...porque era él,
porque era yo...
Montaigne
La agonía de La Boétie la seguimos paso a paso. Tres días antes habla con Montaigne de su inminente desaparición cómo de un hecho indiscutible. Tiene treinta y tres años y su amigo tres menos. Teme que su mujer y su tío pierdan la razón. Nombra heredero a este, por cierto tras un desayuno apropiado. Llora su mujer y suspira el tío cuando lega a su esposa parte de sus bienes. Dice Montaigne que poco después de nombrarle sucesor de su biblioteca, con ternura, «ses propos sont avec une telle assurance» de cara y tal firmeza de palabra y de voz que confiesa:
- «Voy hacia Dios... a la buena de Dios».
Es el domingo 15 de agosto de 1563 y morirá el miércoles 18.
Dicta su testamento al notario tan deprisa que es imposible seguirle.
Sermonea largamente a su sobrina: «No te dejes llevar por lo placeres».
Y no menos a Mademoiselle Ascot: «El vicio... me parece que ya solo la palabra es horrible».
A todos les despide para siempre.
- ¡Adieu!
Todos lloran tras sus largos discursos.
Al hermano de Montaigne, protestante, le aconseja «no sea usted tan áspero ni tan violento».
El lunes16 bebe vino y hace un comentario en griego «el agua es lo mejor».
Se confiesa de nuevo el martes 17.
Pide terminar en esta hora sus días.
Le suelta otro discurso a Montaigne, así como a Monsieur de Balot sin olvidar el latín.
Unas horas antes de morir cuenta a Montaigne los efectos de la imaginación que acaban de ocurrírselo.
A su mujer le anuncia que le va a narrar un cuento.
De nuevo bebe vino.
Le previene a Mademoiselle de La Boetie que llora: « Usted se atormenta antes de tiempo ».
Repite: «Me voy».
Luego a solas con su amigo reza con voz cada vez más radiante y fuerte.
No cesa de aconsejar, comentar, discutir, hasta que a las tres de la mañana del 18, llamando a Montaigne una o dos veces; con un gran suspiro rindió el alma.
El genio midió con precisión el tiempo que le quedaba de vida con sus contemporáneos, rodeado del amor de sus amigos y familiares en su propia casa.