A Juan Gallego Benot, como buen poeta, le interesa el objetivo de su inspiración, es decir, la brevedad y la concreción que pueden alcanzarse mediante un poema, pero también desmenuzar la propia inspiración para saber cómo opera y cómo lo anterior es conseguido.
En su último libro de poemas, Las cañadas oscuras, una voz narraba su existencia desde la experiencia fuertemente influenciada por la ciudad —Sevilla—, por el modo en que conseguía encarnizar y repeler por su presencia urbanolírica. Ese sustrato es el tema de su siguiente obra, más ampliamente tratado gracias al formato del ensayo, que es de los pocos géneros literarios que no precisa de renovación alguna, pero Benot, inquieto en su hacer como escritor, una vez más nos incita a replantear aquello que podríamos pensar descaradamente que tenemos asumido, cuando en realidad lo hemos obviado, aunque haya continuado cerca con su latido perturbador.
La ciudad sin imágenes se reparte en capítulos que, según se avanza por su curso, uno puede entenderlos como relatos con una obsesión y premisa en común: el padecimiento de la prosopagnosia que sufre quien nos cuenta, que le lleva a una inestabilidad visual y los problemas que supone el fijar rostros y lugares en su memoria.
Acatando su requisito médico como suspensión de nuestra incredulidad, y que él mismo pone en duda en algún momento como si el argumentario fuera prescindiendo de esa muleta para desarrollar a gusto sus planteamientos, entramos en diversos escenarios y sus comparaciones artísticas —pintura y literatura, especialmente— que, no sin cierta complejidad, exponen que toda ciudad no es sino el resto de anteriores. Esto, que comentado con sencillez puede parecer una sangrante evidencia, en el ensayo de Benot permite recreaciones en anécdotas que ejemplifican cómo esa pérdida de significado —refiriéndome en este caso al capítulo 3, El Monumento— es la única salida ante el ‘ritmo verdadero de la urbanidad’: lo que sobrevive en una ciudad, lo hace gracias a la renuncia, pese a adquirir una inutilidad respecto a su ser original.
De este modo, cualquier escenario, sea la esquina de su calle y su acumulación de basura, su ciudad de adopción de turno o la natal y el sueño de un desbordamiento del río Tamarguillo que eliminase las formas del paseo, no tiene en cuenta las consecuencias para quienes lo habitan, del mismo modo que la apreciación del narrador —desde la enfermedad pero también desde la pulsión literaria que a su manera lo enferma— se sostiene irónicamente por esa falta de asideros. Lo que se modifica en un instante, llevara ahí un siglo o cuatro meses, nunca ha existido con plenitud. La mirada está condenada irremediablemente a un desierto.
El campo, por supuesto, también es puesto en solfa como vía expiatoria y escapatoria, desde el siglo XIX hasta nuestros días. En el texto de Benot, tan fervoroso como desengañado, se dice que ‘la creación romántica del mundo rural ha de ser entendida como el producto de una cultura eminentemente urbana’, y que una vez esto sea admitido y se dejen atrás ‘visiones fraudulentas’, uno puede aceptar que la ciudad extravíe sus líneas y razones, y que la poesía no necesita solidarizarse porque el refugio de una metáfora se destruye a la menor de cambio, pues la intención de sentar paisajes idílicos con las palabras, manchadas por la urbe, no evita que manche también nuestros pensamientos.