Los populismo de extrema izquierda y extrema derecha resultan igual de inaceptables y dañinos para la convivencia democrática. Y se retroalimentan en su guerra dialéctica. Pedro Sánchez no puede ofenderse y poner el grito en el cielo por los ataques de Javier Milei al acusar a Begoña Gómez de “corrupta”. Pues el presidente del Gobierno ha insultado reiteradamente al presidente argentino al llamarle fascista y líder de la internacional ultraderechista y su ministro de Transportes, Óscar Puente, llegó a sugerir que era cocainómano.
En efecto, resulta inadmisible que Milei venga a España y, literalmente, aluda a su homólogo español como "calaña de gente atornillada al poder" y un tipo de líder que ”cuando tenga la mujer corrupta, se ensucie y se tome cinco días para pensarlo”. Pero, como decíamos, el sórdido enfrentamiento entre los dos países viene de lejos. Antes de que Óscar Puente acusara al presidente argentino de “tomar sustancias” sugiriendo que es cocainómano, el Gobierno español se había negado a asistir a su toma de posesión y Pedro Sánchez y Yolanda Díaz no han cesado en sus ataques al mandatario suramericano por “fascista”.
Pero, en ningún caso, el ministro de Exteriores español puede declarar que Milei “ataca a la democracia española”. Pues sólo es un ataque al presidente y a su mujer. Un ataque que obedece a la empalagosa carta de Pedro Sánchez cuando comunicó que se tomaba cinco días “para reflexionar” tras estallar la polémica por los tejemanejes de Begoña Gómez. Pues con ese anuncio, y esa torpeza, el mundo entero conoció las acusaciones contra su mujer.
Resultan, pues, igual de inaceptables los insultos de Pedro Sánchez, Yolanda Díaz y Óscar Puente al mandatario argentino como los de éste al presidente español y a su mujer. Ni más ni menos.