Quizá como ningún otro, Luis Mateo Díez (Villablino, León, 1942) es merecedor del Premio Cervantes, que le acaba de ser concedido en la edición de este año. Precisamente, el Jurado apunta en su acta que el escritor y académico leonés es “uno de los grandes narradores de la lengua castellana, heredero del espíritu cervantino, escritor frente a toda adversidad, creador de mundos y territorios imaginarios”. En efecto, esta raigambre cervantina está muy marcada en Luis Mateo Díez y ha sido reconocida por él mismo en varias ocasiones, recordando que su ligazón con Cervantes viene de muy lejos, pues ya sus maestros le leían adaptaciones infantiles de El Quijote, obra que ya desde niño le impresionó enormemente: "Don Quijote -ha confesado- es un elemento muy peculiar de mi vida porque fue un héroe cuando yo era un niño". Y luego siguió transitando por el territorio cervantino, sintiéndose muy orgulloso de esa especial ligazón con Cervantes que se le atribuye.
Quien tiene en su haber numerosos galardones - dos veces el Nacional de Narrativa, el de la Crítica...-, brillante trayectoria que ahora culmina el Cervantes, ha ido atesorando una copiosa obra narrativa, tras darse a conocer en 1973 con el volumen de cuentos Memorial de hierbas, en títulos como La fuente de la edad, Camino de perdición, La piedra en el corazón, Pájaro sin vuelo, Fábulas del sentimiento, La soledad de los perdidos, El hijo de las cosas y Los ancianos siderales, entre otros muchos. Sin olvidar ensayos como El porvenir de la ficción -esclarecedor trabajo sobre su proceso creativo-, y Azul serenidad o la muerte de los seres queridos, de cuño autobiográfico.
Entre las infinitas virtudes de la producción del flamante Premio Cervantes, se encuentra la de haber ideado un espacio mítico, el reino de Celama, a la manera, pero con un sello propio, del pueblo de Comala de Juan Rulfo, el condado de Yoknapatawpha de Faulkner, y el Macondo de Gabriel García Márquez. En su singular provincia imaginaria se ubican las llamadas Ciudades de Sombra, de esplendoroso pasado pero acosadas por la decrepitud.
Precisamente en doce de esas ciudades se ambienta el último libro de Luis Mateo Díaz, El limbo de los cines, que nos llega en cuidada edición de Nórdica, con magníficas y simpáticas ilustraciones a cargo de Emilio Urberuaga. En cada una de esas cuidades existe un cine, de nombre curioso –Crisol, Claridades, Borneo, Zodial, Bahía, Cosmo, Bristol, Cobalto, Condado, Caledonia, Morlay y Pagoda-, donde se proyectan películas de diferentes géneros -del Oeste, bélicas, románticas, de marcianos que parecen escapar de la pantalla...-, muchas veces en esa característica sesión continua luego desaparecida, que hacen volar la imaginación del público. Los cines se convierten en una suerte de limbo, con algo de sagrado, en el que queda suspendido el monótono y no pocas veces frustrante y penoso discurrir de la vida real. Así, por ejemplo, se puede soñar con un amor imposible, como se nos cuenta en el cine Zodial: “La verdad es que de las bélicas lo único que me interesaba era la Cruz Roja. La chica que solía sentarse en la ambulancia al lado del conductor, la ocasión de ser yo mismo el que conducía, sin que una granada me lo impidiese y hacer todos los virajes para evitar el fuego enemigo, con la suerte de que en uno de ellos a la enfermera se le cayese la cofia y se agarrara a mí para que el pánico no la desmotivara, ya que no eran pocas las enfermeras que en las ambulancias perdían la motivación y hasta el decoro”.
Es posible que lo que se ve en la pantalla sea lo verdaderamente real. Realidad y ficción se entremezclan en las salas, acuciados sus espectadores por el deseo de huir de una muchas veces áspera existencia. El humor tan personal de Luis Mateo Díez, que bebe de lo paródico, lo esperpéntico y lo expresionista, sin sus vetas más sangrantes y sombrías, y que maneja a la perfección, y que aquí se enseñorea, tiene no poco de bálsamo en la tragicomedia que es la vida. Una delicia El limbo de los cines, escrito con la rica y fina prosa de su autor.