Para este siempre significativo 9 de mayo con la mirada puesta en un panorama mundial asaz complicado, delineando un horizonte europeo que parece pergeñar más y ya de manera ineludible, al cese por agotamiento, de las reglas de la Posguerra; y, con ello, nos advierte que así podría suceder para el mundo entero, partiendo de los acontecimientos que, nuevamente, surgieran en la Vieja Europa –qué paradoja que ahí fuera el detonante del cambio, en un mundo que clama hace décadas por ya deseuropeizar la evolución del género humano– y acompañado el proceso de desmantelamiento de los cánones de orden mundial impuesto tras de la Segunda Guerra Mundial, por el entorno convulso en Medio Oriente, moviéndonos a reflexionar esas realidades comprometedoras, peligrosas y preocupantes en grado sumo; son el marco para el Día de la Victoria que desemboca en el 9 de mayo, con cruces nuevos de amenazas y amagos viejos entre las potencias nucleares de la antigua Guerra Fría, actuando y con calentones de boca en esta nueva Guerra Fría ejecutada a tres y no dos bandas.
Qué mejor recordarnos que el 9 de mayo también es el Día Mundial de los calcetines perdidos, ocasión más jocosa e incluyente, pues todos tenemos algo qué decir. Empero, la alegría nos dura poco ante la cutre realidad.
¿Será posible que las reglas, los pactos, los trazos marcados de la Posguerra que arrancó en 1945, estén ya agotados casi 80 años después? Ya se habrían tardado en romper, dicho sea, pero el problema real es no saber qué clase de nuevos ajustes, concesiones y repartos del mundo o qué clase de nuevas acechanzas merodeen a la frágil paz que, por momentos, parece que tenemos prendida de alfileres. O, acaso, esa fragilidad es lo de siempre y no pasará a mayores. No hago cábalas, pero tampoco me trago el sosiego del verano de 1914 en los días siguientes a Sarajevo. Como decía el historiador británico John Terraine, lo malo no es que caiga un periodo histórico, sino que lo haga de la manera más adecuada posible, sustituido por algo mejor, de ser posible, que sería lo deseable. Nos dijeron que después de la pandemia, la Humanidad sería mejor y visto lo visto…nos quedan demasiadas muestras de no ser así.
Y este Día de Europa luce ajado con las fanfarronadas rusas, los amagos yanquis, la postura de secuaz asumida por británicos y chinos, cada cual cogiendo pa’ su monte, afanada Francia en sus cuentas como única potencia nuclear dentro de la UE, mientras ve perder predominio en esa África que no acaba de resignarse a abandonar, dejando el terreno a chinos, primero, y ahora a rusos y mercenarios a las órdenes de los rusos, como afirman conocedores de aquellas bélicas latitudes.
Y este año, el Día de Europa está arropado en la incertidumbre que desdibuja de forma nítida futuros promisorios y paces eternas, cada vez más lejanos, más comprometidos para mal, resucitando la sentencia de Kropotkin: “Las fronteras de Europa parecen destinadas a nunca permanecer estáticas”. No deja de ser llamativo que se hable cada vez con más insistencia de una suerte de posguerra de Ucrania con una Rusia triunfante, mientras la reciente ayuda yanqui a Ucrania y toda la demás que fluye de mil maneras hacia Ucrania nos demuestra y nos confirma una suerte de forcejeo irracional existente –si no ocurriera en un contexto de competencia entre superpotencias– entre Estados Unidos y Rusia, que tiene a Ucrania por balón y donde lo que no importa es la gente que, después de todo, está en medio del conflicto y de ambos bandos; y los escenarios dibujados como posguerra de Ucrania muestran, contemplan como catalizador el triunfo de Trump el próximo otoño. Total, Putin acaba de asumir su quinto mandato apuntalado en la promesa de triunfo y ni ganas de retirarse en medio de un todavía dudoso triunfo “democrático” deshaciéndose de sus oponentes y opositores más acendrados, más acérrimos y que eliminó más que apartarlos del camino.
¿Qué sentido puede tener hoy un Día de la Victoria como el 8? Es un recordatorio y sin buscar serlo, de que las potencias están y existen para emprender una competencia feroz que no dispensa absolutamente nada. Otrora, fueron aliadas mas no garantizan serlo más, pues alianzas, pactos, entendimientos carecen de la garantía de ser eternos en un mundo peligroso, pero real y es certero admitirlo.
La reglas pueden cambiar pronto y más vale que cambien adecuadamente y con el consenso necesario, lo que suena a algo utópico. Un adelanto: un triunfo de Trump pondrá sobre la mesa y de manera más agresiva, la idea de que Europa Occidental debe ya pagar su defensa. Mucho desarrollo social, mucho bienestar, pero es hora de contribuir con los ingentes gastos de su seguridad y esa paz de la que se ufana la Unión Europea y todos los que pertenecieron o están en la Alianza atlántica por beneficiarse de ella, pero costeada en grado sumo por Estados Unidos. Amén de que resulta justo dividir gastos, repartir competencias y responsabilidades –eso implica, confianza– en mal momento llegaría tal presión cuando la Magdalena no está para tafetanes con el oso ruso activo y amenazante, acechante sin duda alguna, como lo está. ¿Podría la Europa Occidental y toda ella, distraer recursos suficientes para abonar a su defensa y mantener al oso ruso a raya? Como hipótesis y respuestas hipotéticas todo cabe, que ya la realidad se encargaría de decirnos cuánto y por cuánto tiempo sin causar estropicios en la cantada paz y bienestar europeos. La guerra de Ucrania se alarga y como toda guerra que se prolonga, termina por impactar en sus protagonistas y sus aledaños.
A este 9 de mayo como Día de Europa lo reviste el bicentenario de la Novena Sinfonía de Beethoven y su consabida y aclamada Oda a la Alegría, cumplido dos días antes, el día 7. La nº 9 en Re menor, Opus 125 Coral. Un canto a la paz de la mano del afamado poema de Schiller, que entonaba el más puro sentimiento en pro de alcanzar la hermandad entre los pueblos, palabra tan cara y escasa en los tiempos convulsos que discurren entre sobresaltos y amenazas de toda laya, resultantes de esta segunda Guerra Fría que amerita que reconozcamos de una vez por todas, orillándonos, retomo, a preguntarnos si ha terminado esa prolongada Posguerra nacida en 1945. Sus pautas y estamentos están obsoletos y, por lo tanto, urgen a una reconfiguración, tanto académica como del mundo real, que se antoja, por lo menos, necesaria e impostergable. Resuena con gran fuerza los acordes de la Novena que, en su día como ahora, reclama la necesaria concordia si queremos una posguerra alejada de una hecatombe nuclear, sin negar que no ha sido una posguerra pacífica, pues guerras y desventuras de toda envergadura, han continuado por aquí y por allá. No aprendimos nada del 45.
¿Podemos darnos unos momentos de sosiego y remontarnos a la Oda a la Alegría? ¿a sus compases y al texto de Schiller? es un ejercicio adecuado, oportuno, edificante, reclamante de la sensatez de todos. Esa Novena Sinfonía que se ha interpretado en México este pasado 7 de mayo ajustándose a los compases originales –dos centurias han hecho de ella una pieza moldeable y maleable, con versiones icónicas y estupendas como la de Miguel Ríos– y aunque sigo sin entender en qué momento desapareció de los Juegos Olímpicos para ser secuestrada como himno en exclusiva de la UE, cierto es que aquí mismo, en su diario El Imparcial, le han dedicado un reportaje muy completo ilustrándonos de la valía que posee tan extraordinaria pieza. A mí me fascina sobre todo, ese pasaje al compás disciplinado, firme, metódico del triángulo, en esa suerte de solo o impasse marcando en su tintineo el estribillo previo a la parte final del coro que regresa a la Oda a la Alegría. Minuto 9:22. (Ver aquí).
Después de una pandemia tan monstruosa, tan destructiva irrumpiendo en nuestro mundo en plan disrruptivo sin quererlo, pero consiguiéndolo, mata en mí ver películas ni viejas ni nuevas alusivas a la destrucción de la humanidad, siempre superando la realidad a la ficción y lo hemos corroborado en estos años. Mas el regreso de la saga de El Planeta de los Simios, nos recuerda que no es mentira que la supervivencia humana pende de un hilo. Los macacos aquellos de utilería son nada, comparados con la agreste realidad que enfrentamos y no aprendemos, que es lo peor.