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LA BÁMBOLA

Acindino Quesada: esa risa frente al espejo roto

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
viernes 15 de septiembre de 2023, 19:11h

Muere Acindino Quesada, octogenario niño, artista silente, una melena que bajaba hasta las orejitas ratoniles y erectas con la raya al medio como partida con un hacha, las gafitas redonditas, el afeitado impoluto, delgadez mártir, el bolsillo de camisa invadido por los bolígrafos de colores, las manos voladoras, la mirada fija como un disparo, la nariz de pájaro, los dientes blancos, muchos papelitos por los bolsillos sin dinero, la risa mineral y primitiva. Quiero pintar como el pájaro canta, dijo Monet. El canto azul de Acindino.

Acindino Quesada cursa sus estudios sin títulos en el París de todas las Sorbonas, en el Nanterre de todos los desafíos, en la Coupole, Deux Magots y Flore de todos los pufos. Acindino Quesada pronto se hace amigo de todos los grandes, de Duchamp a Beuys, y empieza a meter en el trastero todos los regalos ajenos y nerviosos. Acindino Quesada, en un rapto de inspiración, se inventa en París la Fundación Danae, casi mil obras de pop/art auténticas y modernidad recalcitrante y todos los tornillos sueltos de auténtica ferretería del alma. Acindino Quesada, al final de sus días, apela a sus orígenes asturianos, y el Principado le acoge en universidades laborales donde, por las noches, según decían, se disfrazaba de monja y andaba en volandas por los pasillos.

La colección Quesada/Danae acumula en el trastero manuscritos, instalaciones, lienzos, un basto e interminable campo de arte contemporáneo foráneo del que aquí no se ha enterado ni el apuntador. Acindino Quesada fue estatua durante décadas en el Café Dindurra de Gijón, según entras a la derecha, banco junto al ventanal y periódico nacional extendido como una sábana sobre las rodillas. Mucho café, ojos abiertos, todos los espejos rotos de alrededor, cada vez que Acindino clavaba sus ojos de muerto en ellos. ¿Te disfrazas de monja por las noches en el palacio episcopal, Acindino? No digas bobadas, coño. Aquello fue un mero trámite o acuerdo institucional, techo y trastero a cambio de cesión temporal de la obra, creo, algo parecido, ni idea.

Acindino, de repente y al acaso, sacaba un folio de Duchamp con mucha letra de hormiga, y remarcaba el encabezado como un barítono: “Querido Acindino, y bla bla bla”. Vestía de oscuro y era un fantasma blanco de cuatro y media de la tarde, con descafeinado y vasito de tubo con agua y algunos hielos. Empieza a mover el cotarro de París a España (Asturias) sobre el 2006. La mayor colección de arte conceptual del mundo. Realiza, a lo primero, algunas exposiciones donde muestra el género, con financiación de sesenta mil pavos. Inevitable que a todos les cayesen los palos del sombrajo: Man Ray, Picasso, Buñuel, Dalí, Philip Corner, Joseph Beuys, Robert Watts, Yoko Ono, Vostell. “Hay que escuchar al ser-sujeto, que no es introspección sino ser creativo y actor de la propia vida, como agente de sus necesidades”, decía Acindino Quesada, estatuario, inmóvil, dormido.

Lo supo todo de la ruptura, jamás fue un burgués, y puso en pequeño el triunfo de la razón que escondía cálculo y usura. Acindino Quesada tenía sed de lo nuevo, fuese bueno o no, y no situó a la modernidad como triunfo de la razón, y así supo aniquilar tradiciones, apariencias, adhesiones, pertenencias y el mero acto de colonizar la vida según el dólar. Galieo descubre las leyes del mundo, Leonardo da Vinci crea el arte como ciencia y Miguel Ángel mide al hombre con el poder divino desde el desnudo. Acindino era un visionario de mucho peine barato, la raya como una autopista en la mitad del cráneo, entre los dos hemisferios. Acindino fue un teórico al que la teoría abría el apetito de cafeína. Acindino, vestido de monja, era la conciencia del sujeto creador que Descartes hace hombre y no solo divinidad.

Siempre vio el consumo de masas como otro totalitarismo, similar a Freud y Hitler, idéntico a Nietzsche y Stalin. Se salva por la bohemia del estudiante, años parisinos de muchos libros y apuntes, años parisinos veloces y de vida radical. Se salva por un desprecio completo de la vida mundana, esa elevación talar en las noches de palacio húmedo, donde no sé si volaba por los pasillos con los pies desnudos, donde no sé si la aparición era el marco, acaso la orla, del hombre entero, entre la risa y el disfraz, puro moderno.

Muere Acindino Quesada y su colección igual acaba en la basura, como acabó en el rastro todo Ramón y Cajal, todo Anglada Camarasa, todo de todo, hasta la primera pluma de Cervantes mientras se comía a sí mismo, hoy un dedo crudo, mañana un pie frito. “El arte no es lo que se ve; el arte es la brecha”, dijo Duchamp. La pintura, sí, no debía ser solo retiniana o visual, sino que debía vincularse con la materia gris de nuestro entendimiento en lugar de ser puramente sensorial. Acindino era un folio arrugado doblado en cuatro partes y una media sonrisa que empezaba en la boca y acaba en los ojos pasmados. ¿Te vistes de monja o no? Déjame de bobadas. ¿Vuelas por las noches? No, navego. ¿Cuándo meas sentado parpadeas? No, me concentro. ¿Cuándo jiñas qué ojo guiñas? Ambos.

Muere un gorrión negro. Muere un sabio amarillo. Muere un amigo azul. Le debo un libro entero. El arte es lo que se ve al cerrar los ojos. Acindino Quesada: laberinto, monigote, mapa, hechizo, embrujo, talismán. El arte es el tajo. “Lo que dejas salir”, explicó Warhol. Mucha pena.

Diego Medrano

Escritor

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