Lise Davidsen, una soprano dotada de una voz poderosa y de un físico imponente (mide 1,88 m), responde a la perfección al prototipo de soprano wagneriana. En 2019, poco después de acabar sus estudios de canto (se diplomó en la Academia Real danesa de música de Copenhague en 2014) ya encarnó el rol de Elisabeth, del Tannhauser de Wagner, en el Festival de Bayreuth. Su voz también encaja a la perfección con la producción operística de un homónimo del genio de Lepizig, Richard Strauss que, cogiendo el testigo de aquél y adentrándose ya en el siglo XX, constituye el principal exponente (al menos en la producción operística, pues en el resto comparte este lugar con Mahler) del romanticismo germánico musical tardío, un estilo que amplía las posibilidades de la orquesta con una armonización más avanzada y compleja.
Lo cierto es que estamos ante una soprano que descubrió la ópera a la temprana edad de quince años (sus estudios musicales los había iniciado con solfeo y guitarra) con el Caballero de la rosa, de Richard Strauss. Ya como profesional, las obras del compositor de Múnich se convirtieron en su caballo de batalla, como ocurrió con Ariadne auf Naxos, cuyo papel titular cantó en el festival de Aix-en-Provence. Las llamadas últimas canciones del compositor (el ciclo Vier letzte Lieder) han formado parte habitual de sus conciertos, como el que ofreció al público del Real en enero de 2022. En el mismo año encarnaría a Elektra en el Metropolitan Opera House de Nueva York. En apenas diez años en los escenarios, Davidsen ha acumulado importantes premios. En 2021 fue reconocida mejor intérprete femenina en los International Opera Awards (Reino Unido).
En el recital del domingo el público del Real cayó rendido a los pies de esta soprano, a la que alguien del patio de butacas calificó como “una cantante de ópera de las de verdad”. Sin embargo, el verdadero potencial vocal de la noruega afloró a partir de la segunda parte del programa, dedicada enteramente a la Escena final tras la famosa “Danza de los siete velos” de la ópera Salome de Richard Strauss; con la ayuda (hay que decirlo aquí) de la partitura, hecho que denota que es una composición aún nueva en el repertorio de la soprano, en la que tendrá que ir profundizando en expresión y actitud escénica -como también se oyó comentar a una oyente y crítica entendida-; pero vocalmente fue impecable, pudiendo además con toda la orquesta, excepto en las notas más graves, en las que era imposible imponerse, porque el director José Miguel Pérez-Sierra exigió a la orquesta toda la fuerza que pudo. Algún otro crítico reprobó esta solución, máxime cuando la orquesta no estaba -como es habitual en la ópera- en el foso, sino en el escenario.
En la primera parte del concierto, Davidsen cantó tres famosas arias de Verdi, “Pace, pace, mio dio” (Leonora) de La forza del destino, que inauguró el recital; “Morrò, ma prima in grazia” (Amelia) de Un ballo in maschera; y la “Canción del sauce” y el “Ave Maria” (Desdemona) de Otello. No consiguió la soprano imprimir a esta obra de Verdi la calidad a la que nos tiene acostumbrados. Forzó muscularmente la voz, algo que ella no necesita en absoluto -aparte de que la voz no debe forzarse nunca-, en varios pasajes de estas arias (excepto en el “Ave Maria”, claro). Baste como ejemplo una frase de la primera de las piezas de Otello; la que se inicia con la exclamación “Povera Barbara!” (que no requiere tanto dramatismo, porque la protagonista se está compadeciendo de la triste historia de una criada de su madre…); y tantos otros pasajes de las arias verdianas en los que hizo lo mismo, con lo cual se resintieron su legato y su fraseo y, por supuesto, su pronunciación del italiano (que acusó cierta nasalidad, poca acentuación de las consonantes dobles y poca claridad de las algunas vocales, en especial de algunas aes).
Pese a estos pormenores, el público del Real ovacionó a la cantante desde la primera de sus intervenciones, aunque – como ha quedado dicho- fue en Salome y especialmente en los dos bises, que consistieron en un aria de la protagonista del Tannhauser de Wagner (Elisabeth) y uno de los Die Vier letzen Lieder de Strauss (“Morgen”), donde se pudo disfrutar a la auténtica Lise Davidsen, mucho más relajada y feliz a juzgar por su expresión, y con mucha más voz: ya sin forzarla en absoluto porque esta música se escribió para sus características vocales precisas, grandiosas sin duda.
Entre las distintas intervenciones de Davidsen la Orquesta Titular del Teatro Real, al frente del director madrileño Pérez Sierra, interpretó la “Obertura” de I vespri siciliani, el “Ballet” de Otello y la “Danza de los siete velos” de Salome.