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TRIBUNA

Sobre el ser humano (IV)

José María Méndez
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axiologiatelefonicanet/9/9/20
martes 19 de marzo de 2024, 18:33h
Actualizado el: 19/03/2024 20:21h

Del experimento Libet se deduce que las condiciones necesarias son superfluas para formalizar la causalidad física. En cambio, son indispensables para entender la materia viviente (Cfr. “Sobre el ser humano II”, El Imparcial 31/01/24). Tratemos de buscar una explicación a este resultado.

La finalidad es sin duda el concepto clave para distinguir entre materia inerte y materia viva. En la materia inerte no existe lo que pudiéramos llamar finalidad interna o intrínseca.

Si del átomo de un elemento químico extraemos un electrón, quedan un ion y una partícula, que siguen siendo miembros del mundo de la materia inerte lo mismo que el átomo del que proceden. Más aún. Podemos volver a colocar el electrón en su sitio y reaparece el átomo. Justo eso es lo que no cabe hacer con un ser vivo. Si lo descomponemos en sus partes, muere para siempre. No podemos darle de nuevo la vida. Se ha perdido irremediablemente una realidad superior que no se daba en la materia inerte.

Dicho de otra manera. Un organismo vivo, aunque sea una sola célula, posee una finalidad interna. O esa unidad que llamamos substancia. Por el contrario, un átomo no vive. Simplemente existe de modo pasivo. En la materia inerte no hay substancias. Podría hablarse en todo caso de una sola substancia, que sería la totalidad de la energía-masa del universo, según el principio de conservación de la misma. La cantidad de energía-masa es hoy la misma que en el Big Bang.

Por tanto, si consideramos el átomo como un como un fin, calificaremos esa finalidad como externa o extrínseca. Muy al contrario, en la materia viva cada viviente individual es una substancia independiente y está dotado de finalidad interna o intrínseca. Hay millones de substancias. Cada individuo vivo es una substancia, aunque sea un insignificante mosquito.

Así pues, la unidad propia de un átomo es muy distinta de la unidad propia de un ser vivo. La primera es una mera yuxtaposición de sus elementos. La segunda es mucho más que eso. Surge un novum, la energía vital o vitalidad que es algo muy superior a la mera yuxtaposición de sus elementos o componentes.

Aún hay una tercera manera de decir lo mismo y que enlaza con las consecuencias del experimento Libet. En la materia inerte sólo hay efectos instantáneos. Lo que sucede no depende de condiciones necesarias previas. Una bola de billar choca con otra y la desplaza de su sitio. Para explicar lo que ha pasado, basta con una condición suficiente y no necesaria. Pues también cabe empujar la bola de billar con la mano. Muy al contrario, en la materia viviente intervienen procesos en marcha y por tanto condicionados por un tiempo anterior. Lo que sucede depende siempre de condiciones necesarias y previas al choque de las bolas, por así decir.

Recordemos la descripción que hizo Nicolai Hartmann del proceso teleológico en el comportamiento humano. Tiene tres fases. Primera, determinación del fin, lo

que supone adelantarse mentalmente al tiempo. Segunda, determinación de la cadena de medios, empezando por el más cercano al fin y terminando por el más alejado, el que está ahora en nuestras manos. Va en dirección contraria al tiempo, como mero encadenamiento lógico en nuestra mente. Tercera, realización en tiempo real de la cadena de medios hasta llegar al fin.

Supongamos que alguien se propone como fin conseguir un título universitario que supone cinco años de estudio. La segunda fase consiste en la ordenación en sentido contrario al tiempo de los medios indispensables o condiciones necesarias, como sagazmente intuyó Hartmann. Si no apruebas el cuarto curso, no accedes al quinto y último. Si no apruebas el tercero, no accedes al cuarto. Si no apruebas el segundo, no accedes al tercero. Y si no apruebas el primer curso -el que ahora está a tu alcance, al que te puedes matricular ahora mismo-, no accedes al segundo.

La mera decisión de alcanzar un fin engendra ipso facto en nuestra mente una cadena de medios indispensables o condiciones necesarias, y en un orden sin duda lógico, pero contrario al tiempo físico. Y justo porque este orden lógico es inverso al tiempo, se convierte en orden temporal al hacerse realidad en la tercera fase. El medio idealmente más alejado del fin coincide entonces con el primer medio a nuestro alcance para llegar realmente al fin.

Pongamos un segundo ejemplo que nos acerque más la finalidad propia de los seres vivos. Pensemos en un coche en marcha. Se trata de un proceso en acción. El fin que se propone el conductor es que el coche siga andando. Y ese fin es alcanzado instantáneamente. No hay que esperar cinco años, como en el ejemplo precedente.

En consecuencia, las fases segunda y tercera del proceso teleológico se solapan, por así decir. Según la segunda fase, el movimiento del coche es causa retroactiva de que la gasolina fluya desde el depósito. Y según la tercera fase, la combustión de la gasolina es causa física de que el coche ande. Nadie se sorprende por este solapamiento de ambas fases. El enunciado positivo si el coche anda, entonces tiene gasolina describe una causalidad lógica o retroactiva. Lo posterior en el tiempo -el coche anda- es causa de lo anterior -hay gasolina en el depósito-. El enunciado negativo si no hay gasolina, el coche no anda expresa la familiar causalidad física en la misma dirección que el tiempo.

Volvamos al experimento Libet. Aparece la causalidad retroactiva o en dirección contraria al tiempo. La decisión de mover la muñeca es causa lógica de la actividad cerebral detectada en el experimento. Hay una cierta similitud con los cinco cursos lectivos del estudiante. Con todo, la similitud es mayor en el coche en marcha, si bien sólo consideramos una condición necesaria, que haya gasolina en el depósito.

Por otra parte, en el ejemplo de la carrera universitaria había una diferencia de cinco años entre la proposición del fin y su cumplimiento. En el coche en marcha apenas pasa el tiempo desde que el conductor decide que siga andando y el hecho de que siga andando. Por eso se solapan las fases segunda y tercera del proceso teleológico. Y se renueva ese solapamiento una y otra vez. En un ser vivo, el orden lógico invertido de la segunda fase -desde el medio más alejado del fin hasta el más cercano- coincide con el fluir del tiempo propio de la tercera fase. El cumplimiento del fin sigue casi instantáneamente a su proposición. Y el ciclo teleológico se repite constantemente. Esa es justamente la finalidad interna de la vida.

En el experimento Libet la cadena de medios indispensables tiene un solo miembro, como en el ejemplo del coche en marcha. Pero si los fisiólogos hacen ulteriores experimentos, pronto descubrirán que antes de la actividad en el cerebro hubo alguna otra actividad en alguna otra parte del cuerpo. En realidad, la medicina ya lo ha hecho. Hemos llegado hasta los genes. Algunas enfermedades se curan ya en su origen más remoto. Los genes son los primeros medios indispensables en la cadena, pues son los más alejados de la vida individual en cuanto fin.

De suyo debiéramos pensar en el enorme número de cadenas de medios que existen en un animal desde los elementos de su código genético hasta las distintas localizaciones en su cerebro. Y además habría que considerar el enorme número de eslabones en cada cadena de condiciones sine qua non. Se estima en 10 elevado a 40.000 las probabilidades en contra para conseguir una bacteria en el laboratorio (Robert Shapiro, “Orígenes”, Salvat 1994, Pag.119). En rigor, la vida de una planta o un animal debiera ser vista como la renovación constante y simultánea de un número parecido de procesos teleológicos, y cada uno con un número de medios también de ese orden. Pero se trata de captar lo esencial. Basta una sola cadena y ésta con un solo medio, tal como ocurre en el experimento Libet y en el ejemplo del coche en marcha.

La diferencia está en que la finalidad en el coche en marcha es externa. O extrínseca. Estuvo en el ingeniero que lo proyectó y en el conductor que está al volante. En cambio la finalidad en un ser vivo es interna o intrínseca. Está en su propia naturaleza o esencia.

En conclusión, para entender la materia inerte basta la yuxtaposición de los elementos de un átomo para reconstruirlo y que funcione de nuevo como antes. Muy al contrario, en la materia viviente no basta yuxtaponer sus elementos. Hace falta además tomar en consideración todas las cadenas de condiciones necesarias y todos los eslabones de cada cadena, para que ese conjunto se convierta en una condición suficiente y explique la causalidad que hemos llamado instintiva.

Los materialistas, al interpretar la actividad previa en el cerebro antes de la decisión de mover el dedo como una condición suficiente o causa eficiente, tienen la mentalidad estática o pasiva propia de la ciencia física. Una bola de billar empuja a otra y la mueve. Eso basta en física para entender lo que pasa. No caen en la cuenta de que la vida sólo es inteligible, si la concebimos como un proceso en marcha, como una finalidad interna en plena realización.

Por otra parte, la acción concreta de un ser vivo hay que entenderla según el viejo principio agere sequitur esse. Si en la esencia de un viviente están incluidas las condiciones necesarias, lo mismo ocurre en su actividad. La causalidad instintiva es el conjunto de todas condiciones necesarias para una acción concreta, que se convierte automáticamente en causa o condición suficiente. No es explicable prescindiendo de las condiciones necesarias, como se hace en física. Dicho llanamente, los materialistas explican la vida como choques entre bolas de billar, en vez de pensar -como mínimo- en el complejo funcionamiento de un automóvil en marcha.

José María Méndez

Presidente de la Asociación Estudios de Axiología

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