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ESCRITO AL RASO

Irresponsabilidad tecnológica

David Felipe Arranz
lunes 18 de diciembre de 2023, 20:37h

Como nadie defiende a los niños, salvo para las campañas de navidad de los grandes almacenes y demás, que visten mucho y venden más, la Agencia de Protección de Datos, que no es la oficina del Defensor del menor precisamente, va a desarrollar un sistema de verificación de edad para acceder a contenido de mayores en internet, que es un eufemismo para no abrir el melón de las patologías del personal. Para navegar con tranquilidad por el piélago de la red de redes hay que empezar por no admitir que nos vigilan y nos conducen tantas veces a donde unos pocos quieren; porque si no, uno no se mete en esas aguas. Todo lo que se emparente con lo online lleva un seguimiento, una vigilancia, y lo que más nos irrita a algunos –no a todos, claro– es que nos espíen.

Casi todos los servicios a través de aplicaciones o en webs se sirven para usarlos en una simple declaración del ciudadano, que asegura tener más de dieciocho años, pero evidentemente no hay detrás ningún señor chequeando que el que suscribe dicho servicio no es un niño pequeño, de manera que el algoritmo ya es capaz de detectar si el internauta visita con frecuencia tales o cuales portales –salvo el de Belén, que ese sigue en las plazas de todos los consistorios y hay que pasar frío para ir a ver al Niño–, pero el cinismo de los señores del negocio no quiere chequear que el interesado sea mayor de edad, porque hacen caja a costa de la corrupción del menor, cuando la Inteligencia Artificial ya sabe si a uno le gustan las rubias o las morenas o las alcaparras en vinagre, y a qué hora se afeita o en qué playa huye del mundanal ruido. Quiero decir, que los propietarios de Meta y Alphabet tienen un rostro de cemento armado y que las criaturas les importan un pimiento, salvo en su dimensión económica: verdaderamente los únicos que saben lo que nuestros menores están viendo en su teléfono ni siquiera son los padres, sino ellos. El empresario de las plataformas pone todo su ímpetu en que el personal dependa de la correspondiente “app” y afina de paso su sensibilidad para los negocios, haciendo que vivamos pegados al teléfono “inteligente” hasta nuestro último poso de sangre.

De manera que Protección de Datos, visto que los millonarios de la novísima vida digital no quieren hacer nada al respecto, ha encargado a un equipo de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre –que es de 1893– que desarrolle su herramienta de verificación antes del verano, como muy tarde, que de repente hay prisa porque han visto que hay mucho niño enganchado a esta maraña, igual los suyos propios, porque mira que nos extraña esta revolución pro-infantil de la Función Pública. Parece que hay mucha alarma social en esto, no solo por los okupas. Se trataría de un certificado de edad a través de terceros o permiso digital –otro más– expedido por la Administración, para proteger los datos del navegante. Un día se vendrá a ver España un extraterrestre para contemplar cómo éramos en este siglo XXI del primer tercio, y que es como a un visitante nos querría tener: apijotados, irresponsables dispuestos a ser invadidos, tomados, conquistados, sabiendo que el smartphone es algo serio que nos está modificando a todos.

Sociólogos y psicólogos empiezan a relacionar la variable del aumento del 18% anual de menores detenidos en España por delitos sexuales y el consumo de pornografía, según estudio de la Generalitat de Cataluña, y los fiscales generales de 41 de los Estados Unidos han presentado contra Meta (Facebook, Instagram y Whatsapp) sendas denuncias el pasado mes de octubre, máxime cuando en la empresa circulan dosieres e informes internos sobre los efectos perniciosos de las redes sobre la psique infantil y juvenil. El teléfono móvil es se nos vuelve a agarrar a las meninges como la ventana de estos monstruos abisales, con la confianza especial al encenderlo cada mañana para disimular la cojera vital de cada uno, con ese atolondramiento que embota el alma y los sentidos mientras se nos van licuando los ojos. No permitamos que los niños acaben tan zurupetos como sus progenitores: con un par de generaciones o tres de tarados hispánicos ya hay suficiente.

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