En estos días se cumplen 25 años de los bombardeos de la OTAN sobre Yugoslavia. El mes que viene la mayor alianza militar del mundo cumplirá 75años. No deja de ser llamativo que coincidan, por estas fechas, estos dos aniversarios: el nacimiento de la OTAN y la mayor traición a sus principios fundacionales.
A veinticinco años de aquella infame ofensiva de bombardeos sobre objetivos civiles, cuya ineficacia sobre el terreno se iba conociendo día a día, ya abundan los materiales que advierten de la formidable red de mentiras desplegada para presentar ante la opinión pública europea lo que era a todas luces una guerra de agresión. Recuerdo, ahora mismo, el documental del año 2000 “Es begann mit einer Lüge” (“Empezó con una mentira”), del director Mathias Werth, que investigó la campaña propagandística contra Yugoslavia que brindó los pretextos para que Alemania participase en aquella devastación desde el aire.
De aquel mismo año fue un programa especial de Panorama, el informativo de la BBC, que llevó por título “Moral Combat: NATO at War” (“Combate moral: la OTAN en guerra”). Pueden encontrarse en Youtube algunos de sus fragmentos más elocuentes, pero nada sustituye esas dos horas de periodismo revelador de lo que verdaderamente se desarrollaba entre las bambalinas de Rambouillet.
Se trataba de imponer a Yugoslavia unas condiciones que ningún Estado aceptaría. No se trabajaba para el éxito de las negociaciones, sino para su fracaso. Yugoslavia rechazó lo que cualquier otro Estado hubiese rechazado: una secesión de hecho de la provincia de Kosovo y el despliegue de efectivos de la OTAN con libertad de movimientos y acción “a lo largo de la República Federativa de Yugoslavia”. Era evidente que ningún Estado podía aceptar esos términos.
El socialista Javier Solana, que era secretario general de la OTAN desde 1995, había amenazado con los bombardeos si las negociaciones fracasaban. No había mandato del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, pero tampoco le importó. Cumplió su amenaza. Para hacerla efectiva, no sólo se desplegaron aviones cargados de bombas, sino informativos, tertulias y noticias plagadas de falsedades. El marco fue una guerra librada por motivos humanitarios de modo que quien se opusiera a ella quedase descalificado automáticamente como partidario del gobierno de Slobodan Milošević (1941-2006). En los medios de Europa Occidental se omitieron las imágenes de los muertos por las bombas, las casas destruidas, las infraestructuras arrasadas. Los aviones volaban muy alto para evitar la artillería antiaérea yugoslava de modo que disminuían la precisión de sus ataques. Durante 78 días arrasaron Yugoslavia. Volaron por los aires la Radio Televisión de Yugoslavia, un tren de civiles -el nº 393, al que le tiraron dos misiles en la garganta de Grdelica con un resultado de 55 muertos- y la Embajada de la República Popular China. Recuerdo las ruinas del ministerio de Defensa en Belgrado, la fábrica de Zastava en Kragujevac, la refinería de petróleo de Novi Sad… No se trataba de neutralizar al ejército yugoslavo, sino de devastar el país hasta que capitulase y admitiese lo que ya se había decidido en otros lugares.
Se creó un clima opresivo en torno a los críticos de la guerra. Como resumía Peter Handke en “Preguntando entre lágrimas. Apuntes sobre Yugoslavia bajo las bombas y en torno al Tribunal de La Haya” (Alento, Madrid, 2011), “transcurridos cinco días desde el comienzo de los cada vez más intensos ataques con misiles y bombas, la televisión ya no muestra otra cosa que refugiados albaneses; se habla casi exclusivamente de la «guerra en Kosovo» en lugar de la «guerra contra Yugoslavia»”. Había preguntas que era casi de mal gusto formular – en cierto modo, sigue siéndolo hoy- de modo que nadie preguntaba quién estaba detrás del llamado Ejército de Liberación de Kosovo (cuyas siglas en albanés eran UÇK) ni quién lo financiaba ni quién le suministraba armas. No se recordaba su actividad terrorista desde 1996. Se silenciaban los atentados contra comisarías y edificios públicos y los asesinatos de policías y de civiles serbios. Se soslayaba que el UÇK aplicaba una estrategia de acción-reacción de forma que la represión sirviese como legitimación de sus acciones.
Fueron horas de ceguera ética y confusión moral. El dolor de los civiles albaneses sirvió para ocultar el sufrimiento de los civiles serbios. El marco informativo impedía valorar que aquellos bombardeos eran una injusticia y una traición a los derechos humanos que se esgrimían como coartada. El conflicto de Kosovo fue una tragedia, pero los bombardeos sobre Yugoslavia sólo sirvieron para dar el poder al UÇK y a sus aliados en el extranjero. Terminada la guerra, amparados por el papel de víctimas que se les había adjudicado, los nacionalistas albaneses de Kosovo fueron contra sus vecinos serbios, a quienes nadie protegía ya. Hoy los serbios de Kosovo son una minoría cristiana amenazada en Europa.
Veinticinco años después, es evidente que los bombardeos sobre Yugoslavia de 1999 no sirvieron a la paz ni a la justicia.