Pasaron 18 años desde su nacimiento y parece que fue ayer. Así se va la vida, en un santiamén. El pasado 31 de octubre de 2023, la diferencia horaria de 7 horas no me representó un impedimento para seguir por TVE la jura de la Constitución española que prestó S.A.R. la Infanta doña Leonor de Borbón y Ortiz, Princesa de Asturias. Después de todo, ameritaba atestiguar el conjunto de ceremonias alusivas –dos públicas, una privada– que formalizan su condición de heredera directa al trono de España, llamada, llegado el día, a suceder a su padre, el Rey Felipe VI, entrañando así la continuidad dinástica de una monarquía parlamentaria y no todos los días se produce un acontecimiento de tal envergadura.
Leonor –y obvio el correspondiente tratamiento de doña, por el ánimo de cercanía implícito que ha solicitado en su discurso dictado en el Palacio Real– alcanzó la mayoría de edad y ello implica su inmersión en ocupaciones como nadie a su edad, teniendo muy en claro su destino, trazado el plan de vida que la espera, entre concluir su formación militar y los estudios profesionales en aquellas áreas del conocimiento que se determinen para su más óptima formación. Se la nota plenamente consciente de todo ello, lo que resulta ser muy positivo. La chica es muy maja y hace alarde de elegancia, sencillez y ecuanimidad. Se mueve todavía con un halo entre la soltura y la timidez, empero queda claro que cuenta con buena escuela y conseguirá ser más cercana, implicándose más con el devenir del pueblo español, al que se acercó a saludar con acierto. Y sí, más valdría que así fuese, puesto que cabe un apuntamiento: se entiende que prevalezca la idea de no sobreexponerla, para no correr el error que resultó hacerlo en las mismas circunstancias con su progenitor. Sin embargo, desde ya su mayoría de edad depara y recomienda acrecentar un creciente involucramiento en los asuntos oficiales que supongan la participación en actos de Estado y, por consiguiente, una inevitable y, tal vez, ineludible mayor exposición mediática. Es lo que hay.
Y es que sucede que los conocedores en asuntos de la realeza, puntualizan que es una casi desconocida para la mayoría, por una suerte de sobreprotección alegada por mor de su minoría de edad. Suelen responsabilizar de ello a su madre. Cesada la condición de minoría, ello supone que es imperioso cambiar la política de invisibilidad controlada y cuasinulificación de toda información alusiva a su egregia persona por ser la figura pública que es. Entraña el reto de conseguir una suerte de equilibrio entre lo público y lo privado y urge. Sin el acicate para ocultarla de las mayorías, solo así podrá encontrársele una razón de ser que pro de su nación. Sería el mejor apoyo a sí misma y a la institución que representa.
Leonor debe soltarse, deben soltarla, dejarla ser. Y no solo en decidir la moda propia que adopta, recalcada en las revistas del corazón refrendando que ella decide su indumentaria. Involucrarla más en la institucionalidad es menester, sí de verdad se la quiere cercana, próxima si se prefiere. Se comprende que, de momento, su formación militar restringe su agenda oficial, de ahí el reto de conciliar todo. Son procesos lentos, pero deben ser ya sostenidos. La Princesa de Asturias dejó claro que está dispuesta y deseosa de servir. “Les pido que confíen en mí”. Qué palabras más nobles, qué entereza al pronunciarlas, qué sencillez, lo más loable de ser español, que más encumbra y más enriquece a España toda. La honra de cara a la “fina sensibilidad del pueblo español” y salvo mejor opinión al respecto, como anotó su abuelo al renunciar a sus derechos don Juan (1977).
En la España contemporánea, ostentar su ilustre título –cuya solera data de 1388– implica una vocación de servicio unida a la historia de su país. El magnífico estudio de completísimas referencias presentado por José Luis Sampedro Escolar, miembro de la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía, que supera a mi parecer, el valioso material proporcionado al suscrito años ha por vía de la posta y a pregunta expresa por la Real Academia de la Historia, firmado por su entonces secretario perpetuo, explicando el origen y enlistando a los personajes que han poseído la reputada dignidad, posiciona a la actual Princesa de Asturias como la décima mujer que la ha detentado. Si bien, fue el actual monarca el anterior poseedor de tal rango, la última mujer en asumirlo correspondió a la Princesa María de las Mercedes, hija de Alfonso XII y de su segunda esposa, la Reina Ma. Cristina de Habsburgo-Lorena.
Traigo a cuento las indefiniciones en torno a tal eminente condición de príncipe de Asturias, que profusamente Sampedro detalla y ya advertía Juan Balansó, provocadas por el baturrillo creado en el intervalo transcurrido desde la abdicación de Alfonso XIII aunado al periodo franquista. En este último, abona a tal desparpajo la usurpación del Generalísimo arrogándose la espuria y cuestionable prerrogativa de prodigar títulos nobiliarios inapropiados, inventados, careciendo de la legitimidad regia para extenderlos y, añadiría el autor de esta columna, que con acierto cio, depuso y canceló esa irregularidad, anomalía y exceso propios del Centinela de occidente, quién lo diría, la Ley de Memoria Democrática por decreto de 2022. Recordemos que el Rey Juan Carlos I, bajo la atenta mirada del conde de Barcelona, supo devolverle al eximio título que nos congrega, la estabilidad basada en la reivindicación, la continuidad natural y la regularidad afectadas por la panoplia del interregno aludido.
El despliegue propio de las ceremonias de Estado, incluida la parafernalia de timbaleros y coraceros, galas y galones, honores de ordenanza, besamanos y homenaje, la regalía y la pompa han estado a la altura y en un nivel justo. Nada descabellado, desorbitado ni un despliegue con sabor a dispendio o derroche. Ha primado la mesura en medio de un crispado momento político que combinado con la actual situación económica, remarcan que la Magdalena no está para tafetanes. Así que se cumplió con el expediente en esa jornada histórica y enhorabuena. El panorama prevaleciente no es óbice para reclamar que la Corona y cuánto la atañe, está por encima de esos avatares políticos propios de la democracia, si bien aquella no ha de ser indiferente a los sucesos en derredor de sí. Y es acertada la afirmación de que el juramento visto comporta para Leonor seguir la senda que, como ya se ha repetido en torno a esta ocasión, delinea la Constitución de 1978.
Pergeño un par de ideas más a manera de apostilla. Sería estupendo que cuando suceda, el primer viaje oficial de doña Leonor a América fuese a México. Me recuerdo las palabras que me expresara el historiador Bibiano Torres, al pie del Archivo General de Indias, asegurándome que a sus alumnos decía que quien quisiera conocer América, tenía que empezar por México. Merece reconocer la España de ultramar, esa extensión cultural que es Hispanoamérica y que sus antepasados no tuvieron oportunidad de conocer, siendo un espacio concomitante a España y que, por extensión, lo es a su rol y destino real.
Si la monarquía pinta como institución arcaica, eso que lo decidan los países monárquicos. Sí es verdad que en el siglo XXI el modelo plantea un reto insalvable de modernizarla. Si no acarrea desigualdades entre ciudadanos ni representa costos onerosos –dos claves para su permanencia y conveniencia– y afirmando que tratos y cortesías o propiedades heredadas que datan de tiempo inmemorial no redunden en desigualdad; sumado a que cuide su imagen –verbigracia, cazar elefantes en Botsuana, no ayuda– ergo, diluirá piedras arrojadizas contra ella. La estabilidad y el crecimiento económico sellan su perdurabilidad. Cuando la cosa va mal, es verdad que la tentación republicana acrecienta su atractivo, como así pasó en Australia en 2001 sin renunciar al final, a su régimen monárquico. Y la Princesa de Asturias está convocada a forjarle su propio carácter de modernidad que la dote de una preminencia y de un incuestionable arraigo, para lo cual, desde ahora, tiene la ingente oportunidad de procurarlo. Su mayoría de edad es el percutor adecuado para ello.