Esta novela de Ramiro Pinilla (1923-2014) concluye con un epílogo que firma la que fuera su compañera, María Bengoa Lapatza-Gortázar, donde explica cómo ha aparecido el texto original del libro, leído tiempo atrás y pospuesta su publicación, que de nuevo descansaba en el archivo familiar, a la manera en que el autor atesoraba sus manuscritos.
Es, este El hombre de la guerra, de Ramiro Pinilla, un texto anterior a su magna obra, Valles verdes, colinas rojas, esas dos mil páginas que se presentan como trilogía pero no son sino tres volúmenes de una misma historia, la conversión en mito del entorno vasco de Getxo y el proceso de transformación que impuso el siglo pasado; una de las mejores maneras de contar y hacer entender la Historia.
Digo esto porque tras la obra magnífica, un Ramiro Pinilla que nunca dejó de escribir, fue entregando para la publicación en Tusquets sus primeros textos a la par que escribía nuevos, estos que también tomaron forma de trilogía como novelas policíacas, quizá de menor trascendencia. De manera que conviene situar El hombre de la guerra en medio de esa creación ingente.
La novela rescatada ahora narra un episodio situado en la actualidad del momento, alrededor del año 1972, todavía en vida de Franco, y a través de una enrevesada historia familiar que requiere de dotes policíacas para ser desentrañada (previa a las novelas de esa temática que mencionaba), podría insertarse dentro de la inmensa historia de Getxo a la que esta hace una aproximación y que, en todo momento, recuerda que no podemos dejar de aventurarnos a leer esos Valles verdes, colinas rojas.
El pasado, la melancolía, la lealtad y el deber, el arraigo, la familia, el amor, son los grandes temas de que trata esta novela. Dicen sesudos filólogos que Pinilla hace uso de la «dimensión transgresora de la estética grotesca a través de múltiples elementos fantásticos en sus cuentos y novelas»; aquí, como en Verdes valles…, todos esos elementos que podrían parecer fantásticos no son sino maneras de verdades ocultas y toman forma de locura. Esclarecer esas sensaciones falsas y entender la realidad y cómo tantas veces la malinterpretamos será trabajo del lector.
El hombre de la guerra nos reserva muchas sorpresas, desde el contenido del propio título, que merece la pena desentrañar con su lectura, porque el acercamiento que Pinilla hace a una familia donde aparece «siempre la guerra truncando todos los destinos», y donde ese «las guerras nunca se acaban» que se repite será el nexo central. Un niño de la guerra, Urko Pínaga, regresa a la casa familiar tras treinta y seis años de ausencia, reclamado con urgencia por su tía Flora. Esa casa, Mallatu, está amenazada de expropiación. Hasta aquí puedo contar.
El lugar es Getxo, la localidad vasca que Pinilla ha mitificado. La historia se podría parecer en aquello que hemos contado a la del amigo y compañero en tareas editoriales del autor. El trasfondo, las entretelas de tanto desarraigo y los efectos de la guerra, esa que Ramiro Pinilla sí vivió en primera persona; y que a nosotros, a veces, parece resultarnos tan lejana.
Tiene bastante de policíaca, esta novela, y mucho de reflexiva sobre la comprensión de la realidad y las formas de vivirla. «También los que ganamos la guerra éramos personas decentes», dirá el alcalde franquista de Getxo. «Somos lo que nos hizo la guerra», remata el personaje principal, Urko, satisfecho de concluir su tarea: «Mallatu también volverá a su mejor sitio: el recuerdo».