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RESEÑA

Rodaje, de Manuel Gutiérrez Aragón

Javier Mateo Hidalgo
lunes 11 de diciembre de 2023, 09:07h
Rodaje , de Manuel Gutiérrez Aragón
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Corre el año 1963, en Madrid. En un edificio de la calle de Eloy Gonzalo, ambientada por las campanadas provenientes de la glorieta de Iglesia, dos jóvenes comparten piso: Pelayo Pelayo —su nombre es también su apellido— y Santiago Toxa —alias “el Gran Manitú”—. Uno, guionista de cine; otro, abogado laboralista. De cada una de estas profesiones surgirán las dos ramas principales de la novela Rodaje, de Manuel Gutiérrez Aragón.

Se trata de la quinta novela del cineasta, imbuida ya desde el título del aire fílmico que le ha acompañado a lo largo de su trayectoria. Publicada por Anagrama, tiene en el séptimo arte una de sus tramas, mientras que la otra brota del clima político que vibraba subterráneamente bajo los cimientos del régimen franquista.

Tanto el tallo cinematográfico —representado en “dos Pelayos” (o en “Pelayo al cuadrado”)— como el de la resistencia política —personificado en aquel cuyo alias parece proceder de un jefe indio (o de un “sagrado dios de las praderas”)— brotan del gran tronco social de la España gobernada por el dictador. Este árbol muestra la flora y la fauna de una época que, bajo la excelente prosa poética de Aragón, nos recuerda los frescos de Cela plasmados en su colmena. Paisaje y paisanaje fundidos en escenas que bien podrían convertirse en celuloide: desde bares y cafés como el Comercial —tan querido y visitado por el autor, recreado en las imágenes que devuelven sus múltiples azogues (“al entrar, varios Pelayos se repitieron en los dorados espejos, mirándole sorprendidos o burlones”)—, pasando por salas de cine como el Carretas —donde su arquitectura y personajes sórdidos contrastan con los sueños luminosos y falsos reflejados en la gran pantalla de la sala—, antros como el club Nayké —que llega a compartir manzana con el convento de las Comendadoras, fundiéndose las miradas de las prostitutas con las de las monjas a través de los ventanales de ambos lugares—, los siniestros sótanos de la antigua Dirección General de Seguridad, en plena Puerta del Sol, la nocturna y festiva plaza del Dos de Mayo, la Gran Vía repleta de sus antiguos cines, letreros luminosos y salas de fiesta—Lope de Vega, Coliseum, Pompeya, Rialto o Rex— o los vagones y andenes del metro como el de Legazpi —donde Pelayo acude a efectuar “siembras” o, lo que es lo mismo, lanzamiento de panfletos—.

Decorados y arquitecturas reales que habitan personajes a los que Pelayo —el verdadero héroe o antihéroe de esta historia— conoce a lo largo de las más de doscientas páginas de la novela: su novia Laura —bella como la mitológica Dafne e inmortalizada por Garcilaso (“Oh, Daphne, no te conviertas todavía en laurel!”)—, Juan Luis Mañara —joven actor aspirante a papeles de galán—, Cecilia Luna —actriz argentina— (sus apellidos pueden cambiarse por otros de actores reales de la época a quienes fácilmente nos recuerden), el productor Midas Merlín —cuya denominación parece remitirnos irónicamente a ese primer alquimista que convertía aquello que tocaba en oro y a ese mago que obraba también su propia magia—, Lola o Lolín —joven a quien supuestamente le han brotado milagrosamente los estigmas o heridas de Cristo en la cruz durante la noche de un Jueves Santo—, Urbano —camarero ”enteco y calvo” de la Cafetería Linz y “exbailarín en los viejos teatros de varietés”—, el “Mutante” —“con su figura de personaje de historieta ilustrada sobre el fondo vacío de una viñeta”— o Miriam —periodista por la que nuestro protagonista se siente atraído repentinamente—. Entre sus manos, un guion por terminar titulado La estrategia del amor, con el que pretende debutar en la gran pantalla. Recién salido de la madrileña Escuela de Cine —como lo hizo Manuel Gutiérrez Aragón solo un año antes—, lucha a toda costa para salir de la miseria confiando en que sus recién concluidos estudios le permitan vivir de la profesión que ha elegido. No obstante, como podemos advertir, la política se cruza en su camino. Parece algo inevitable ya desde las primeras páginas, en que las conversaciones con su compañero de piso tienen como objeto el realismo en el cine: “No sigamos discutiendo, el cine no va a cambiar a las personas. […] ¿A quién le va a interesar ver dos veces la misma realidad? No, el cine no es la revolución, Manitú”, dice uno, mientras el otro le contesta: “Ayuda a comprender, o debería”. Las “fuerzas del trabajo y de la cultura juntas” discutiendo por una “causa” personificada, en aquellos momentos, en el proceso a Julián Grimau, seguido de cerca por el clandestino Partido Comunista español al que Santiago y Pelayo pertenecen. El primero, como abogado que sigue el caso; el segundo, siendo parte de ese grupo de cineastas comprometidos que acude a las reuniones del partido. Organizadas en secreto por Juan Antonio Bardem, tenían como centro la casa de la calle Boix y Morer —en el conocido como antiguo “Campo de las Calaveras”—, así como los antiguos estudios CEA en Chamartín. Esta localización cinematográfica recreada en el libro también será escenario del rodaje de El verdugo, dirigida por Luis García Berlanga. Allí recalará igualmente Pelayo, encontrándose con Pepe Isbert, José Luis López Vazquez, Nino Manfredi, Erasmo Pascual, José María Prada o Antonio Casas, mientras busca al cineasta valenciano, reacio a firmar todo manifiesto político procedente de su antiguo amigo y compañero, con quien codirigió Esa pareja feliz.

No obstante, las dificultades para que Pelayo Pelayo pueda sacar adelante su proyecto personal y profesional no sólo serán de índole político, sino que las de la propia industria se harán palpables. Volviendo al director de Calle Mayor en su manifiesto pronunciado durante las Conversaciones de Salamanca siete años antes, el cine español de aquel tiempo era “políticamente ineficaz, socialmente falso, intelectualmente ínfimo, estéticamente nulo e industrialmente raquítico”. Razones de peso que harán que, junto a la picaresca ibérica, al personaje ideado por Gutiérrez Aragón le sea imposible poner en pantalla su libreto creado para la ficción e inspirado en su propia realidad. ¿Pero cómo poner en práctica el guión de la propia vida? Aquí y allá surgirán auténticas perlas filosóficas, lecciones de cine y para la existencia: “Lo que sale, lo que pasa en una película es solo lo que tiene que pasar, ¿no cree? El mundo de ahí fuera tiene un exceso de fotogramas”.

Rodaje reúne en un cajón de sastre bien ordenado distintos elementos que conforman un auténtico retablo de época, una tragicomedia en la que, tras las risas y los llantos, nunca pasa nada —como reza el film de Bardem—. Solo queda esa lucha por la vida barojiana compuesta por esperanzas y temores en una ciudad que, como rezaba Dámaso Alonso en el poema Insomnio de Hijos de la ira, se encontraba habitada por “más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas)”. A la sed de justicia se une el propio hambre físico y la miseria —el propio protagonista se debate entre gastar lo poco que tiene en un desayuno o en una bufanda de la sastrería Tiziano, en Fuencarral, que le proteja del frío—. Antiguos números de la revista Mundo Obrero denunciando una situación que parece irreversible, conviven con trozos de queso, latas de sardina y libros de autores como Dostoievski que, apilados, sirven como mesilla a una celda inhabitable invadida de tabaco y por alguna cucaracha a la que Pelayo llama cariñosamente “Franz” —en homenaje al escritor checo autor de La metamorfosis—. Por la ventana, se escucha el himno radiado desde las distintas casas de los vecinos. Toda una metáfora de ese mundo en blanco y negro, que, como estás páginas preñadas de papel y tinta, se nos presenta implacable a nosotros, publico de cines y de novelas. A caballo entre el sainete codornicesco y el uniforme amenazador de una policía “gris” y vigilante, esta es la obra que nos ofrece Manuel Gutiérrez Aragón. Démosle las gracias por su sabiduría escrita.

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