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TRIBUNA

La Ilíada o el poema de la fuerza

martes 26 de septiembre de 2023, 20:32h
Actualizado el: 26 de septiembre de 2023, 20:39h

Algunas empresas literarias solo pueden tildarse de encomiables; sin lugar a dudas, la persistencia de la editorial Trotta en ofrecernos las obras de Simone Weil es una de ellas. Hace escasos meses llegaba a librerías, en su colección Minima Trotta, con traducción de Agustín López y María Tabuyo, La Ilíada o el poema de la fuerza, publicado entre diciembre de 1940 y enero de 1941, pero cuyas primeras anotaciones datan de 1937. La edición se acompaña de una selección de pasajes de sus Cuadernos, en versión de Carlos Ortega, que ponen en relación las ideas de fuerza y guerra. Weil presenta, en una prosa hechizada, magnífica, la fuerza como centro vertebrador del poema homérico, cuyo poder oscila de la destrucción y la ceguera a la necesidad y la vitalidad.

La fuerza cosifica, violenta al ser humano, es aquello que lo obliga a detenerse y lo sitúa en un estado de desgracia, ¿por qué? Porque se halla fracturada su misma capacidad agencial. Esto convertiría al sometido en una cosa, que resulta un espacio inhabitable para el alma; «cuando se la obliga a hacerlo, no hay ya nada en ella que no sufra violencia» (p. 18). La fuerza, como si fuera una enfermedad por contacto, parasita, adormece o silencia a aquel que entabla relación con ella. Weil traza en el texto toda una filosofía de las pasiones, con una vena muy spinozista: todo ser es el intervalo de tiempo durante el cual su acumulación de fuerza-potencia-virtud sea más alta que la combinación de fuerzas externas que actúan sobre él. A este respecto, los humanos se asemejan a autómatas: se mueven hasta que sucumba su potencia, hasta que se descargue el resorte, y mientras lo hacen, intentan superar los impedimentos que les impiden avanzar, sobre todo los externos, hasta la muerte, pero sin olvidar que «no hay en ella [en la Ilíada] un solo hombre que no se vea, en algún momento, obligado a doblegarse por la fuerza» (p. 26).

De todos modos, el dominio de la fuerza siempre se rebela, nadie hay, ni siquiera los vencedores, que llegue a aprehenderla por tiempo ilimitado. Si, como en Spinoza, lograr la virtud es lo mismo que lograr la fuerza, entonces, escribe Weil, únicamente Patroclo supo tratarla en un uso moderado, alzándose a una virtud más que humana en el respeto a la vida de la alteridad, incluso cuando uno ha tenido que evacuar de sí cualquier aspiración a vivir. Es él, Patroclo, quien «‘supo ser dulce con todos’ [XVII, 671], y en la Ilíada no comete ningún acto brutal ni cruel» (p. 43). Seguramente, la clave del ensayo se encuentra en esta sentencia, que se deriva de la reflexión anterior: «Apenas se advierte que el poeta es griego y no troyano» (p. 52). He ahí lo milagroso del poema: amigo y enemigo son sentidos en la muerte, la equidad en el reconocimiento del otro sublima al autor y al lector; un brote de comunidad. ¿Conseguirán de nuevo los pueblos de Europa este genio épico: «no creer nada al abrigo de la suerte, no admirar nunca la fuerza, no odiar a los enemigos y no despreciar a los desdichados» (p. 57)?

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