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DESDE ULTRAMAR

The Crown: apostillas, comentarios, observaciones y puntualizaciones

Marcos Marín Amezcua
jueves 11 de enero de 2024, 18:43h

A propósito de la reciente entrega de los Globos de Oro, amerita detenernos en esta serie alusiva a la titular de la corona británica, Isabel II, que, pese a traducirse el nombre como La Corona, se nos quedó deslucida y sin fulgor alrededor del personaje central, Isabel misma, y no por ella, sino por los guionistas que la terminaron extraviada en el chismarajo y el cotilleo morboso ajeno a la reina, pese a llevar en el nombre la referencia, The Crown, y Diana no era la Crown...

Finalizó sin mucho alarde y con sabor a decepción esta comentadísima serie y de manera un tanto apresurada, casi atropellada, ya fuere por el deceso de la monarca que corrió un velo de veneración, respeto y silencio o por un llano desinterés consecuente con el finiquito del morbo; mas, ciertamente, lo que prometió ser una gran serie basada en la vida de un personaje irrepetible –en la cual nunca asomó ni una alusión a otra forma de llamar al clan, La Firma– valoremos que para toparnos con otra reina de tal peculiaridad –si no admitimos siquiera su influencia– será difícil y todo el esfuerzo menguó con su final anticipado.

Tuve la ingente oportunidad de mirar de un solo tirón la serie completa –no en sesiones maratónicas (uno tiene cosas qué hacer)– disciplinadamente, los sábados por la noche, un par de capítulos durante 7 meses coincidiendo con su terminación, pudiendo apreciar mejor la evolución de tal, su formato y el ritmo, ahorrándome la espera natural entre temporadas desde 2016. Fue un ejercicio interesante y ameno en lo que cupo y sí, es una serie, ficción, pero no es lo único que ofrecieron sus productores, quedándonos, así, a deber con el resultado final.

No me dejó boquiabierto, la sigo considerando para neófitos, cual lo sospechaba, y nunca debió perderse de vista el hilo conductor de que era una obra ficcionada y esperé la supuesta etiqueta que sugirió el Palacio de Buckingham ya muy avanzada la emisión, advirtiendo que solo se basaba en hechos reales, no serlos. Como en otras latitudes eso es lo primero que se pone, sí me extrañó la omisión de sus creadores. ¿Explotaron el morbo? Mal por ellos. Y su segundo gran error fue no atinar con la fisonomía de los protagonistas en todas las etapas de su vida. Qué lejos de la estupenda Edward VII (BBC, 1975) donde parecían salidos de fotografías. También ficcionaron la fisonomía y eso no pue’ser. La primera Isabel, muy guapa para lo que fue, la segunda medianamente cercana y la tercera sí…pero no. Para infortunio de los creadores de la serie existen videos, cintas, fotografías de Isabel. Existen la primera foto en el balcón central de Buckingham y la última hecha en su jubileo de Platino, de manera tal que debieron ser más precisos. Cometieron el mismo error que con Judi Dench representando a la reina Victoria. Le faltaba corporeidad y había fotos. No cabía ni un margen al error y de nuevo se cometió, desafortunadamente. No pongo en duda la calidad histriónica, eso es otra cosa, de las elegidas para presentar a quien encabezó el más dilatado reinado a punto de vencer ya solo a Luis XIV, y que fue hija del último emperador de la India y rey de Irlanda (Jorge VI) y que a diferencia de su padre y de su abuelo (Jorge V) no ganó una guerra mundial como ellos, pero como serie histórica sí esperas un cercano parecido por elemental respeto al personaje…y al público conocedor. Después de todo, en su peculiaridad como reina de Inglaterra, se convirtió en reina estando fuera de Inglaterra y cesó su reinado muriendo fuera de Inglaterra, que Escocia no lo es. Por detalles así, su figura daba para mucho.

Fueron benévolos entreverando el físico raro y el rol jugado por varios personajes. Minimizaron el papel clave de la reina madre –mal caracterizada, en general– más dejando entrever el desprecio por ella de Eduardo VIII y, en cambio, omitiendo la frase de Hitler llamándola “la mujer más peligrosa de Europa” por sostener con su tartamudo marido – “El discurso del rey” nos lo recordó– la moral de su pueblo en la IIGM. Presentaron a Felipe de Edimburgo en sus frivolidades más que en sus sonadas insolencias y a Margarita en su eterna ociosidad –más bella de cómo terminó– y a Ana, desconocemos de dónde sacaron esa belleza de la que careció ya en las últimas décadas, sin destacar su nexo puntual como enlace entre Isabel y Carlos en la sucesión, como demostró su protagonismo en aquel trance. Dígase: se había conseguido una bien lograda caracterización tanto de Ana como de Carlos en las temporadas intermedias. Los actores de la última, ya nada qué ver.

Se nota que se fueron por la fácil al final: explotar el tema de Diana, su drama y el rebote en sus hijos, apartándose de Isabel II, que suponíamos que era el centro de atención, dotándola de un rol segundón en ese tema y muy difícil de creer. La serie se pierde entonces en el laberinto de Diana. Pasan de largo del sentir de la reina ante la debacle del Imperio, Malvinas, el fin de la Guerra Fría, el separatismo escocés, sus visitas a la ONU o al Vaticano, de perder violentamente Zimbabue, abrir dos Juegos Olímpicos, Montreal’76 y Londres 2012, lidiar con la cibernética, sus demás nietos y bisnietos –contó con una nieta medallista olímpica– sus encuentros con ciertos líderes contemporáneos, incluidos sus premieres Brown, Cameron, Theresa May, Johnson; brincan su humor ácido de digna taureana, optando por plantarla sosa y solo indiferente, y no mostraron su rol y su sentir en la entrada y salida de la UE o en la inauguración del Eurotúnel que finiquitó la insularidad británica, sus nexos con Estados Unidos, el cambio de siglo y de milenio, su vejez o aludir a esa veneración a la ancianita que le prodigó el pueblo británico en sus últimos años o sus jubileos, casi cancelando el de 2002 por la muerte de su madre y de su hermana ese año, que no se dijo en la trama. No supimos de cómo asumió ella la evolución de su país, o a Sarah Ferguson o a Megan Markle y nos asomáramos a sus reacciones sobre todo ello. Sarah Ferguson tuvo su propia dinamita y apenas la rozan. Margarita ¿solo fue un monumento detestable a la ociosidad? De todo eso, nada ni por asomo. Puede salvar la serie, pues ya sería el colmo que no, los escenarios, lo bien ligados los viajes en el tiempo, las ambientaciones, aunque Balmoral no sea Balmoral. Vale.

Lo haya afrontado bien o mal, que era lo interesante, tal y como sucedía en las primeras temporadas. Puede usted palmar todo lo que nos quedaron a deber. Había material, inclusive videos donde ella contaba ciertas cosas. De puntitas apenas si exhiben a Thatcher encubriendo los negocios de su hijo con Sudáfrica, los debates sobre gastos o emolumentos y nada en realidad, del profundo debate religioso por el divorcio y la segunda boda del heredero.

Qué lastima, pues dejaron ir oportunidades interesantes por primar el chismarajo de la Camila y la Diana. Bueno, va, la reina Camilla, aunque nos tardemos más en decirlo. Acaso hubieran enfocado mejor que la polémica rodeaba a Isabel sin ser ella la causante directa, en apariencia, en prolongada transición de ser mujer controversial o rodeada de escándalo gracias a otros a la venerable ancianita en que terminó. Supieron zamarrear a Al-fayed para dejarlo como un mentiroso, mitómano, arribista hundido en todas sus teorías de confabulaciones y tal. Eso sí supieron cómo hacerlo sin derecho a réplica. Incluso, no se mojan con Kate Middleton. Dejan para la madre el arribismo y es una pena no haberlo corregido, porque, como sea, sí lo hubo pero la Princesa de Gales ha demostrado una cordura y una entrega formidables y ya no hubo temporadas para ver esa evolución. La serie deja más incógnitas que respuestas medianamente satisfechas.

¿Qué Isabel II pensaba abdicar? Bueno, sabemos lo que sí pasó y sí, la razón queda clara: su sentido del deber. No se dejó atrapar por pijoterías ni sentimentalismos. Es de lo muy poco rescatable al final de la serie, así como la última escena, cuando ya había fallecido la monarca. Y, sin embargo, podían haber abundado en ciertas anécdotas ligadas al poder. No, Isabel no era solo ir de su alcoba al desayunador y de ahí a recibir al primer ministro. De pasada, la serie omite a los primos Gloucester y los Kent, a quienes siempre sumo y mantuvo cerca y eso revelan las fotografías en el balcón de Buckingham. Carlos III los ha suprimido de las recepciones, a juzgar por su aparente ausencia pública.

Lo expresaba al inicio: pudo ser una serie para neófitos. Conozco gente que hablaba de la casa real británica y de su historia refiriendo la serie, cosa decepcionante, sin duda, para quienes conocemos otra historia de tal. Personalmente, sí esperaba ver cosas más interesantes. Las primeras dos temporadas, sobre todo, prometían. Se quedaron las últimas dos en el intento. Incluso, el ritmo se hizo lento y como se dedicaron ya solo a explotar el chismarajo de Diana y los años inmediatos posteriores a su deceso y a nada más, dejan muchos otros cabos sueltos. Isabel II ni se acabó con Diana ni mucho menos sus 70 años de reinado giraron en torno a ella y el tramo final –los últimos 25 años– es tanto o más interesante que los devaneos de la “reina de Corazones”. The Crown prefirió callarlos. Peor para la docuserie y lástima por el esfuerzo emprendido que se quedó en simple intento. Reitero, Isabel II fue y lo pudimos ver por múltiples medios, algo más que una reina que no salió a tiempo a llorarle a Diana. 70 años de reinado no se limitan a eso ni es eso lo más significativo de su reinado. Tantos pudimos atestiguarlo de muchas formas al no quedarnos solo con el cotilleo, como para que nos vengan con semejante culebrón. Puede salvar la serie, pues ya sería el colmo que no, los escenarios, lo bien ligados los viajes en el tiempo, las ambientaciones, aunque Balmoral no fuera Balmoral. Vale. Puede usted palmar todo lo que nos quedaron a deber. Había material, inclusive videos donde ella contaba ciertas cosas. De puntitas apenas si exhiben a Thatcher encubriendo los negocios de su hijo con Sudáfrica, los debates sobre gastos o emolumentos y nada en realidad, del profundo debate religioso por el divorcio y la segunda boda del heredero.

Qué lastima, pues dejaron ir oportunidades interesantes por primar el chismarajo de la Camila y la Diana. Bueno, va, la reina Camilla, aunque nos tardemos más en decirlo. Acaso hubieran enfocado mejor que la polémica rodeaba a Isabel sin ser ella la causante directa, en apariencia, en prolongada transición de ser mujer controversial o rodeada de escándalo gracias a otros a la venerable ancianita en que terminó. Supieron zamarrear a Al-fayed para dejarlo como un mentiroso, mitómano, arribista hundido en todas sus teorías de confabulaciones y tal. Eso sí supieron cómo hacerlo sin derecho a réplica. Incluso, no se mojan con Kate Middleton. Dejan para la madre el arribismo y es una pena no haberlo corregido, porque, como sea, sí lo hubo pero la Princesa de Gales ha demostrado una cordura y una entrega formidables y ya no hubo temporadas para ver esa evolución. La serie deja más incógnitas que respuestas medianamente satisfechas.

¿Que Isabel II pensaba abdicar? Bueno, sabemos lo que sí pasó y sí, la razón queda clara: su sentido del deber. No se dejó atrapar por pijoterías ni sentimentalismos. Es de lo muy poco rescatable al final de la serie, así como la última escena, cuando ya había fallecido la monarca. Y, sin embargo, podían haber abundado en ciertas anécdotas ligadas al poder. No, Isabel no era solo ir de su alcoba al desayunador y de ahí a recibir al primer ministro. De pasada, la serie omite a los primos Gloucester y los Kent, a quienes siempre sumo y mantuvo cerca y eso revelan las fotografías en el balcón de Buckingham. Carlos III los ha suprimido de las recepciones, a juzgar por su aparente ausencia pública.

Lo expresaba al inicio: pudo ser una serie para neófitos. Conozco gente que hablaba de la casa real británica y de su historia refiriendo la serie, cosa decepcionante, sin duda, para quienes conocemos otra historia de tal. Personalmente, sí esperaba ver cosas más interesantes. Las primeras dos temporadas, sobre todo, prometían. Se quedaron las últimas dos en el intento. Incluso, el ritmo se hizo lento y como se dedicaron ya solo a explotar el chismarajo de Diana y los años inmediatos posteriores a su deceso y a nada más, dejan muchos otros cabos sueltos. Isabel II ni se acabó con Diana ni mucho menos sus 70 años de reinado giraron en torno a ella y el tramo final –los últimos 25 años– es tanto o más interesante que los devaneos de la “reina de Corazones”. The Crown prefirió callarlos. Peor para la docuserie y lástima por el esfuerzo emprendido que se quedó en simple intento. Reitero, Isabel II fue y lo pudimos ver por múltiples medios, algo más que una reina que no salió a tiempo a llorarle a Diana. 70 años de reinado no se limitan a eso ni es eso lo más significativo de su reinado. Tantos pudimos atestiguarlo de muchas formas al no quedarnos solo con el cotilleo, como para que nos vengan con semejante culebrón. ¡Ahhhh! ¿qué la serie solo buscaba entretener? ha de ser eso...

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