Las dictaduras y los regímenes autoritarios, que tanto monta, necesitan un enemigo a batir para justificar sus tropelías. Hiltler propagó el odio contra los judíos para invadir Europa con la teoría de preservar la hegemonía de la raza aria. Franco se inventó una conspiración judeo-masónica y comunista para defender el nacional-catolicismo de España. Putin acusó a Ucrania de nazi para iniciar su genocidio, como ensayo para la expansión del imperio soviético. Y Pedro Sánchez ha puesto en la diana a Isabel Díaz Ayuso. Así se justificó el nazismo, el franquismo y, ahora, el sanchismo. Y así, los autócratas se inventan un enemigo supuestamente perverso y letal que sirva para unir al pueblo en su contra. Crean una bestia negra que tape las vergüenzas del genocidio alemán, de la dictadura franquista, de los crímenes de guerra de Rusia o de la deriva antidemocrática e ilegal de Pedro Sánchez.
Pero más que una bestia negra, la izquierda se ha encontrado un hueso duro de roer. Pues la presidenta de Madrid multiplica sus seguidores cuanto más es insultada. Entona como nadie el refrán: “ladran, luego cabalgamos”. Pues los ataques son tan burdos como ilegales. Es probable que antes de rozar un pelo a Ayuso caiga el fiscal general del Estado por sus ilegales y totalitarias maniobras para que se difundan unas conversaciones, obtenidas al espiar al novio de Ayuso. Ya sufrió Sánchez en sus carnes el efecto bumerán de atacar a Ayuso en las pasadas elecciones autonómicas. Fue noqueado por la mayoría absoluta del PP y el PSOE quedó en tercer lugar. Como en Galicia.
La desesperación de Pedro Sánchez le lleva a librar una guerra sin cuartel contra el PP con el propósito de perjudicar electoralmente a su gran rival, al partido que, según todas las encuestas, ganaría de largo las elecciones generales. E Isabel Díaz Ayuso es la cabeza visible de esa victoria. De ahí, la saña de los ataques de la entera izquierda con el presidente al frente, quien mientras chapotea en la corrupción de las mascarillas del caso Koldo, mientras desguaza la Constitución para extraer los 7 escaños de Puigdemont, mientras arrolla el Estado de Derecho para seguir en La Moncloa, intenta tumbar a Díaz Ayuso porque su novio cometió unas supuestas irregularidades fiscales. Que, por cierto, de cometerlas, ocurrieron antes de conocer a la presidenta de Madrid.
En efecto, Pedro Sánchez se comporta como un autócrata sin escrúpulos. Emplea, día y noche, toda la maquinaria del Estado, al entero Gobierno, a la Fiscalía y a su Ejército mediático para tapar sus muchas vergüenzas. Un Ejército mediático que acosa a la presidenta en el portal de su casa, como si se tratara de Belén Esteban. Dos periodistas de El País han estado interrogando a los vecinos de la presidenta, incluidos niños, en un acoso similar al de la dictadura chavista. Pero el delegado del Gobierno se niega a poner vigilancia permanente las 24 horas a la casa de Ayuso. Sánchez está al borde del abismo y se agarra desesperadamente a un clavo ardiendo. Pero, terminará abrasado. Quizás su mayor problema político y personal reside en las maniobras orquestales de su mujer. No en el novio de la presidenta de Madrid.