La última pirueta, maniobra o trampantojo de Pedro Sánchez no tiene precedentes. Resulta indecente, inmoral y cobarde azuzar a sus huestes contra “la derecha y la ultraderecha” en un desesperado intento de desviar la atención de la corrupción que salpica a medio Gobierno por el caso de las mascarillas y las turbias maniobras de su mujer, amparada y ayudada por el propio Consejo de Ministros. El presidente del Gobierno nos tiene acostumbrados a defenderse atacando al PP, como hace cada semana en las sesiones de control al Gobierno y como hace cada día que habla para los medios de comunicación.
Pero Pedro Sánchez no quiere construir “un dique” para defender a España de la “derecha”. Lo quiere para agazaparse, para esconderse y escapar de la gravedad de sus muchas tropelías políticas y personales. Pero nunca ha llegado tan lejos como amenazar con dimitir. Porque un presidente puede dimitir, pero no aplazar esa dimisión “hasta el lunes”. Y lo hace a través de un tuit en lugar de convocar formalmente una declaración institucional. En el texto de su carta hay un párrafo que no tiene desperdicio. Dice así:” Necesito parar y reflexionar. Me urge responderme a la pregunta de si merece la pena, pese al fango en el que la derecha y la ultraderecha pretenden convertir la política. Si debo continuar al frente del gobierno o renunciar a este alto honor. A pesar de la caricatura que la derecha y la ultraderecha política y mediática han tratado de hacer de mí, nunca he tenido apego al cargo."
Pero, ¿cómo puede un presidente del Gobierno decir que “necesita parar y reflexionar” para decidir si dimite o no? ¿Cómo puede Pedro Sánchez decir que “no tiene apego al cargo”, cuando ha pactado con los partidos más siniestros, ha cedido en todas las exigencias, como los indultos o la ley de amnistía, sólo para amarrar el poder?” ¿Cómo puede acusar al PP de acosar a su mujer, denunciada ante un tribunal por corrupción y cohecho, cuando el Gobierno entero acosa a Isabel Díaz Ayuso por unas supuestas irregularidades fiscales de su pareja, que se produjeron antes de conocer a la presidenta de Madrid y, además, filtra ilegalmente la ministra de Hacienda? ¿Cómo se puede manipular con tanta desvergüenza?
También en su carta-tuit dice que “en las últimas elecciones generales del 23 de julio de 2023, el pueblo español votó mayoritariamente por el avance, permitiendo la reedición de un gobierno de coalición progresista”. Miente. Ganó el PP las elecciones, pero Sánchez se alió con comunistas, separatistas y proetarras sólo y exclusivamente para permanecer en el poder. Pero lo más inexplicable lo deja para el final:”Cancelaré mi agenda pública unos días para poder reflexionar y decidir qué camino tomar. El próximo lunes, 29 de abril, compareceré ante los medios de comunicación y daré a conocer mi decisión”. Y con esta pataleta infantil, Pedro Sánchez abre una crisis sin precedentes, pone a España en vilo y crea un vacío de poder. Pues, de algún modo, deja la presidencia del Gobierno vacante, para “reflexionar” sobre su continuidad durante cinco días. Pero, de momento, ya ha logrado lo que buscaba: Una ola de adhesiones compungidas de sus ministros y allegados, una manifestación en Ferraz para que una turba de los militantes más radicales imploren a voz en grito a su gran líder que no dimita. Una turbita, pues no llegaron a concentrarse ni 50 personas. Pero una concentración emitida en directo por el Canal 24 horas de TVE. Al tiempo, Marlaska ha ordenó blindar la sede de Génova con un cordón policial como si los dirigentes del PP tuvieran que ser defendidos por cometer el delito de llevar a Pedro Sánchez a dimitir; mejor, a decir que quizás sí o quizás no. Que el lunes lo dirá.
Pedro Sánchez no debería esperar al lunes. Tendría que dimitir o callarse y no hacer el ridículo con esa carta lacrimógena, pero sórdida; victimista, pero vergonzosa. Porque un presidente del Gobierno no puede dejar en el aire su continuidad al frente del Ejecutivo. No puede actuar como Luis Rubiales o Xavi Hernández apelando al sentimentalismo más cursi. El presidente de la RFEF puso a sus hijas de escudo y él a su mujer de la que “está profundamente enamorado”. Y es que, hasta para dimitir se requiere un poco de dignidad. Recordando la famosa frase de José María Aznar a Felipe González, sólo cabe gritar: ¡Váyase señor Sánchez! ¡Pero váyase ya!