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AL PASO

La España de Michael Reid

Juan José Solozábal
martes 16 de abril de 2024, 19:20h

En la review de la edición original de Spain de Michael Reid, aparecida en The Economist, se subrayaba, precisamente por el amplio espectro de temas tratados, desde la inmigración, el cambio climático, el problema del medio ambiente, los progresos del feminismo, la crisis del catolicismo, la situación de los medios, la corrupción, o la crisis catalana, la utilidad de esta obra para alcanzar un retrato vivo, informado y equilibrado de España. Esto aseguraba al libro un lugar honroso entre los disponibles en lengua inglesa sobre el particular. Me apresuro a mostrar mi acuerdo con este juicio, subrayando especialmente su provecho para los propios españoles a los que ofrece una imagen veraz, a veces algo incómoda, y un punto condescendiente, del escenario patrio.

Michael Reid ha sido corresponsal en España del Economist, pero el libro (publicado en Espasa) no es una simple crónica ampliada o un gran reportaje de actualidad. Aunque sucintamente, Reid se empeña en revelar el trasfondo histórico de la temática analizada, de modo que en el libro hay una determinada visión del pasado, al menos reciente, español. La dependencia bibliográfica se refleja en la lectura inteligente que se hace, para empezar, de los hispanistas ingleses más sobresalientes, hablemos de Brenan, Elliott, Carr o Preston, y de un escogido grupo de historiadores españoles, como Alvarez Junco, Santos Juliá, Nuñez Seixas o Fusi. Discutiblemente en la interpretación de nuestro pasado Reid prefiere a Azaña respecto de Ortega. Creo que se exagera el perfil castellanista y “abstracto” de éste, frente a la sensibilidad identitaria de Azaña. Según lo veo la guerra civil determinó la incompatibilidad entre los dos enfoques, que en un desarrollo normal deberían haber acabado mostrándose como mutuamente complementarios, coincidentes en su designio de la modernización del País.

Reid admira el modo español de vida, la capacidad de la sociedad de hacer frente a las dificultades, por ejemplo durante la Pandemia, su disposición a innovar y encarar las inclemencias, seguras, del porvenir. Le parece lógica la preferencia de su hija por disfrutar de sus vacaciones aquí: acepta de buen grado sea la feminización, o la secularización de la sociedad española, y reconoce el esfuerzo de la apertura mental que la modernización económica o la digitalización suponen. Hasta cede ante el espectáculo estético del toreo. Si bien, a veces, dice, es un espectáculo de torpeza y carnicería cruel, “otras representa una admirable combinación de valor masculino y arte dramático”. Aunque Reid no acepta el estereotipo de los caracteres nacionales sí que registra, sin duda como atavismo secular, una inclinación indudable nuestra a la intransigencia, que en circunstancias adversas puede ser inmanejable. “Con razón o sin ella, los españoles son famosos por su orgullo, su empecinamiento y su poca disposición a ceder para alcanzar acuerdos (de hecho, la palabra inglesa compromise no tiene un vocablo equivalente en español)”.

Como insinuaba hace un momento la aportación más relevante del libro se refiere a sus observaciones sobre el problema catalán. Es importante destacar la gravedad que a esta cuestión confiere el libro, que manifiesta un preocupante eco fuera de nuestras fronteras del tema. Se confirma así la sabiduría de la advertencia que García de Enterría hizo hace ya muchos años: la democracia española, decía, “se la jugaba con la suerte del Estado autonómico”. De la acritud de la cuestión catalana para Reid sin duda el principal responsable es el independentismo cuya intransigencia atribuye a su desvarío identitario, insolidaridad e incluso racismo, pero cree que el procés no ha sido enfrentado de una manera razonable, pues ha desembocado en “largas penas de prisión por unos actos políticos algo fuera de lo común en una democracia europea”. Reid, con todo, cree que la penetración independentista no es abrumadora, pues no existe por el momento en Cataluña una mayoría social “holgada y sólida” a favor de aquella causa. Quizás las tornas puedan cambiar si se produce un cambio o reforma federal y sobre todo se afronta el combate del particularismo territorial español proponiendo un nuevo programa nacional. Reed se suma a quienes sostienen que “una vez alcanzadas la democracia, una apreciable prosperidad y la integración en Europa, España necesita un nuevo gran proyecto nacional”.

Correctamente Reid enmarca el problema de Cataluña dentro de la temática del Estado autonómico sobre el que realiza observaciones agudas, pero a veces insuficientes y hasta, si se me permite decirlo, cuestionables, aunque se comparta su juicio global positivo de la experiencia descentralizadora, de manera que acertadamente, viene a asumir Reid, “Los españoles valoran más sus gobiernos autonómicos respectivos que su gobierno nacional”. Desde luego es objetable la cortedad de la cultura política de la integración en España, o sea el apartismo denunciado por Ortega y que sorprendía a los viajeros ingleses del XIX, hablemos de Ford o Borrow. “Va siendo hora de que se valore el todo además de (y no en vez de) las partes”. También estamos de acuerdo en la denuncia de la hipertrofia numérica del personal y funcionarios del Estado, en buena parte resultado de nuestra descentralización. Reid está obsesionado con las diputaciones provinciales, que confirman la garantía constitucional de la provincia y que llevan a cabo una labor asistencial a los pueblos de la España vaciada de indudable utilidad. Impugna tópicamente el número de nuestra Comunidades Autónomas y muestra también una confianza algo ingenua en relación con la desactivación del problema vasco. “Difícilmente puede llegarse a otra conclusión que no sea que la actual situación de autonomía radical representa el mejor de los mundos posibles para los vascos”. Sinceramente creo que una mirada más compleja sobre el diseño constitucional de nuestro Estado autonómico hubiese apreciado mejor el ingenio de nuestro constituyente y le habría permitido calibrar la contribución del Tribunal al acabamiento de la estructura del Estado y su correcto funcionamiento. En esta guía de España, en fin, que no vacila en ofrecerse para la andadura futura, no hubiese sobrado una consideración sobre el rol que la Corona puede tener en adelante. El monarca no solo es una pieza de articulación en el delicado reloj del Estado. Es un factor esencial de la integración que nuestra forma política requiere.

Obviamente, como fácilmente se comprenderá, ninguna de estas observaciones de mi parte cuestionan el valor, también desde el punto de vista literario, de esta imprescindible obra, exponente del momento actual español en toda su fascinante complejidad.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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