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TRIBUNA

La vida es pólvora mojada

domingo 26 de noviembre de 2023, 18:57h

La lectura de un libro de aforismos siempre despierta en mí una sensación que se balancea entre el interés y la pereza.

Lo primero porque sé que voy a encontrar máximas que me gustarán, que me asombrarán por el conocimiento inoculado y prensado en su brevedad. Lo segundo, por eso mismo, por la brevedad. Pensar sesenta o setenta y tantas páginas llenas de frases sueltas sin continuidad y amplios márgenes o símbolos divisorios con formas de aspas, no, admito que de entrada no me es atractivo. Invita a distraerme. Pero es la única pega que pondría a esos libros, a todos sin excepción, sea uno de Wilde o uno premiado por el concurso aforístico de su comunidad autónoma.

Cuando te reconoces estos leves prejuicios, ya puedes coger uno y disfrutarlo del tirón o a ratos. Llevaba tiempo sin acercarme, pero he roto esa abstinencia con Esplendores mínimos, de Carlos G. Munté.

¿Quién es Munté? En año y poco y en la misma editorial aparecieron dos títulos que nos sirven para conocer sus peculiaridades, seguridades, gustos y dudas. Como las mejores sorpresas, de la nada vino y mucho parece querer dejar. Su primer libro —hubo otro anterior, pero no sé si querrá que siga siendo recordado, no por vergonzante sino por haber ganado calidad en los siguientes— revelaba una poesía de cañón recortado: Sniffin’ Blue se lanzaba a la aceptación del sufrimiento mundano, ese que sentimos porque ‘la vida pesa y su profundo hastío te hunde en camas’, con una sobriedad autoimpuesta: no hay que perder el tiempo, se dice lo que se debe y se siente lo que se piensa, aunque nos abracemos a lo peor.

Es poeta, a su pesar. Deteniéndome en las fotografías de solapa y junto a la página de presentación, lo parco de su biografía y sugestión que los retratos permiten, puedo pensarle como uno de esos personajes lúcidos, algo clochard, algo barfly, de la literatura norteamericana. O un pensador vagamundo, más centroeuropeo o ruso, mirando a través del ventanal esos caminos que habrá de elegir franqueados de abetos. La taza de café asomando tímida en el recuadro.

La bebida, o la sed en general, son muy citadas en estos Esplendores mínimos. Lo que a ellas lleva, lo que las activa o dan visto bueno a continuar. No es una purga alcohólica, por supuesto, pero sí rinde homenaje y recuerda los bares, sus barras, que ‘están ahí para dar apoyo.’ ‘La vida hace al poeta. El bar, al aforista.’ No se diga más.

Con la misma pistola que señala el hilo de arena cayendo de la cubierta, Munté dispara sus aforismos para salvar a quien los lee. Esto, dicho también en el texto de contracubierta y corriendo el riesgo en ambos de sonar cursis, es cierto porque nadie en su sano juicio decidiría agrupar sentencias que aclarasen extravagancias, certezas que nos rodean y acometemos, sino para ofrecer a terceros un respiro de esos trajines que cualquiera padece. Algo así como una historia que distrae en la travesía por el desierto, bajo un cielo protector.

El humor es fundamental. Se ríe de él como poeta, como persona, como figurante entre la Humanidad, de la Humanidad, de los poetas, de las ilusiones, de las hipocondrías. No repara en acidez y la ligereza recorta toda solemnidad que se atreva a despuntar sobre la armonía del conjunto.

Choca, a propósito de lo mencionado, que el prólogo de Díaz Guía pretenda revestir esa liviandad inteligente que salta a la vista con una densidad fuera de lugar. En cuatro páginas, hay citas de Séneca, Derrida, Heidegger y Kant, además de la utilización de ‘empero’. Órdago a grande. Dan ganas de cerrar el libro apenas comenzado y chasquear los dedos diciendo olé, olé ante tal derroche innecesario. Será un aviso del tono humorístico, pero se hace más disuasorio que otra cosa. Cuidado siempre con los prólogos, el ingenio les puede. Les ocurre como en el aforismo de Pessoa-Soares: ‘Por la boca muere el pez y Oscar Wilde.’

Sin acritud. El trago enriquecedor viene después. Dejo una selección como cierre:

‘Por qué los más creyentes siguen escribiendo epitafios en vez de prólogos.’

‘Me resulta tremendamente injusto que, al morir, los pájaros no caigan hacia arriba.’

‘Entre lo visible y lo invisible, la poesía.’

‘Espejos: todo lo han visto, todo lo han olvidado.’

‘Una herida dice más de su futuro que de su pasado.’

‘La vida es pólvora mojada.’

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