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Novela

Luis Mateo Díez: Los ancianos siderales

domingo 15 de noviembre de 2020, 19:53h
Luis Mateo Díez: Los ancianos siderales
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2020.256 páginas. 19,90 €. Libro electrónico: 12,99 €. El escritor y académico leonés, a quien se acaba de otorgar el Premio Nacional de las Letras, nos regala una novela centrada en la vejez de unos singulares personajes. El tono surrealista de Luis Mateo Díez se expande en una historia hilarante, de trasfondo muy serio. Por Adrián Sanmartín

“La pandemia es un viento extraño que nos ha dejado en pelota picada” ha declarado en estos días Luis Mateo Díez, a quien acaban de concederle el Premio Nacional de las Letras, que reconoce toda una trayectoria. Este galardón se une a muchos otros que ha merecido el escritor y miembro de la Real Academia Española como el Premio de la Crítica o el Nacional de Narrativa, entre otros. Precisamente, su última novela, Los ancianos siderales, se centra en un grupo de personajes pertenecientes a la Tercera Edad, que ha sido el más castigado por el maldito virus que nos asola y ha trastocado nuestras vidas

El escenario de Los ancianos siderales es Breza, una de las ciudades de Sombra que ha creado Luis Mateo Díez. Allí se ubica El Cavernal, un destartalado edificio que alberga una residencia de mayores, a cargo de las hermanas Clementinas. En El Cavernal, donde hay escaleras del Sentimiento, corredores de la Ausencia y de la Colación, patio de la Convalecencia, habitan Omero, Cardo, Candín, Cabal, Saladino. Todo comienza una media mañana con un suceso en apariencia intrascende: “En la media mañana de aquel 13 de abril cayó un pájaro al pie del pozo artesiano del patio de la Convalecencia y, de los tres internos que merodeaban con la inquietud de un mal que no acababa de curarse, fue Omero el que primero se percató y, antes de decidirse a recogerlo, observó a los otros dos para comprobar que no se habían dado cuenta. Cardo y Candín eran de todos los internos del Cavernal los que más males padecían y los que con mayor inquietud los cultivaban, hasta el punto de haber encontrado el mejor entretenimiento en la contabilidad de los mismos y un acicate para que la zozobra no disminuyera. Entre los enfermos el mal solía asumirse con la confianza que proporciona un padecimiento asimilado en la rutina, y nadie se vanagloriaba ni se lamentaba de lo que suponía, con la excepción de Candín y Cardo, empecinados en el cultivo de la dolencia para que la tranquilidad no los anonadara. Omero se acercó al pájaro y, antes de que Cardo y Candín, llegaran a su espalda, lo cogió y lo guardó en el bolsillo del pantalón, convencido de que ellos no lo habían advertido”.

A partir de ahí, asistiremos a un historia alejada de todo realismo o costumbrismos –como viene siendo habitual en Luis Mateo Díez-, para volar por el territorio expresionista y surrealista en el que el autor de La fuente de la edad, Fantasmas de invierno, El hijo de las cosas, entre otros muchos títulos, se ha ido internando cada vez con más fuerza en los últimos años. Un expresionismo y surrealismo que, naturalmente, encierran elementos simbólicos y que se trufan de un humor y un ingenio muy singulares, amén de un estilo igualmente muy personal, repleto de un cuidado dominio del lenguaje, en el que en su última novela incrementa el uso de refranes, dándoles a veces una vuelta de tuerca: “No es lo que vale un peine –‍iba diciendo Candín a su espalda, cuando todavía Omero no se había vuelto‍–. Es lo que vale la pericia del peluquero o la calva de quien no lo necesita. Un peine o una guadaña, según se trate de un pelado al cero o del corte que precisa la alfalfa, cuando madura el forraje. Me duele la rabadilla, estoy doblado”.

Tres partes componen la novela. En la primera se presenta a los residentes del Cavernal. En la segunda se nos narra la historia del doctor Belarmo, que se ocupa de los ancianos, y del que descubrimos que es un falso médico, y en la tercera toma protagonismo el comisario Lamerto y el inspector Tineo, encargados de investigar las desapariciones y extrañas muertes que se han producido en la primera parte. Escenas sorprendentes, personajes estrambóticos, tragicomedia a raudales nos sumergen en una lectura hilarante, que quizá puede hacernos olvidar los aciagos momentos por los que atravesamos. O quizá, a su manera, hacernos más conscientes de ese “viento extraño” del que hablaba Luis Mateo Díez.

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