Qué alivio pasar, o creer que se puede pasar, de los tiempos heroicos a los tiempos de gestión. En tiempos de fundación, pensaba Hannah Arendt, la labor a emprender o los riesgos de la ruina, reclaman la unanimidad del esfuerzo, sin espacio para la discrepancia o el matiz; en cambio lo que se necesita en la época de la gestión, es más bien la rutina, esto es, una actitud de continuidad y perseverancia. Disfrutemos del momento y agradezcámoselo al vencedor de las elecciones catalanas, Salvador Illa. Por un instante nos ha hecho creer que otra política es posible, que hay alternativa a la de la descalificación y la desconsideración del adversario político, y que cabe el reconocimiento a la contribución del oponente, renunciando al insulto o la simplificación en el debate. Advirtamos el mérito de esta actitud tranquila en un ambiente tan crispado como el catalán, donde tan fácil es adoptar la veste del “luchador a muerte”, aunque el temple del personaje ya se advirtió durante la Pandemia. En el tablero político español, en cambio, sigue predominando la idea de que el objetivo de la política es exclusivamente la consecución o el mantenimiento del poder, donde es lícito el espíritu de facción y los partidos , como decía Hamilton en El federalista, pueden “ incurrir en las estridencia de sus peroraciones y la acritud de sus invectivas”. Estupendo que milagrosamente podamos imaginar otro escenario, donde, al menos mentalmente, se recupere el valor del diálogo, vale decir la moderación y el propósito integrador de la política.
Claro que sería deseable que la posición de Illa reforzase con claridad dos contenidos ideológicos en el espacio político catalán. Me refiero al federalismo y al catalanismo. El federalismo del que hablo (y aquí se puede considerar sin especial problema al Estado autonómico como forma federativa) puede entenderse con arreglo a tres consideraciones. La primera es que la idea del federalismo es compleja, pues no solo consiste en un diseño institucional sino que implica una cultura de pacto, de la transacción, admitiendo que los problemas entre el Centro y las comunidades territoriales tienen una solución que es jurídica. La segunda es que el federalismo no admite comparación con el confederalismo, que es su antítesis y cuya idea madre es la autodeterminación, esto es, la decisión soberana de los territorios si siguen en el Estado o se van. El federalismo es un pacto que consiste en que tú no te vas ni me amenazas con irte y el Estado no te oprime. Es importante recalcar, finalmente y sobre todo, que el debate ideológico con él independentismo es imprescindible, y ello aunque se insista en la imagen transaccional y civilizadora del federalismo. Combatir el independentismo es, sobre todo, obra de la sutileza cuando los apoyos del Gobierno son los independentistas y hay un juego de concesiones de por medio, por ejemplo con una cuestionable ley de amnistía. La discusión con el independentismo ha de plantear la pregunta clave: por qué la independencia es una opción cuando Cataluña tiene suficientes instrumentos de autogobierno. Como saben los lectores se acaba de publicar un libro del que fue corresponsal en España del Economist en el que se sostiene que la mayoría independentista en Cataluña no es holgada ni sólida. La conclusión es que el partido hay que jugarlo, especialmente tras los resultados electorales del último domingo en el que la derrota del independentismo catalán es clamorosa, como lo muestran tanto los votos como los escaños que ha obtenido.
La otra referencia ideológica del socialismo catalán debe ser la recuperación del catalanismo. Lo primero será captar su significado propio, esto es, su núcleo esencial que consiste en afirmar la compatibilidad entre el vínculo catalán y el español, de modo que no haya contraposición sino encaje entre estas dos clases de lealtades políticas. Después habría que hacer un esfuerzo para su reformulación, en el plano intelectual, que debería alcanzar a la revisión de alguno de sus representantes más conspicuos (desde Vicens a Solé Tura). Qué aprovechable es la lectura compresiva de Solé sobre Prat de la Riba y su idea de Cataluña liderando la gran Federación española, y qué luminosa su crítica a la autodeterminación. Solé denunció la inconsecuencia de reclamar la autodeterminación para votar en contra de la independencia , y subrayó los efectos debilitadores de la demanda de la autodeterminación para el Estado autonómico. Entendía que el nacionalismo pudiese defender la autodeterminación, pero le parecía incongruente y desleal que lo hicieran los socialistas. La asunción del catalanismo por el PSC, que dispondría sin duda del modelo de Tarradellas, se reforzaría al corresponder a un esfuerzo nacional por acoger el pluralismo en términos más hondos, que ya se practica decididamente desde, al menos, uno de los centros del poder, a saber, el Gobierno de España.