Aunque sea cierto que el PP ha ganado las elecciones, como repite sin cesar Núñez Feijóo, no puede gobernar, no cuenta con los apoyos parlamentarios suficientes para ser investido presidente. Ni siquiera tiene seguro los votos de Vox ni los de Coalición Canaria que, como suele, apuesta a caballo ganador. Francina Armengol fue elegida presidenta de la Mesa del Congreso por mayoría absoluta. Y Pedro Sánchez tiene prácticamente asegurada la victoria final.
Sin duda, el presidente en funciones se ha comprometido con Puigdemont y Junqueras en aprobar una ley de amnistía, camuflada tras el eufemismo de “desjudicializar” el intento de golpe de Estado y también a permitir que se celebre un referéndum vinculante sobre la autodeterminación, al que buscará otra fórmula semántica. Y con un par de decretos ley, para evitar el veto del PP en el Senado, cumplirá con los caprichos siniestros e inconstitucionales de los secesionistas. Pues, de otro modo, perdería los apoyos parlamentarios de ERC y Junts y no podría gobernar.
Puigdemont y Junqueras, además, prefieren a Pedro Sánchez en La Moncloa que a Núñez Feijóo. Con el líder del PSOE, se convertirán en los protagonistas de la legislatura y tendrán al Gobierno a su servicio. Todo lo contrario que con el PP al frente del Ejecutivo. Ya se comprobó en la votación de Armengol a la que apoyaron sin pestañear, después de marear la perdiz y sacar de quicio a Sánchez. Y harán lo mismo hasta que se celebre la sesión de investidura, pero, al final, resulta más que probable que optarán por apoyar a Pedro Sánchez. Salvo milagros, Núñez Feijóo no tiene la menor posibilidad de ser investido y debería renunciar a poner en un aprieto al Rey si solicita que le proponga.
El Gobierno Frankenstein al cuadrado desguazará la Constitución y Pedro Sánchez cometerá irregularidades y trampas ilegales sin cesar. Pero hay que reconocer que el líder del PSOE ha ganado por goleada a Núñez Feijóo. Ha sido y será un pésimo presidente de Gobierno. Pero es un brillante malabarista político. Por primera vez, un partido que ha perdido las elecciones estará al frente del Ejecutivo. Y, además, ha puesto en ridículo al ganador que tendrá que sufrir una interminable travesía del desierto en la Oposición. Es lamentable e injusto, pero también incuestionable.