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TRIBUNA

Inteligencia artificial, mentiras y cintas de vídeo

jueves 22 de febrero de 2024, 18:21h

El pasado viernes 16 de febrero, coincidieron dos hechos en cuya simultaneidad nadie ha reparado pero que vienen a representar en su conjunto la esencia de un problema que a todos empieza a preocupar y que nadie sabe aún cómo resolver. Por un lado, se dieron a conocer los primeros vídeos confeccionados con la aplicación de inteligencia artificial Sora, desarrollada por Open AI, la misma empresa que ha diseñado ChatGPT. Desde el momento en que se comprobó la calidad y realismo de los primeros vídeos creados, surgió la inquietud sobre que la línea que separa la verdad de la mentira en el mundo de las imágenes iba a quedar difuminada y, a partir de ahí, la posibilidad de manipulación a gran escala de nuestras sociedades podía convertirse en una práctica cotidiana con un alcance que todavía no podemos calibrar. Por otro lado, en Televisión Española, se estrenó el programa El mejor de la historia (así escrito, no “de la Historia”, como hubiera sido lo correcto). El mismo trata de decidir cuál ha sido el español más relevante de todo nuestro devenir histórico y, para ello, se va a emplear un método de votaciones telefónicas y por internet. Lo que late bajo ambas noticias es, en el fondo, el intento o presunción de alcanzar, si no la Verdad, al menos una cierta idea de verdad, por medio de métodos inadecuados y claramente desacertados. En el pecado de elegir el camino equivocado, está la penitencia de llegar al destino erróneo.

Para hacerse una idea cabal, precisa y rigurosa de determinados hechos, fenómenos y realidades, el método de votación es obvio que no es el apropiado. No se dilucida por mayoría de votos si E = mc2, si en un triángulo rectángulo el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos, si un aumento de la oferta monetaria, permaneciendo constantes todas las demás variables, produce o no un aumento paralelo del nivel general de precios, cuál es la mejor terapia posible para una enfermedad cardíaca o cuál debe ser el diseño de un puente o un edificio para que no acaben viniéndose abajo. Para ello, los métodos correctos son la reflexión, el análisis, el razonamiento deductivo, los desarrollos matemáticos, el contraste continuo de la evidencia empírica con las teorías previamente formuladas, el revisar, sopesar y examinar críticamente y con exhaustividad todas las fuentes de datos y enfoques disponibles o la realización de experimentos cuidadosamente controlados. A partir de esta sencilla premisa, decidir, como busca el programa de nuestra televisión pública, quién es el español más importante de la Historia a través de una votación para la que, además, no se han establecido unos criterios lo suficientemente exigentes es más una arbitrariedad caprichosa que un proyecto diseñado con un mínimo de rigor. Esta metodología sí serviría, evidentemente, para identificar a los personajes históricos que resultaran más simpáticos a la ciudadanía pero ir más allá de este modesto propósito resulta excesivamente pretencioso. Si se analizara con hondura y rigurosidad la Historia de España, sería muy difícil no concluir que los personajes más relevantes, los personajes que más han hecho por que hoy seamos lo que somos, han sido los Reyes Católicos. Habrá a quienes ello les puede gustar y habrá a quienes no, pero, si tomamos en frío los datos de su reinado, los mismos resultan contundentes e inapelables. La España actual es fruto de la unión de las coronas de Castilla y Aragón (y no de las de Castilla y Portugal) por la victoria de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón en la Guerra de Sucesión Castellana entre 1475 y 1479. Los Reyes Católicos unificaron el territorio peninsular con la conquista del Reino de Granada en 1492. Culminaron la conquista de Canarias entre 1478 y 1496. Propiciaron el descubrimiento de América por Cristóbal Colón en 1492. Isabel la Católica, al rechazar la pretensión del marino genovés de que fuera permitido el tráfico de esclavos con los indígenas de las tierras recién descubiertas y reconocer a los mismos como súbditos con los mismos derechos y obligaciones que el resto de españoles (tal como Fernando Muñoz contó en el I Encuentro de Res Hispánica en San Lorenzo de El Escorial en marzo de 2023), sentó las bases para que las tierras americanas formaran parte de la corona en pie de igualdad con los territorios peninsulares originarios. También en 1492, dictaron el (desafortunadísimo) Edicto de Granada por el que decretaron la expulsión de los judíos. Su política de enlaces matrimoniales de sus hijos sentó las bases de la influencia española en Europa en los tres siglos posteriores y propiciaron el poder de los monarcas de la Casa de Austria en las siguientes décadas. Y también en ese decisivo año de 1492 se publicó la Gramática castellana de Elio Antonio de Nebrija. Es difícil citar otro período histórico en el que tantos aspectos no solo de España sino, en un sentido más amplio, de la Hispanidad, hayan quedado perfilados con tanta precisión y capacidad de perdurabilidad en el tiempo. Sin embargo, llama la atención que en la web del mencionado programa de RTVE, entre los cincuenta personajes históricos que han resultado finalistas, aparezca solo Isabel de Castilla y no Fernando de Aragón. Por lo visto, el viejo lema de “tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando” no ha sido válido para la ocasión. Como cabía esperar, un método erróneo tiene como consecuencia una decisión final poco acorde con la realidad histórica.

Este hecho televisivo no dejaría de ser puramente anecdótico si no fuera síntoma de una deriva intelectual mucho más preocupante y problemática: me refiero a pensar que la Verdad o, como he dicho antes, una cierta idea de verdad puede ser alcanzada de cualquier modo. En particular, resulta especialmente conmovedor el comprobar que se tiene un exceso de confianza desmedido (y, en gran medida, injustificado) en el papel de las imágenes como fieles fedatarios públicos de la realidad cuando, desde su mismo origen, las mismas han encerrado un venenoso poder de tergiversación y manipulación. Se piensa que la primera filmación cinematográfica de la Historia, La salida de la fábrica Lumière en Lyon (1895) de los hermanos Lumière, recoge con carácter fidedigno el fin de uno de los turnos de la fábrica a la que se refiere el título del cortometraje. Sin embargo, no es así. El análisis de las imágenes que nos han llegado y de las tomas fallidas que se han conservado demuestra que los hermanos Lumiére coreografiaron cómo se tenía que producir la salida de sus trabajadores del edificio para que los movimientos llegaran a tener una mínima armonía visual. Es decir, que, desde el mismo inicio del cine, se ha tenido una percepción errónea del carácter documental de las imágenes. Y tan claro estuvo este aspecto del séptimo arte que, casi desde sus comienzos, ha sido utilizado para hacer propaganda de determinadas opciones ideológicas. La primera gran película de la historia del cine, El nacimiento de una nación (1915) de David W. Griffith, era una apología nada sutil del Ku Klux Klan (y, de hecho, fue sumamente eficaz para lograr un impulso de dicho movimiento). El régimen soviético también utilizó el cine como medio propagandístico y ahí están El acorazado Potemkin (1925), Octubre (1927) y La línea general (1929) de S. M. Eisenstein, La madre (1926) de V. Pudovkin y La tierra (1930) de A. Dovzhenko para demostrarlo. Y Joseph Goebbels, como Ministro de Propaganda de Hitler, utilizó de manera sistemática las películas de la UFA para divulgar y publicitar las ideas y consignas nazis. Así, El flecha Quex (1933) de Hans Steinhoff sirvió para glorificar y envolver en un aura de heroísmo la militancia en el partido nacional-socialista, El judío Süss (1940) de Veit Harlan y Der ewige Jude (1940) de Fritz Hippler, para extender entre los espectadores la idea del antisemitismo, Te espero (1941), para justificar la invasión de Polonia, y Sublime sacrificio (1944) y Kolberg (1945) de Veit Harlan, para sugerir la grandeza de inmolarse por una causa perdida cuando el desenlace de la II Guerra Mundial ya parecía claramente adverso para los alemanes. Si del cine pasamos a la fotografía, tenemos el ejemplo de la famosa instantánea en la que los soldados estadounidenses plantan la bandera en lo alto del atolón de Iwo Jima, imagen que, tal como se nos relataba en Banderas de nuestros padres (2006) de Clint Eastwood, no corresponde al momento real en que la bandera fue plantada ya que, en ese instante, no había ninguna cámara cerca por lo que lo que nos ha llegado es una escenificación que se preparó para que la imagen ocupara en los días siguientes todas las portadas de la prensa norteamericana. Cuando en el año 2020 entrevisté al realizador de documentales Andrés Duque con motivo de la presentación en el cine Albéniz de Málaga de su documental Carelia: Internacional sin monumento (2019) –que, por cierto, gira, entre otros aspectos, en los crímenes cometidos por el estalinismo y la continuidad de sus modos y maneras en la Rusia actual–, acabó manifestándome una contundente opinión sobre el formato documental que expresa bien a las claras cuál debe ser la actitud correcta del espectador en relación a los films que se inscriben en el mismo: “Toda película, toda imagen en movimiento, es tanto ficción como documental”. Por lo tanto, la imagen absolutamente veraz no es más que una ensoñación o un desideratum que rara vez resulta alcanzable.

Aunque los vídeos elaborados con inteligencia artificial acarrean, sin dudarlo, un peligro descomunal, también pueden esconder una virtud inesperada: que, de una vez por todas, los espectadores acaben adquiriendo un sano escepticismo y una prudente cautela respecto a la veracidad que cualquier imagen encierra, que el espectador no asuma automáticamente el carácter de verdad que una imagen pueda albergar y se replantee sistemáticamente lo que contempla y mantenga una reserva permanente hasta que diversas fuentes no vengan a corroborar lo que tal imagen parece expresar. A fin de cuentas, el 30 de octubre de 1938, con la retransmisión radiofónica de La guerra de los mundos dirigida por Orson Welles se produjo la mayor onda de pánico colectivo de la historia de Estados Unidos, y nadie se planteó prohibir o regular de manera restrictiva la actividad de la radiodifusión ni se han repetido con relativa frecuencia este tipo de “engaños” masivos. Tiendo a pensar más bien que si, al final, se impone una visión crítica y escéptica del espectador respecto a toda imagen, ello tendrá una consecuencia que sí preocupará a algunos: ¿podrán los gobiernos y los grandes poderes establecidos seguir manipulando tan fácilmente a la opinión pública con el uso torticero de las imágenes? Obviamente, no. Y creo que este es el motivo real de muchas inquietudes que parecen impulsadas por el presunto interés de proteger a la ciudadanía y pueden esconder otros motivos mucho menos confesables.

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