Lo de la Navidad es una cuestión de celebración en donde los presentes y los ausentes se estrechan para compartir en tiempo pasado lo que fuimos y lo que queda de nosotros. Simple motivo para evocar recuerdos sabiendo que todo ello es generacional y que el tiempo no se detiene ni escatima en emociones. Otra cosa es adivinar el futuro, que para eso están los que se hacen llamar adivinos.
Alrededor de toda esta festividad la fe por un mundo mejor cobra principal protagonismo, sin embargo, estas reveladoras costumbres son tan efímeras como los propios deseos. Formamos parte de un buenismo con fecha de caducidad casi inmediata. Luces que se ponen y se quitan, que nos alumbran y nos alegran, pero que también son bombillas que se apagan y se guardan al igual que nuestras bondades. Y entre medias, el ansia de acaparar en un alarde de consumo desaforado más propio de una costumbre que de una necesidad.
No es felicidad propiamente dicha, de ser algo ha de ser oportunidad para cambiar malos rollos. El mensaje que desprende la Navidad no es la gula por vaciar platos de comida como si no hubiera un mañana, más bien es el saber gestionar la humildad de lo que somos. -¿Qué es lo que somos? –me preguntaron en cierta ocasión. –Somos la nada comparados con el regalo de la vida- respondí. Y de eso se trata. Crear vida en beneficio de otros mientras estemos aquí, porque no olviden que de nosotros mismos depende eso de conseguir el mundo mejor que antes citaba.
Más vuelvo a lo de comer que en saciarse a quemarropa es tal el ejercicio de mandíbulas que cabe pensar si ello obedece al miedo de perder el respeto del apetito, pues mesas francas se exponen con copiosos manjares al punto que hasta el alma llega a ser esclava del cuerpo, por no hablar de la benevolencia que cabe esperar de tantos adentros como tenemos, de los cuales siempre confiamos en que sepan comportarse en buena hora.
Y en el orden de los encuentros y desencuentros, que en todas casas cuecen habas, el reojo de lo afrentoso sirve para que alguno o alguna hagan cucamonas de mal calado y peor suerte. Cosas de opinar en contra o a favor mientras un cuñado cualquiera enseña cómo han de pelarse las gambas de Huelva mediante la técnica de la hipnosis.
Y después, sin revocar la parte menos ingenua de la reunión, llegan los claroscuros del espíritu que nos invade a cada cual. Las mutaciones escénicas se suceden alrededor de la actualidad al relumbrón de una botella de champán guardada para la ocasión, que se descorcha para el rito sacrosanto de mojarse los labios como recuerdo al armisticio franco-alemán de 1918. Se habla de la magia de la Navidad, mientras el Rey, en un rincón aparte, trata de inhabilitar a los devanadores de la democracia para que después le lluevan los pencazos de los untados de moda.
Llegados a este punto de recogida, un servidor, que soy la nada más absoluta, les digo que la única verdad está en nuestro interior. Soy consciente de que este mi artículo pueda parecerse a un pasaje epistolar, más en mí no hay otro motivo que hacer que mis letras sean útiles en tiempos complicados de interpretar. Ni soy mejor, ni peor, tan solo alguien cuya rareza es aprender a descifrar mis escasos conocimientos para ponerlos a disposición de los demás. En mi comercio con las letras el beneficio está en ser leído por quienes hacen de la lectura una virtud.
Y he aquí que la razón de un simple alumbrado festivo invita a difuminar las sombras de nuestra vanidad dándonos la oportunidad de brillar no por lo que decimos ser, sino por lo que somos capaces de hacer por los demás. Esa es la razón de reunirnos y compartir lo poco o mucho que se tenga.
Feliz Año 2024, que en cosa de buenos deseos se me antoja escaso por las tribulaciones de cuantos almidonan herejías, pero algo es menos que nada. Que así sea.