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DESDE ULTRAMAR

De Chile 73 a la feroz naturaleza y otras efemérides

Marcos Marín Amezcua
domingo 17 de septiembre de 2023, 18:43h

El cincuentenario del golpe de estado al legítimo gobierno de Salvador Allende, no pasa inadvertido en nuestra América. Fue un brutal quiebre a la democracia, muy profundo y muy miserable en un país que era ejemplo de alternancia ideológica como ninguno. Y así ha de ser considerado el suceso por suponer una quebradura de la democracia, inadmisible y deplorable. Frente al grosero negacionismo y la intentona derechista, por no decir simplemente descastada, de obviarlo y justificarlo, las escenas del Palacio de la Moneda bombardeado con el presidente Allende dentro, los exiliados, los asesinados claman por no callarlo. Y la consiguiente dictadura pinochetista es una vergüenza del mundo iberoamericano.

Sí, como sucede con otros dictadorzuelos como Porfirio Díaz, Rojas Pinilla, Trujillo o Franco y Chávez y otros más de pacotilla y sí, sume a Castro, siempre habrá los agradecidos y abyectos que seguirán lamentando la ausencia de tanto impresentable y justificando patéticamente su proceder. Pinochet no es la excepción. Después de todo, Allende tenía más derecho a defender la democracia que Pinochet a usurparla e instaurar la dictadura. Le disguste a quien le disguste.

Ha sido acertado por parte del presidente Gabriel Boric, remarcar el episodio. La mendacidad de sus opositores acusándolo de ser quien más ha dividido a los chilenos por exaltarlo, es desvergonzada. A ver si será el culpable del golpe a Allende. ¿Qué la ocasión la usa para llevar agua a su molino? Eso no resucita a los muertos caídos por mor de los esbirros que instauraron el gorilato pinochetista. Ha hecho bien en convocar a que otros mandatarios iberoamericanos acudieran a conmemorar tan terrible hecatombe y a decir un ¡nunca más! actuar contra la democracia –aún asediada, pero ahora por intereses económicos más que por sables insumisos– y el impulso al Compromiso de Santiago es un buen referente para advertir al mundo iberoamericano que no permitamos nunca más semejantes chacales golpistas y asesinos y hechos deplorables como los acaecidos en Chile el 11 de septiembre de 1973. Tal golpe recuerda tanto al de Francisco I. Madero en México en 1913. Y también fue derrocado con el auspicio y la intermediación yanquis. Cosas del mandamás continental y su intervencionismo majadero, abusivo.

La desclasificación de documentos que nos dejan joyas tales como la de Nixon diciendo: “no lo hicimos, pero ayudamos”, expresándolo a ese rufián de las relaciones internacionales que es el centenario Kissinger, abona a sostener que EE.UU. debería de disculparse por su desgraciado injerencismo en Chile, mínimo, y con copia para el mentado exsecretario de Estado. Se lo merecería. Su estampa me recuerda por qué no suelo dejar que se lea su obra. En ella ¿nos contará las trapacerías de su trayectoria tan siniestra? Es una verdadera pérdida de tiempo. ¿Nos hablará de los altos valores de la diplomacia yanqui? Por favor… ¡pamplinas! y a otra cosa.

Me resta un punto. ¿Qué Allende se suicidó? pues hay testimonios encontrados, como el del general Javier Palacios que afirmaba que no, que lo ajustició y suena bastante sensato. Alguien que se queda en el Palacio de la Moneda como correspondía, a defender la legalidad de su gobierno, no pinta para suicidarse. ¿Qué sí, por cobarde? Pinochet no es un monumento ni a la hidalguía ni a la valentía y sí a la traición, la cobardía más manifiesta y la vileza. Dicho sea, para puntualizar por si alguien pretendiera adornarlo a cambio o defenderlo.

Solo queda recordar la generosidad mexicana y la insigne intervención de nuestro embajador en Chile, Martínez Corbalá, ayudando a los chilenos a escapar a México. Para variar, México extendiendo el asilo a quienes lo requirieron, da igual si españoles, argentinos, uruguayos, guatemaltecos o hasta Evo Morales, en su momento. A mí me enorgullece que mi país ha plantado cara ante tanta canallada y agradezco los agradecimientos que a él expresan quienes así, salvaron la vida. Los enaltece.

A miles de kilómetros del país andino, irrumpe el catastrófico terremoto en Marruecos que nos ha dejado a los mexicanos escenas tan dramáticamente familiares, con un monarca que asoma la cabeza a las tantas, como le pasó al presidente mexicano priista De la Madrid en el aciago sismo de 1985 y, además, con el terrible refilón de lo sucedido en Libia, donde el golpe de la tormenta mediterránea “Daniel” a su territorio deja, igualmente, imágenes más que dantescas. Devastación por doquier. Ya habíamos visto bastante con una sorprendente dana sobre España y lo sucedido también en Mallorca por la furia de “Betty” tan de súbito y, ahora, estas otras dos tragedias. Si es atribuible al cambio climático tal fiereza del clima, debemos de acelerar nuestra preocupación y ocuparnos, además, en buscar remedios urgentes ante semejante clima tan trastocado.

Restan dos efemérides: la primera: este 14 de septiembre de 2023 se cumplen 500 años de la muerte del breve papa Adriano VI (1522-23). Neerlandés, confesor de Carlos V, que lo impulsó al solio pontificio, el último no italiano hasta la elevación del polaco San Juan Pablo II (1978). Decidido a permanecer en Roma en la peste que azotó a la Ciudad Eterna, pereció víctima de aquella. Cuando el papa Francisco efectuó aquella misa a inicios de la pandemia en 2020 en medio de la plaza de San Pedro solitaria, con aquel Cristo quebrado que rememoraba aquella otra pandemia de cinco siglos atrás, tuve en mente al papa Adriano de Utrecht que se habría encomendado a tal, apelando a su protección bajo la fatal calamidad que lo mató.

Otra: y mientras la familia real británica rememoraba la egregia figura de la longeva Isabel II a un año de su muerte, preguntándose la prensa por qué Carlos III no ha efectuado mayores cambios en la institución, cuando que hay que recordar que eso se lo ha montado la prensa, no el monarca británico; este 15 de septiembre conmemora su jubileo de oro el rey de Suecia, Carlos XVI Gustavo, de la dinastía Bernadotte, descendiente del afamado mariscal napoleónico. Esa usanza tan peculiar de los monarcas suecos de añadirse un nombre tras el numeral ¿no es cierto? Es un sujeto nunca exento de polémica, de sus correrías a las declaraciones sobre si hubiera preferido que su hijo varón lo sucediera y no haber modificado la ley sucesoria, resultando en un personaje que llega a este cincuentenario en el trono, en medio de la amenaza rusa del año pasado a su país si se incorporaba a la OTAN y una corona que heredará, si todo va como va, a su hija y a su nieta, abriendo para Suecia un periodo de reinas por derecho que promete muchos años más. Ahora ostenta un escueto título de Rey de Suecia, a veces ampliado al de “Por la Gracia de Dios Rey de Suecia, de los godos y los wendos”. Ya no más lo de rey de Noruega y, mucho menos, aquel otro propio de tiempos ya idos, de expansión: “Gran Príncipe de Finlandia, Duque de Scania, Estonia, Livonia, Carelia, Bremen, Verden, Stettin, Pomerania, Casubia y Wendia, Príncipe de Rügen, Señor de Ingria y Wismar, Conde palatino del Rin, Duque de Baviera, Jülich, Cleves y Berg.” Los fulgores de épocas pasadas que prodigaron lustre, apoteosis y brillo a sus ilustres antepasados.

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