In verbes magistri
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 03 de noviembre de 2008, 19:45h
Dada la irrefrenable -¿e incoercible?- decadencia de la lengua latina en nuestros días, el articulista se apresura a aclarar que con tan rara expresión aludían los antiguos a la bienandanza que invariablemente acompañaban a todos aquellos que, en estudios y opiniones, siguieran las enseñanzas de los mayores y fuesen en extremo respetuosos con los argumentos de autoridad. Esto es: lo opuesto a la norma del día…
Pues, desde luego, bien sabido es que hodierno cualquier apelación o referencia al principio de autoridad en el mundo educativo y académico entraña de ordinario la descalificación más abierta en nombre del progreso y la creatividad. La famosa frase de patente medieval “Somos a manera de enanos montados sobre los hombros de unos gigantes (los autores de la Antigüedad grecoclásica)”, apenas conserva en la actualidad sino por entero invertida. Son las generaciones del presente las únicas dotadas de vigor y acuidad para penetrar y resolver los innumerables secretos de la condición humana, sin necesidad alguna de invocar ni basarse en el depósito del tiempo ni en el acervo legado por los antepasados…
Son muchas, desde luego, las razones que abonan una postura que dista de mostrarse por entero gratuita o frívola. Los avances espectaculares en las ciencias de la salud o en las llamadas de núcleo “duro” no ofrecen demasiadas raíces en el ayer ni siquiera en el más próximo. De igual modo, los titulares más llamativos y percutientes de periódicos y revistas aluden comúnmente a descubrimientos en el mundo de la astrofísica, la geología y otras disciplinas similares que carecen de señas de identidad o antecedentes connotados en el legado cultural y científico más cercano.
Pero, con ser decisivos y, a buen seguro, cruciales para inminentes y grandes triunfos del hombre sobre el aplastante dominio de la enfermedad, la pobreza material y el conocimiento de otros planetas e incluso del origen de la raza humana, aspectos sustantivos de ésta tienen en el saber de los siglos y civilizaciones precedentes una obligada e insoslayable referencia. En las materias humanísticas y artísticas y en otras también como las atañentes más específicamente a la moral y la ética –hoy de mayor actualidad que nunca en España y fuera de ella-, sería tan difícil como arriesgado andar trecho alguno sin la sombra estimulante y acogedora de los pensadores y creadores de otros tiempos, cuyas visiones y cánones guardan al cabo de los siglos sustancia y agudeza -¿Se ha dicho, por cierto, algo más buido y hermoso acerca de la amistad que lo escrito por Aristóteles?; y, realmente, ¿el lado oscuro de la condición humana ha tenido un pincel superior al goyesco?; y, por último en una enumeración incontable, ¿ alguien ha hablado sobre los resortes íntimos de la conducta privada y pública con mayor propiedad que “el filósofo de Koenirberg”?-.
Más casera y modestamente, en el plano de la hervorosa realidad hispana del año de gracia de 2008, pese a lo afirmado, a las veces con algún aire de sabor o consigna, en punto a la gran orfandad educativa padecida por las generaciones de la posguerra, la nómina de los maestros y profesores –no hacer distinción de género en tal censo es aquí más imperativo que nunca…- que, durante las décadas de los cuarenta y cincuenta, desplegaron una tarea formidable para amueblar la mente y espíritu de sus alumnos, es una de las más copiosas de nuestra historia, jamás deficitaria en docentes abnegados y descollantes. En caso contrario, aunque “el espíritu sopla donde quiera”, ¿cómo resultaría explicable que Góngora y Velázquez, A. Machado y Ortega, Besteiro y Severo Ochoa suscitasen el ardido interés que hacia ellos demuestran un amplio elenco de especialistas y gran parte de la opinión pública de todos los países del planeta?