Se apagaron las luces. Millones de pequeñas luminarias nos desconectan de la ficción. Es la vuelta a esas sombras que juegan con el engaño. El regreso a los malos humos y a la senectud de ánimos. Ahora toca doblegar al colesterol a base de clases particulares, a purificarse en culpas de excesos y a criticar al género político, mientras que nuestras dolencias vuelven de la nostalgia, incluso algunas regresan a su distancia. Los pavos resoplan aliviados. La tercera edad se beatifica en la soledad. El amor se hace cartujo y los buenos deseos se hospedan en claustros.
La liturgia de las costumbres mira de reojo al calendario buscando consuelo en días de rojo satén. Del último roscón sale por sorpresa María Jesús Montero con su malicia fiscal, su camisita y su canesú. El mes de enero da de sí como hueso experto en caldos. Las pensiones y las nóminas guardan un minuto de silencio frente al pan del día anterior. El método no cambia y el remilgado pide pereza y el violento quiere violencia.
La industria farmacéutica, laboratorios o multinacionales del gremio un año más cumplen con la suelta del virus fabricando el granel de las mutaciones. Regresa lo incierto, las sospechas y los efectos adversos de una pandemia declarada en rebeldía por millones de muertos.
Y he aquí que el desapego conquista malos humores y vuelven las distancias al recogerse de finuras y juegos. La paz interior se desposa de nosotros sin terceras personas de por medio. Se guardan belenes así como testigos de aquella noche de autos tan llena de misterio. Y de nuevo quedamos inmersos en codicias de falsos prebostes, los mismos que han puesto del revés el orden de la ley, los que ahora prefieren dar el mérito al canalla o al villano, mientras a los demás, y por ser honrados, que nos den por el frunce del tabalario.
Y he aquí que el no aprender se convierte en moda y el tiempo pasado, por serlo, nos obliga a enmendar, más los gobiernos endulzan la vida ociosa con regalías y privilegios a la vez que imponen el rechazo abierto de las Humanidades y su conocimiento. Y mientras pasa el tiempo aquí estamos, esperando no se sabe qué, anclados en la vulgaridad de no poner remedio a nuestros quebrantos y lamentos, más no olvidemos que la honra consiste en la virtud y de ella se desprende el respeto y el debido sacrificio como marcan los retos.
No nos queda otra cosa que los propósitos de enmienda y la esperanza, más siendo esto una cuestión del ancestro, hoy la orfandad se ha instalado entre nosotros. Curiosa esta especie nuestra apostando por la suerte y no el esfuerzo, pues ansiamos tomar el camino a la armonía que está lleno de guerras y felonías. Dos años después Ucrania forma parte de nuestra flojedad como si las victimas fueran tan exiguas como nuestros olvidos. La sociedad se ha vuelto impenitente y nos hemos acogido al secreto de confesión ante la barbarie, la destrucción y la humillación humanitaria. Vemos, pero no hacemos. Sabemos, pero no decimos. Caminamos, pero no avanzamos. En medio de todo ello, otras guerras, niños que carecen de besos mueren a cientos, a miles, tantos que hasta la propia muerte prefiere no verlo.
Y nos hablan de resiliencia, ahora, cuando lo adverso traslada huérfanos, viudas, ancianos, seres perdidos, apátridas del destino, mientras Europa y los demás predios del poder juegan al honor de la diplomacia. A todos ellos les digo que dicho honor es una porción de bosta apta para abonar la tierra. Que nadie en sano talante o juicio debe prestarse al juego de la muerte por egoísmo de poder ni tampoco por avaricia de gobierno, pues en ello germina la miseria de los justos y el holocausto de los indefensos.
Y nos hablan de progresismo, ahora, cuando el camino se vuelve quebrado y las fuerzas están calladas por gran sacrificio en pagar tantas servidumbres e impuestos. De nuestro dinero sale la corrupción, los vicios con denominación de origen, las deslealtades, el despilfarro desigual, la impunidad de actos, la desvergüenza o la producción de favores nuevos. A fin de cuentas la progresía se basa en tener ideas avanzadas, eso sí, algunos y algunas ya han cosechado las mieles de la prosperidad merced a los privilegios.
Lo que sobran son los gobiernos. Los políticos del infierno. Los que muerden la mano de quienes les proveemos acomodo y sustento, sin embargo, la mentira se instala en la escudilla de nuestro alimento ignorando que el hambre no precisa de promesas ni mentiras, sino de bajar los precios y de hacer que un pueblo no viva en permanente duelo.
Así es como se pasa de un año a otro, más o menos, sin olvidar que cada gota de enero vale dinero.