Yo, que soy tambien pintor, acepté el reto de plasmar, en lienzo, la situación, actual, del racismo, tras el tiempo transcurrido desde El sermón de la montaña, el lema Libertad, Igualdad y Fraternidad y la Declaración de los derechos humanos.
Y pinté, en uno, a un negrito, desnudo, en la soledad del desierto, sin mas acompañamiento que su sombra. En un segundo, a otro negrito adolescente, famélico, con el esqueleto rompiendo su piel y dándonos la espalda, en posición de máximo abandono y desdén. Y en el tercero a veinte o treinta mozos, negros tambien, recien llegados en una patera y estabulados a la espera de la decisión sobre su destino.
No inventé nada, eran copias de fotografías, como habreis visto tantas, en algún periodico. Y su contemplación nos dice que, a pesar del tiempo transcurrido, estamos donde estábamos.
Nuestros antepasados vivaquearon miles de años en el paraíso cazador recolector del centro de Africa; pero algunos, los que llevaban, en su interior, ese germen de insatisfacción perpetua, característica de la raza blanca, abandonaron lo bueno conocido en busca de lo malo por conocer.
Lo que vamos encontrando en excavaciones nos deja claro que los mas blancos acabaron con sus otros parientes, que les recordaban, demasiado, sus orígenes. Y en la actualidad, su crueldad sin límites, con la raza negra, parece que tiene la misma pretensión.
Un caso sin par, en este genocidio, es el homo europeus.
Ha vuelto a Africa, repetídamente, con ánimo de utilizar, sin piedad, a los que quedaron. Durante siglos ha ido allí en busca de mano de obra, sin coste, para sus obras civiles, sus minas de suma peligrosidad, su servicio doméstico y sus aventuras coloniales.
Y en sus prisas por aportar mano de obra barata para extraer el máximo beneficio de sus inmensas propiedades, organizó el lucrativo negocio del tráfico de esclavos que consistía en cazar, por la selva o los poblados, a los mejores ejemplares, transportarlos como a ganado y tenerlos trabajando, de por vida, con la única recompensa de su sustento.
En EE.UU. ocupó el territorio de los Indios autóctonos y los exterminó. Y llevó a los Estados del Sur tal cantidad de esclavos negros, para explotar sus inmensas plantaciones, que, hoy día, los descendientes de aquellos esclavos constituyen el 12% de la población de EE.UU.
En Sudáfrica, ante la imposibilidad de exterminar a los nativos, los utilizó, durante cincuenta años, para sus empresas, plantaciones y negocios, pero imponiéndoles un régimen de estricta segregación (El famoso Apartheid), separación residencial de blancos y negros.
Y no me olvido del plan de exterminio del amigo Hitler, el mas ambicioso de todos. que pretendía pasar la guadaña a todos los que, la aleatoria evolución genética, había puesto una pequeña mancha en el impoluto genoma de los arios puros. Y llevaba su plan muy avanzado.
Y enciende, por toda Africa, guerras tribales mantenidas por gobiernos títeres, que se prestan al robo de sus cuantiosas riquezas. Muchas de ellas, como ahora ocurre con las famosas “Tierras raras”, conteniendo minerales imprescindibles para nuestra tecnología de última generación.
Y no cesa la explotación y el menosprecio, lo que obliga a muchos a rebañar los ahorros de la familia para lanzarse al mar, exponiendo su vida, en esas frágiles embarcaciones, a reclamar a Europa (¿Que hay de lo mio?).
Y los recibimos, con gran extrañeza, como si su pretensión fuera una osadía caprichosa y fuera de lugar, como la de aquel joven negro de la película americana “Adivina quien viene esta noche”, que tenía la chocante pretensión de casarse con la niña mimada de una familia de la alta burguesía blanca.
Con la diferencia de que estos de las pateras suelen venir por la tarde.


