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ORIENT EXPRESS

La Pascua en Kosovo-Metohija

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 16 de abril de 2017, 19:36h

Este año coinciden en la celebración de la Pascua millones de ortodoxos, católicos y protestantes. Esto no sucede a menudo. Separados por los calendarios, los cristianos ortodoxos siguen empleando el antiguo calendario juliano -introducido por Julio César el año 46 A.C.- mientras que la Iglesia católica y las surgidas de la Reforma adoptaron el gregoriano, que promulgó el Papa Gregorio XIII en 1582. Entre uno y otro median 13 días de diferencia. Sin embargo, este año ambas celebraciones pascuales coinciden en el 16 de abril así que toda la Cristiandad está de fiesta.

Estamos acostumbrados a analizar los procesos históricos y políticos a la luz de los factores económicos, militares o demográficos, pero no suele darse al hecho religioso la importancia que, a mi juicio, tiene. Los seres humanos no somos solo agregados de células que necesitan alimentarse y protegerse del frío y de los elementos. El fracaso histórico del marxismo-leninismo podría explicarse, entre otras cosas, por la imposibilidad de aceptar las limitaciones intrínsecas del materialismo dialéctico.

De este modo, cuando Emil Fackenheim -uno de los mayores pensadores judíos del siglo XX- escribió “La presencia de Dios en la historia”, no solo resumió un aspecto central del judaísmo, la confianza en la intervención del Creador en el tiempo y el espacio, sino que admitió que sin el hecho religioso el relato humano queda huérfano y, de algún modo, incompleto. Al igual que Pannenberg concibió una “Historia de la Filosofía desde la idea de Dios”, cabría una Historia de la Humanidad desde ella.

En pocos lugares de Europa esa importancia de la fe y la tradición se ha manifestado como en los Balcanes. Durante siglos, las Iglesias ortodoxas preservaron el tesoro de las culturas eslavas cristianas. Gracias a ellas, la música, la literatura, la lengua y el arte resistieron la dominación otomana entre los siglos XIV y XIX. Vean, por ejemplo, la admirable labor que acometió Vuk Stefanović Karadžić, brillante entre los filólogos europeos, y admirarán ese patrimonio de leyendas y cuentos que los serbios conservaron a lo largo de los siglos en una lengua bellísima. De ahí que uno necesite conocer la ortodoxia para entender en toda su extensión qué significa ser serbio, búlgaro o griego.

Este Domingo de Pascua desde las islas del Egeo hasta los picos de Triglav, todos los cristianos celebran que Cristo ha resucitado. Esta categoría de la Resurrección reviste especial importancia cuando la historia contemporánea ha sido tan despiadada como lo ha sido con estos pueblos. El soporte espiritual de la fe es un factor imprescindible para comprender cómo lograron atravesar las guerras de los siglos XIX, las dos Guerras Balcánicas, la Primera Guerra Mundial, la Segunda, la ocupación nazi, la Guerra Fría -piensen en lo que fue el comunismo en Bulgaria y Rumanía, por ejemplo- y, en el caso de los yugoslavos, las guerras civiles que desangraron el país de los eslavos del sur. Algún día se contará cómo fue destruido ese país, que no se disolvió como suele decirse, sino que fue dinamitado a través de guerras que enfrentaron a compatriotas, vecinos, compañeros de trabajo, amigos de años.

En este día, es inevitable volver la vista al sufrimiento de los cristianos de Kosovo y Metohija, la provincia serbia que se autoproclamó independiente en 2008. Tras la guerra de 1998-1999 -otro conflicto cuya verdadera historia habrá que contar algún día- a los cristianos los cubrió un manto de silencio a los oídos del mundo. Hostigados en su propia tierra, los serbios ortodoxos han sufrido la profanación de sus iglesias y sus cementerios, la destrucción de sus centros comunitarios, el acoso en su país y la expulsión de su propia tierra. El nacionalismo albanés y la radicalización del islam en los Balcanes crearon un caldo de cultivo explosivo.

Hace apenas un mes se ha conmemorado el 13º aniversario de los ataques de 2004 contra los serbios. El 17 de marzo de aquel año unos cincuenta mil albaneses de Kosovo asaltaron pueblos, iglesias y hogares de los serbios. Más de 900 casas fueron pasto de las llamas. Se profanaron 35 templos y monasterios. Mataron a 8 serbios. Hubo más de 500 heridos. La violencia duró dos días. Centenares de serbios no pudieron regresar a sus lugares de residencia. Conviene recordar que Naciones Unidas tenía tropas de mantenimiento de la paz desplegadas.

Trece años después, los serbios siguen viviendo bajo la amenaza de que la violencia se repita. Sigue el discurso de odio contra ellos por boca de líderes albaneses. Siguen las agresiones contra sus iglesias y sus monasterios. Después de todo este tiempo, la comunidad internacional sigue volviendo el rostro ante esta situación de injusticia que se vive donde se cruzan Oriente y Occidente.

Este Domingo de Resurrección es un día propicio para recordar que hoy, en nuestro continente, miles de serbios deben vivir en zonas protegidas o confinados en el norte de Kosovo, el único lugar donde aún no son minoría. En Kosovska-Mitrovica, en Pec, en Prizren, en los monasterios amenazados, los serbios celebrarán una Pascua más en la confianza de que el mundo ha sido redimido y de que Cristo ha resucitado venciendo así a la muerte y haciéndolo todo nuevo. La liberación de Egipto y las profecías de Isaías y Ezequiel, por ejemplo, cobran un nuevo significado cuando se viven desde la situación de opresión que ellos padecen. Sin este factor religioso, la supervivencia de las minorías cristianas amenazadas hoy de desaparición es incomprensible en toda su profundidad. Es la misma experiencia que atravesaron los que sufrieron los azotes de la historia en el pasado. Entre estos cristianos que viven una crucifixión en la Historia, este día celebra la esperanza de un mañana mejor. Para ellos, decir que verdaderamente Cristo ha resucitado, no solo transforma sus vidas, sino que las proyecta hacia un futuro de liberación del miedo y de la muerte.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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