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TRIBUNA

Tiempos de calle

Juan José Vijuesca
miércoles 15 de noviembre de 2023, 19:36h

No confundir calle con la conjugación del verbo callar. Esto va de vía pública. Aunque bien es cierto que una vez en la rúa, ese espacio reservado para sentirse más o menos libre te invite por igual al respeto de los minutos de silencio como en poner el acento contra los infames de turno.

Estamos en temporada alta de infieles, gente indecorosa donde los haya y la reacción popular, cuando el río se sale de madre, negándose a callar para exigir soluciones por el bien general. Es una antigua receta desde que el ser humano guarda proporcionalidad democrática.

En uno de esos mágicos instantes en que la vida te descubre por dentro es cuando se fusiona el vínculo de lo que hacemos respecto de lo que somos. No se trata de nada exclusivo ni siquiera algo sobrenatural, pues siendo yo la nada y él nadie, convencido estoy que cualquiera de mis semejantes puede experimentar idéntica percepción. De ahí que la calle nos invite a votar de manera insistente contra la sarta de embustes y el hurto de nuestro país.

No sería de bien nacido dejar de escribir de ello una vez más, y es que la debilidad de la calle es franca cuando el método Sánchez solo favorece a unos pocos en detrimento de un país entero. Y eso, que resulta perverso, es lo que nos hace reaccionar como seres humanos de paz frente a la vileza. No malgastemos un ápice en furias desmedidas pero tampoco el lavatorio de manos servirá para impedir blanquear la ignominia de quienes hacen y deshacen a su antojo tratando de quebrar la hegemonía de España, su historia, su cultura, su convivencia y su libertad. Por eso la calle es la medida exacta para mostrar el hartazgo y el ultraje. Sin violencia, pero con honor.

Aquellos y aquellas que guiados por la servidumbre de las regalías son colaboradores de la traición a España por entregarse al plácet de su líder, serán objeto de rechazo social de por vida, que aun no siendo lo peor, antes o después tomará causa la justicia independiente, que llegará, porque son tiempos de calle y cuando el pueblo abandona ideologías insuflando la moralidad al sentido de la cordura, el perdón se vuelve apolítico dejando paso a las togas bien puestas.

Un dato a tener en cuenta. Son 121 diputados del PSOE los que van a ejercer la doctrina sanchista: “Estar en el poder, sirviendo al que lo posee” Cada uno y cada una guardarán para sí el sentido del credo de su amo y señor votando a favor de la proposición de ley orgánica de amnistía. Serán los mismos que en su día juraron o prometieron preservar y defender la Constitución, más no serán solo ellos quienes queden impunes ante la felonía, también los que haciendo causa común se envilecen por consigna o disciplina de culto ideológico. Más yo, que repito, soy la nada y él nadie, vengo a celebrar juicio de conciencias sobre quienes se conducen como servidores públicos sin demostrar cosa diferente que el mirar de soslayo apostando por la alfadía en detrimento del pueblo soberano. Dice Quevedo que «al traidor no se le ha de callar nombre, ni sobrenombre, ni apellido, ni patria, para que sea conocido peligro tan infame». Más ello no debe contribuir –insisto- a violencia alguna, pues la propia injuria lleva consigo la penitencia.

Sabido es que para ciertos embaucadores de la política la conciencia es inexistente. Aun así he de insistir ante los que dan a los delitos lo que se debe a los méritos y además colman de honores a los prófugos de la justicia. Son los impuros diosecillos que tienen repartida la necedad entre el <<pero>> y el <<quizás>> que es tanto como encogerse de hombros o el mentir en armonía con los oídos sordos. Llegados a este punto Félix Bolaños nos ha dado una dosis de “tranquimucil” a los españoles: “Con el tiempo los ciudadanos se darán cuenta de que la ley de amnistía es imprescindible para que consigamos tener una convivencia política normalizada”. Y lo dice él revestido de armiño descolorido, cuando sabido es que se trata de una ley traída para favorecer a trescientos individuos.

En fin, mi porfía me invita a un afarolado envuelto en arrojo y grana que a manera de epigrama de mi autoría me permite despedirme de sus señorías:


Vocifera Pedro Sánchez

¡La amnistía lo primero!

Y digo yo,

que de esto poco entiendo,

Váyanse a Waterloo

todos y sin remedio.

Que en España

la Constitución

ni se vende

ni tiene precio.

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