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TRIBUNA

Casos concretos y principios morales

José María Méndez
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axiologiatelefonicanet/9/9/20
lunes 08 de enero de 2024, 19:19h

Para cada principio moral encontramos enseguida el caso concreto que lo contradice.

El principio moral dice no matarás. Pero en legítima defensa se puede matar. El principio moral dice no robarás. Pero Santo Tomás de Aquino admite que un famélico puede robar fruta en un huerto ajeno para no morir de hambre. El principio moral dice no mentirás. Pero pensemos en un matrimonio con tres hijos y un accidente de coche en que mueren todos salvo la mujer. Antes de la operación a vida o muerte ésta pregunta al cirujano ¿Que ha sido de mi marido y mis hijos? El médico puede mentir, para no poner en peligro la vida de su paciente. Max Weber fue consciente de que este gran problema se agiganta, cuando se trata de las complicadas situaciones que surgen en temas sociales. Según él, si el político actúa estrictamente como exige el principio moral, tiene que hacer caso omiso de las consecuencias. Un principio moral no admite excepciones por definición. Y si toma en consideración las consecuencias, no tiene más remedio que violar el principio moral. Son éstas las situaciones con que se enfrentan constantemente políticos, empresarios, sindicalistas y demás líderes sociales. Weber propuso como solución distinguir entre ética de la convicción y ética de la responsabilidad. Y no le faltaba alguna razón para imaginar dos éticas. Al presentar los ejemplos anteriores hemos utilizado la suave palabra puede. Sin embargo, cabe emplear el término más fuerte debe. Hay obligación de matar antes que ser matado. Hay obligación de respetar más la propia vida que la propiedad ajena. El médico debe mentir, poniendo el respeto a la vida por encima de la veracidad. Sirva esto como disculpa para la equivocada propuesta de Weber. A mi juicio, la solución correcta consiste en que propiamente no hay ciencia ética de los casos concretos. Usando la terminología de Weber diríamos que no existe su supuesta ética de la responsabilidad. No se trata de un verdadero conocimiento. Por la sencilla razón de que nadie tiene información adecuada de las consecuencias futuras de su caso concreto. Son futuras. No existen ahora. Existirán más adelante. Puede imaginarlas o suponerlas, pero no conocerlas, en el sentido estricto de la palabra conocer.

Otros autores han distinguido entre ética y moral. La ética se ocuparía de los principios generales y la moral de las situaciones concretas. Si usamos la palabra moral en este sentido, sólo Dios posee conocimiento de los casos concretos. Sólo El puede medir la exacta bondad o maldad de las acciones humanas concretas lo mismo que el matemático da con la solución exacta de un problema. Si la palabra moral la entendemos como conocimiento de la bondad o malicia de los casos concretos, no existe tal moral.

Pero lleguemos hasta el final en la crítica al planteamiento de Weber. Concedamos que dos personas A y B conocen exactamente las consecuencias del caso concreto en que se encuentran. Y además estas consecuencias son las mismas en

todos sus detalles. ¿Se deduciría de ahí que las dos hayan de tomar la misma decisión?

Topamos con el hecho de que cada persona es única en la historia universal. No hay otro yo en el mundo, dice D. Quijote. Nunca antes hubo un Miguel de Unamuno ni lo volverá a haber después, repetía nuestro gran pensador. Aunque todos los datos externos sean iguales en ambos casos concretos, A y B serán siempre dos personas distintas. En ningún libro está escrito lo que yo debo hacer en la situación concreta en que me encuentro. Estrictamente, es la primera vez que tal cosa ocurre en la historia. No hay precedentes. Alguien pudo estar en mi misma situación, y hasta en todos sus detalles y circunstancias. Pero él es él y yo soy yo.

En las escuelas de negocios se suele usar el llamado método del caso. Se enumeran todos los datos pertinentes y en especial las consecuencias. Si el empresario se encuentra en esa situación, debe tomar la concreta decisión estudiada de antemano. Se da por supuesto que hay conocimiento del caso concreto.

Sin embargo, aunque demos por bueno que este procedimiento sea acertado en las ciencias empresariales, de ahí no se deduce que lo sea también en el terreno moral. No cabe convertir el método del caso en una genuina ética de la responsabilidad al estilo de Weber. Cada persona humana es enteramente nueva en la historia universal.

Así pues, no hay más ciencia moral que la ética de la convicción, para seguir con su terminología. Podemos conocer cuántos y cuáles son los principios morales, o sea, los valores éticos y obligatorios. Disponemos de la llamada Regla de Oro. Trata a los demás como quieres que los demás te traten a ti. Si un valor ético es tal, puede generalizarse. Si todos los humanos -todos sin ninguna excepción- lo viviesen, todos saldrían ganando y nadie perdiendo. Más aún, la lógica moderna formaliza la regla de Oro en una validez, algo verdadero en todo mundo posible. Es un conocimiento perfecto. Aparte de que la persona religiosa entienda los principios morales no mataras, no robarás, etc., como mandatos divinos, la persona inteligente y racional los ve como valideces lógicas. Hay ciencia ética de los principios, aunque no de los casos concretos.

El reto al que se enfrenta el ser humano es por tanto aplicar los principios morales al caso concreto que tiene delante, y para el cual no hay solución previa exacta. La vida humana es dramática justo por este motivo. Hay que tomar una decisión corriendo el riesgo de no acertar. Y ese margen de error no se puede eliminar. Esa es la gloria y la miseria de ser libres en sentido positivo.

Por supuesto, nuestra vida trascurre de ordinario con tranquilidad. ¿Voy a la oficina en metro o en autobus? Esta pregunta no nos produce zozobra. Pero inevitablemente en nuestra vida nos topamos con situaciones mucho más difíciles y ante las que no hay respuesta a la que acudir. Es entonces cuando apreciamos en su cruda intensidad el carácter dramático de nuestro vivir en este mundo.

Desde un punto de vista teológico, aquí abajo estamos en estado de prueba. Nos jugamos nuestro destino eterno con nuestra conducta moral. Hemos de tomar decisiones, que Dios, el único que posee ciencia cierta de los casos concretos, juzgará luego de manera inapelable.

Tras la Segunda Guerra Mundial se puso de moda el existencialismo. La vida

del hombre arrojado en este mundo es dramática. Quiere vivir, pero es un ser para la muerte. Sin embargo hay precedentes a las peroratas de Heidegger y compañía. Unamuno había tratado este mismo tema en su obra “El sentimiento trágico de la vida” de 1913. De ahí su cáustico y exacto comentario: Todo eso lo dije yo mucho antes y mucho mejor.

El verdadero drama del ser humano está en un nivel más profundo que el del existencialismo. No se trata de nuestra mera presencia en este mundo, sino de nuestro destino en el más allá.

No obstante, aún no hemos terminado. Ciertamente corremos el enorme riesgo de equivocarnos al aplicar los principios morales al caso concreto. Pero además nos amenaza un segundo riesgo. En mi artículo en el Imparcial “Estado de prueba” (07/05/23) recordaba que el supremo don de la libertad en sentido positivo implica que la psique humana fuese modificada respecto a la previa psique animal de los primates antes de convertirse en los primeros seres humanos. El celo sexual se hace permanente y aparece el instinto de posesión. En pura teoría la libertad positiva es capaz de imponerse sobre las ciegas pasiones que inclinan al mal. Pero en la práctica ya vemos lo que ocurre.

Si añadimos este segundo riesgo a la carencia de certeza en nuestras decisiones concretas, llegaremos a la conclusión de que Dios puso el listón demasiado alto. Se invertirían las proporciones que dábamos en ese artículo. Sólo un 2% lograría superarlo y el 98% restante estaría condenado de antemano al fracaso. Dios habría creado a los hombres para que la mayoría de ellos terminase en el infierno.

Realmente, si todo se acabase aquí, podríamos acusar a Dios de injusto. Por eso echamos de menos un tercer elemento que convierta este absurdo en algo razonable. Tiene que entrar en escena un dato nuevo que dé sentido a la creación del ser humano en las condiciones en que de hecho se encuentra en este mundo. Ese elemento nuevo no puede ser otro que la Redención de la humanidad por Cristo en la Cruz.

Acuciados a la vez por nuestras pasiones y por nuestra ignorancia sobre los casos concretos, se nos ofrece una nueva opción para que triunfe el bien en nuestras vidas. Si hemos hecho el mal, se nos da una segunda y fácil oportunidad para que todo termine felizmente. Podemos arrepentirnos y pedir perdón.

El doble riesgo de la ignorancia sobre nuestras decisiones concretas y la presión de las pasiones en nuestra vida resulta entonces íntimamente ligado a la Redención de la Humanidad. Digamos que hay una especie de compensación entre ambas realidades. Y en definitiva, nuestro destino eterno sigue estando en nuestras manos. Somos libres para pedir perdón por nuestras faltas. Y el perdón está garantizado de antemano para los que se arrepienten.

Por supuesto no hay manera de probar racionalmente esa compensación. Pero cabe verla como un nuevo motivo de credibilidad, que se añade al señalado en mi artículo anterior “Ser y pensar” (24/11/23).

José María Méndez

Presidente de la Asociación Estudios de Axiología

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