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CRÍTICA LITERARIA

Versos como estaciones vitales: Ceniza y luz, de Silvia Ramos

Javier Mateo Hidalgo
jueves 28 de septiembre de 2023, 20:17h

La vida tiene, como las partes de una obra teatral o cinematográfica, distintos cuadros, partes o secuencias. Los nexos que las conectan no son tan sencillos como el fundido visual a negro de estas representaciones, pero quienes las conciben comparten idénticos sentimientos que los que las contemplan. Lo que aguarda a unos y a otros es la incertidumbre, el desconocer ese desenlace de sus propias historias. Hay que saber vivir con ello para poder recordar la escena pasada, utilizando su experiencia a fin de protagonizar la siguiente, y esto no es siempre fácil. Ser testigo de todo esto implica poder contarlo a los demás, ayudando con su testimonio, tomando conciencia de grupo para fortalecer a los otros en ese acometer sus propios destinos. En esto, es tal vez la poesía una de las herramientas más poderosas, pues permite volcar sentimientos y subjetividades de una forma que difícilmente encontramos en otros ámbitos.

En el anterior artículo publicado en la tribuna de este diario, defendía la postura de María Zambrano como filósofa en su compromiso por acoger las distintas formas de entender el mundo, más allá de la puramente racional. Esa “razón poética” en su sentido más amplio ha permitido, y mucho, ampliar los horizontes de las cosas, derribar los muros de tantos sacrosantos nichos otro tiempo intocables, permitiendo el diálogo de disciplinas entendidas en su pasado como separadas e incomunicadas.

Si cruzamos el otro lado del río o invertimos los términos de la idea zambraniana, encontramos en la poesía una forma de construir razón, de explicar el mundo.

Uno de los ejemplos más brillantes es el de la onubense Silvia Ramos, cuya poesía refleja sentires y percepciones propios del alma humana. Su magnífico libro Ceniza y luz, editado este año por Polibea como número 103 de su colección “El levitador”, supone la radiografía de un periodo anímico, de sus valles emocionales. La autora los transcribe de la carne al papel con una envidiable transparencia, empleando para ello un lenguaje aparentemente claro y sencillo, a la par que pleno de riqueza estilística y conceptual.

En el prólogo del volumen, Miguel Ángel Yusta denomina a la poesía como “esencia de la escritura”, lo cual es absolutamente cierto por cuanto lo poético no sólo ennoblece la lengua sino que indica su riqueza. Además, Yusta destaca “la gran fuerza interior” de la poesía de Ramos, “en permanente profundización del conocimiento”. Y es que no sólo es necesario transmitir conocimiento, sino saber cómo llevarlo a cabo. Y nuestra escritora lo hace de la forma más acertada posible: cultivando —en palabras de Yusta— “con maestría la poesía lírica, género que algunos poetas parecen esquivar hoy”. Y es que se confunde lo anticuado con lo universal, pues “la poesía que descubre la intimidad del alma” siempre resurge, por su carácter imperecedero.

En el texto inicial del poemario, escrito a modo prosaico, Ramos afirma: “Hay un silencio oculto que transita el ser. Un silencio plagado de palabras, de ilusiones forjadas con lágrimas secas”. Toda una declaración de intenciones de lo que está por llegar, al ligar el silencio doloroso del existir con una traducción lingüística, con la necesidad de expresión a través de la escritura. A este texto seguirá un primer poema, Arde la noche, que protagoniza la unión carnal de los amantes. El fuego o la calidez se personifica en la narradora, mientras que el elemento nocturno queda representado en el ser amado: “Arde la noche como yo ardo en ti, / sobre tu desnudez de bronce, / sobre tu pecho dulce”. Si bien existe un tono positivo general, también aparecen elementos que parecen prevenir o anticipar un posible futuro incierto: “Cuerpo a cuerpo tu calor y el mío / se funden en tus manos y mis pechos, / cuando tratas de agarrarlos / como si fueras a perderlos, / como si yo misma te los robara”.

Serán estos textos la antesala del poemario central, conformado por tres partes que ilustran en sus títulos ese viaje personal y sentimental de la autora, reflejando un tiempo de su vida que a los lectores podrá resultar más o menos familiar en sus distintas etapas. Sus denominaciones amplían el sentido del título del propio del poemario, una especie de ying-yang dicotómico o bicromático. La sombra y la luminosidad, imágenes de la principal dualidad del ser humano. Así, la Ceniza y luz con la que se nombra la obra se desgrana en su interior en “Ceniza”, “Pasaje” y “Luz”. Se incorpora por tanto un capítulo intermedio a modo de transición, de salida de la penumbra.

Ceniza comienza con un fragmento del poema “Tengo miedo” de Pablo Neruda, perteneciente a Crepusculario (1923). Su último verso —“y la muerte del mundo cae sobre mi vida”— nos da una idea del espíritu de esta primera parte del libro de poemas, reflejando un tiempo en la vida de la poeta en que el contexto pareció determinar el ánimo en la autora, sumiéndola en la penumbra y el dolor. Se busca la inmovilidad y la ausencia de luz. Un estado similar al de otros seres de distinta naturaleza a la humana: “Duele la vida / cuando sólo quieres / ser piel anfibia / y respirar inmóvil”. O: “Hoy el sol no me complace, / quiero permanecer oscura”. Y también: “Es bajo tu manto noche, / donde guardo mi paz. / La luz abrasa la vida / en esta gran tristeza”. Se permanece en un estado casi catatónico, en el que “el sueño anestesia / como una promesa infinita / infinita protectora, / infinita acogedora, / de este cuerpo embalsamado / en lágrimas destiladas / que nadie beberá hoy”. El estado depresivo se convierte, como suele ser natural, en una cápsula impermeabilizante donde quien lo padece parece encontrar acomodo, no queriendo salir de la propia espiral. Permanece no siendo quien es —un muerto viviente, como la propia autora refiere muy inteligentemente utilizando el símil de la momificación, donde la “cascada” que “brota” del “cristal del ojo” funciona como protección de ese estado—. La Naturaleza personifica ese sentimiento interior en impactantes y bellas metáforas: “¿Quién partió la luna? / ¿Oyes su tragedia abierta por la mitad?” Se tiene “hambre” de lo que no se puede poseer, pues los “frutos están podridos” —a diferencia de quien no padece tristeza y le es posible seguir alimentándose, sin entender por qué hay quien no puede—. Esa forma de ver las cosas imposible de transmitir y que puede llegar a causar incomprensión e incluso rechazo en los demás, es lo que produce esa sensación de soledad: “Y ¿por qué nadie? / ¿Por qué sólo tú?” La figura de quien todo esto padece puede llegar a convertirse en la de mártir, quien precisa de un gran valor para soportar dichas inclemencias y seguir adelante. No obstante, por tratarse de un dolor privado y anónimo, nunca llegará la valoración de su mérito: “Qué más hace falta / para ser estatua de un héroe?” Mejor guardarse incluso de las opiniones ajenas, pasando desapercibida.

Los motivos para que el alma se sumerja y descienda a un mirar deprimente de las cosas pueden ser múltiples, dependiendo de la persona y su situación. Parece que todo lo que se es debe detenerse, a pesar de que el mundo siga girando y las cosas sucediéndose. Las razones que pueden haber llevado a la protagonista del libro a esta situación se atisban: la enfermedad y ausencia de los referentes paternos, la ruptura sentimental con el sujeto amado —“como si tenernos hubiera sido / un breve sueño, / como si tus pasos los hubiera / murmurado el aire”—. La vivienda donde la pareja compartió su vida aparece como escenario relevante —“fuiste el último habitante / de esta casa inhabitada”—, tanto que la idea de “ceniza” —tan importante en este poemario— queda representada aquí como los restos del ser tras arder en el hogar: “Explotó la luz, / ardió el alma hasta su límite, / arrojando al aire / toda la ceniza”. El propio cuerpo dolido se alza en tercera persona, relatando la narradora su propio proceso como si de otra persona se tratara: “Tuve a una mujer entre mis brazos. / Ella era un mar abierto […] La amaba, / al observar cada noche su muerte, / y lloraba en la oscuridad sintiendo / que esa muerte no era mía”.

Pasaje se inicia con la voz narradora todavía padeciendo su sufrimiento personal e intransferible, creyendo erróneamente “que la oscuridad había cesado” —vano “espejismo”—. Se construyen imágenes poderosas de esa impotencia ante la ausencia de progreso, ante la falta de garantía de una recuperación necesaria—“ayer clavé un cuchillo / en la línea de la vida”—. La poeta siente “nostalgia” de su “ser” —“cuando se aleja y pretende olvidarme” (de nuevo el juego del desdoblamiento)—.

Finalmente, Luz marca el cambio de estación, con una afortunada y hermosa cita del poema de Juan Ramón Jiménez Amor: “No, no has muerto, no. / Renaces, / con las rosas en cada primavera” […] Tu tierra, / amor, esta sembrada/ de profundas promesas…” Tiene aquí la tierra, como dice la propia escritora, definición de “útero paciente”, por cuanto su fertilidad asegura nueva vida. Así, los elementos naturales favorecen el cambio: “En esta densidad de cenizas l, / un flujo viaja en dirección desconocida por el éter. […] Reposo en el frío del trance, / los poros tiemblan / y de la esfinge nace / otro ser”. La autora teje el suspense y va “preparando el terreno” al lector refiriendo a esa nueva vida que espera, cada vez más palpable: “Te fecundo como el agua a la tierra, / como el muro a la hiedra te sostengo / para que fluya la vida en ti / y no devasten tú suelo / las inclemencias del mundo”. Se está gestando otro tiempo, cultivándose, esperando el nacimiento de un nuevo ser. En los siguientes poemas, comienza a describirse su naturaleza, surgida de la anterior ceniza —como ave Fénix—: “Estoy posada sobre las líneas de tu contorno: / tronco esbelto, / firme raíz, / árbol indómito”. También: “La silueta parece definida, / no hay sombras ni duda: / eres tú soy yo, / caminantes sobre las olas”. Y: “parece no importarme nada, / nada de lo que importaba ayer”. En este sentido, se recuerdan los tiempos previos a la oscuridad, donde nuevamente la poeta se desdobla formalizando un juego entre sus dos identidades, como si de una pareja que se compenetra se tratase. Esa luz identitaria pasada se compara a la presente, cantándose la nueva y luminosa vida: “Un puente abre camino hacia otro mundo”. O: “La vida limpia de oscuridad los días. / Hoy brillan un mar de argenta, sombras doradas de sol fundido. / Mi risa vuela cerca / junto a las gaviotas”. Se comprende el sentido cíclico de la vida, las distintas fases y sus estados de ánimo, retornables: “SABES / que de un momento a otro el cielo puede caer sobre tus hombros, partirte en dos o tres, y pasado un tiempo todo vuelve a ser coherente”. Reflexión ésta formulada en el mismo estilo de prosa que el que inicia el poemario. Cierre de círculo a modo de conclusión, donde a su vez Silvia nos hace cerrar el libro con la idea de la doble característica del individuo, plena de claroscuros, y la necesidad de expresarla desde la escritura como forma de salvación: “Creo, desde mi condición humana, / que esperanza y dolor se funden / en grito milagroso / que alivia el alma, / e impulsa el latido / de este corazón agitado”. Porque, como afirmaba Pessoa —en consonancia con Zambrano—, al poeta le fascina observar “la belleza de las cosas”, dibujar “lo imperceptible, lo minúsculo, que define el alma poética del universo”.

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