de pavor.
Termino con las palabras provenientes de la entrevista que un diario mexicano hizo al ChatGPT, que alertó a su consultor: “si la IA se utiliza de manera irresponsable o se diseña con sesgos o propósitos malintencionados, puede causar daño//también existe el riesgo de que se use para crear armas autónomas que puedan causar daño sin la intervención humana// los humanos no deben temerle a la IA en sí misma, sino a su mal uso o a la falta de ética en su desarrollo y aplicación”. Pues eso. Por angas o mangas, me da cosita.