En Dos veces el mismo río, Sofi Oksanen nos presenta una relato emocionante y humano en el que la autora se adentra en el drama de las mujeres que son víctimas de los crímenes sexuales de las tropas rusas. Sobre la base de una narración descarnada y sin anestesia, la escritora aborda los ataques contra la libertad sexual de las mujeres en la era de Putin y cómo estos ataques han sido utilizados desde el Kremlin como un arma de guerra y forma de discriminación.
Oksanen conecta la historia personal de su tía abuela, la cual enmudeció tras los abusos a los que fue sometida durante la segunda ocupación de Estonia en 1944 por el ejército soviético, con la de muchas mujeres que siguen sufriendo ataques y vejaciones por parte del ejército ruso y que la autora va desgranando a lo largo de la obra en capítulos breves. De este modo, logra conformar un paisaje de la situación actual de la mujer en Rusia y cómo el pasado ha determinado, y lo sigue haciendo, irremediablemente, su presente.
Las violaciones contra la integridad sexual de las mujeres como crímenes de guerra es uno de los ejes centrales sobre los que pivota la obra. Las primeras sentencias por este tipo de violaciones se dictaron, en 1998, por el Tribunal Penal Internacional para Ruanda. Los procesos relacionados con la antigua Yugoslavia, en particular con el genocidio de Darfur, ayudaron a desarrollar las herramientas jurídicas para abordar la violencia sexual y sus consecuencias. A pesar de todo esto, el número de sentencias sigue siendo demasiado pequeño comparadas a las que han correspondido a otros crímenes de guerra, aunque se conoce y comprende mucho mejor el papel de la violación como instrumento de un genocidio (pág. 35).
Fue en junio de 2008 cuando se aprobó, por parte del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, la resolución 1820 que marcó un hito histórico al considerar, por primera vez, que la violencia sexual durante los conflictos, y las consecuencias que conlleva, suponen una amenaza a la paz y la seguridad internacionales. Como muy acertadamente lo definió Margot Wallström, exrepresentante especial del secretario general de las Naciones Unidas sobre la violencia sexual en los conflictos, “no hay una cultura de la violación; lo que hay es una cultura de la impunidad”.
Siguiendo en este sentido, Oksanen remarca el hecho que ha motivado que la violencia sexual se haya convertido en un arma tan usada en las guerras: “Es una de las armas más antiguas del mundo porque es barata, efectiva, tiene un efecto intergeneracional y no requiere logística, mantenimiento técnico ni modernización” (pág. 50). Por ello, hace un análisis de cómo esta violencia se está usando en la guerra de Ucrania por parte de las tropas rusas. Crudo y sin rodeos, la escritora acompaña la obra de multitud de historias de vida que ponen de relieve la realidad que está presente en Ucrania. Así, por ejemplo, narra la historia de cómo un soldado ruso, de veintisiete años, tenía el beneplácito de su esposa para violar a las mujeres ucranianas siempre que usara preservativo (pág. 105).
La obra de Oksanen pone a las víctimas en el centro, buscando reivindicar su figura e intentar paliar su sufrimiento, a la vez que recuerda cómo, a lo largo de la Historia, “la culpabilización de las víctimas y la incapacidad de respetarlas forman parte de la gama de métodos de influencia psicológica de Rusia (…). Ahora mismo, en Ucrania y en los países que la apoya, se alienta a quienes han sido víctimas de crímenes de guerra por parte de Rusia a que hablen de sus experiencias, pero ese aliento no basta si la víctima tiene que prepararse para que se tergiversen sus palabras y experiencias, y su sufrimiento sea objeto de burla y de la calumnia, de culpabilización y de acoso” (pág. 141).
En resumen, Dos veces en el mismo río es una obra necesaria que busca explicar cómo Putin utiliza a las mujeres en la guerra. Como bien recuerda la escritora, “hemos oído decir muchas veces que Ucrania no sólo lucha por su democracia, sino también por la nuestra, pero ha faltado decir que lucha también por el futuro de las minorías y de las mujeres, que lucha por nuestras hijas, nuestras hermanas, nuestras parejas; por las niñas, las adultas y las mujeres del futuro” (pág. 232).