Nadie cree que Pedro Sánchez vaya a dimitir. Pero nadie sabe lo que hará. Sería ridículo que el lunes se presentara ante los medios de comunicación para decir que sigue, como si nada. O como siempre: que sigue para parar a la “ultraderecha”, su argumento preferido para defenderse de sus errores, sus trampas y sus mentiras.
En Moncloa barajan la posibilidad de que se someta a una cuestión de confianza. En principio, la ganaría con su actual mayoría parlamentaria y se erigiría en el héroe de la “resistencia” ante la llegada de la “derecha” al poder. Una maniobra populista a lo Chávez y un arranque de la campaña catalana y, en especial, de las elecciones europeas en las que hasta Tezanos vaticina un histórico derrumbe del PSOE. Porque, más allá del lacrimógeno y amilbarado lamento por la investigación a su mujer, a Sánchez le preocupa su futuro electoral, más negro que la boca de un lobo.
Con esa victoria de la cuestión de confianza, Pedro Sánchez busca “volver” al tablero político cual el Cid Campeador. Para ganar después de muerto; más bien, suicidado políticamente. Pero, en realidad, nadie sabe lo que trama el presidente del Gobierno. Pero todos saben que busca reforzar su poder, deteriorado por la corrupción de las mascarillas, por los turbios tejemanejes de su mujer y sus muchas cesiones a los separatistas y proetarras que no le dejan pisar la calle. Porque allí donde va, es abucheado por los españoles. Lo que busca, en fin, es salir airosamente del atolladero en el que se ha metido él solito por amarrar el poder a toda costa. Y en eso está: en seguir amarrando el poder a toda costa. Y, como suele, despreciando las reglas democráticas. Desde el populismo más totalitario.