Yolanda Díaz ha vuelto a ver al papa Francisco. Según dicen fue a verle en busca de ayuda. Para ella el sumo pontífice es un referente y no precisamente porque la vicepresidenta sea creyente, es atea confesa, pero cree en la ‘Economía de Francisco’. De ahí su embeleso y subordinación ante la otra manera de salvar almas mediante los versículos sobre política laboral, que tanto privan a doña Yolanda. Supongo que la audiencia habrá sido buena para ella y no tanto para el sumo pontífice. Para la señora vicepresidenta es positivo por aquello del lucimiento personal, sin embargo, al santo padre le habrá dejado huella y créanme que lo digo porque no sé qué es lo que tiene esta mujer, pero a quien pilla de por medio le cambia el metabolismo.
Aparte de haberla bendecido una serie de rosarios, tal vez por encargo de terceras personas dada su falta de fe católica, doña Yolanda esgrimió sus vigorosos fundamentos sobre filosofía del trabajo ante la figura del papa Francisco como ‘gran empresario’ de la iglesia católica.
Lo expongo sin acritud cristiana y además porque ya el propio papa Juan Pablo II, en una de sus numerosas entrevistas, apuntó en su día las experiencias del Vaticano en materia de relaciones laborales: “Santidad, cuantas personas trabajan en el Vaticano” –preguntó la periodista. ‘Aproximadamente la mitad, hija mía’ respondió él.
Más no tomen como exagerado lo del cambio del metabolismo que referí al principio, pues son tantos los efectos adversos que se desprenden de las letanías que nos dedica doña Yolanda, que se hace costoso suponer que el santo padre haya sido capaz de salir indemne del encuentro entre ambos, por mucha bula que ostente. Según la ministra de Trabajo y Economía Social hay que reducir la jornada laboral para salvar “la vida”, la “integridad física y moral” y hasta el mismísimo planeta, y claro, a uno le cambia hasta la unión con su propio cuerpo.
Por eso digo, que el papa, guiado por su servicio a la comunidad católica, atea y universal donde los haya, nada de raro tendría que hubiera experimentado efectos secundarios existenciales en grado de tentativa tras la arenga de doña Yolanda. Puede que en la señora ministra cohabiten la nobleza de miras con el reaccionarismo, pues sus impulsos ideológicos tienen cabida en la debilidad del que menos percibe frente al que más tiene, pero eso, aun siendo una premisa en constante mejora, lo cierto es que a día de hoy no existe una verdadera filosofía del trabajo salvo la excepción de ir avanzando en la dignidad y el valor de los derechos. Eso sí, no solo para la clase trabajadora sino también para los empresarios, pues desde la antigüedad hasta día de hoy, tanto monta, monta tanto. (Dejo claro que nunca fui empresario y sí trabajador perseverante por cuenta ajena, de manera que el secreto está en la masa de haber cotizado desde la Edad Media).
De tal manera que trabajar poco, vivir bien y a ser posible rascarse el ombligo en días alternos parece ser la terapia filosofal en ciernes, pero eso se antoja más un sueño atávico de los que pretenden conseguir un cerdo grande, gordo y que pese poco, a excepción de cierta clase política que goza de gracia y pernada para obtenerlo. No conozco a nadie que se precie de querer vivir malamente. El trabajo y sus productos, señora ministra, elevan al hombre sobre la naturaleza, de ahí que la transformación de las cosas, de las normas, de las propias leyes van de la mano de la evolución cultural que el ser humano experimenta por exigencias de sí mismo frente a su capacidad de hacer y al sacrificio responsable. No olvide, doña Yolanda, que la inteligencia hace posible la libertad, por eso es tan importante cuidar al trabajador en la cultura del compromiso y no solo en lo rancio de la lucha de clases, “paguitas” y demás milongas.
El hecho de que el trabajo sea una necesidad, en cierto modo hasta física, no le resta valor. Otra cosa es el tener que vivir en una mentira subvencionada para aplacar los desánimos. Bien está lo de subir el Salario Mínimo Interprofesional, por ser justo y necesario, pero para vivir mejor de lo que dicta la realidad hay que bajar los impuestos y lo precios de todo lo que han subido ustedes, o sea, el gobierno del que usted forma parte, de lo contrario ningún SMI ni ninguna reducción de jornada laboral evitará el empobrecimiento, la desigualdad y el no poder llegar a final de mes.
Agere y facere, doña Yolanda, al igual que ha hecho Meloni en Italia con eso de las “paguitas” suprimiéndolas para todos los beneficiarios que estuvieran en condiciones de aceptar un empleo. Eso sí, respetándolo para cuantas personas estén en situación o riesgo de exclusión social y de pobreza. Aquí es donde la renta mínima de inserción se hace más que obligatoria. El resto a trabajar y a cotizar. A lo mejor con ello se recupera la dignidad por el trabajo y con ello la vida y el planeta lo agradecen. Así de sencillo.