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TRIBUNA

Vivir en la Belleza

José María Méndez
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axiologiatelefonicanet/9/9/20
miércoles 22 de mayo de 2024, 18:55h

Con este título acaba de publicar Javier Barraca Mairal un ensayo en el Servicio de Publicaciones de la Universidad Pontificia de Salamanca (upsa). En él describe, desde un punto de vista subjetivo, la experiencia de lo bello en lo más intimo de nuestra conciencia. Obviamente están en primer lugar las experiencias vividas por el autor. Pero la reacción ante lo bello es fundamentalmente la misma en todos los seres humanos. O en todo caso, es lo común a todas las vivencias frente a lo bello lo que intenta describir Barraca.

Desde el punto de vista más amplio de la Axiología se trata del deber-ser estético, que percibimos en los valores enriquecedores de la persona pero no obligatorios. Comparado con el deber-ser ético, la diferencia es abismal.

El deber-ser ético es riguroso, estricto, obligatorio, compulsivo, perentorio. Su simple omisión es ya culpable. Y su violación se ha denominado siempre culpa moral, o en el lenguaje religioso pecado mortal. Cuando las violaciones son especialmente graves, el Derecho Penal las califica de delito o crimen.

Frente a esta presión rígida y conminatoria, el deber-ser estético nos parece mucho más suave y relajado, mucho menos exigente, hasta casi imperceptible pues coincide con nuestros gustos y aficiones. Nunca es visto como una presión que viene de fuera, sino como un impulso que sale de dentro.

En primer lugar, nadie es culpable por omitir un determinado valor estético. A nadie se le puede exigir que toque el piano o el violín, por ejemplo. Más aún, propiamente hablando, ni siquiera existe la violación de un valor estético. Si alguien intenta pintar un paisaje y le sale un churro, no es culpable de nada. No ha hecho algo que requiera castigo o genere repulsa social. Se ha tratado sólo de una oportunidad perdida, de una ocasión desaprovechada. A nadie se le ha hecho una ofensa o causado un daño. Es algo que podemos lamentar, pero no exigir responsabilidades por ello. Estrictamente hablando, ni siquiera existe el antivalor estético como una realidad positiva. Sólo existe un vacío, ausencia o privación de lo valioso estético.

Justamente este suave y nada gravoso -aunque real y objetivo- deber-ser estético es lo que describe Barraca desde la perspectiva de sus propios recuerdos respecto a la Belleza. Sintió su atractivo claramente en las Bellas Artes y en la Naturaleza. Su testimonio tiene el encanto de lo sincero y directo, de lo genuinamente vivido. Lo apreciamos enseguida en sus propias palabras. La intensidad de estos encuentros con la belleza cobra un vigor singular en algunas ocasiones especiales (como las propiciadas por la visita a ciertos lugares, el disfrute de determinados paisajes, la asistencia a eventos estéticos, la relación con obras de arte, etc.). Recogemos, pues, estas experiencias de familiar encuentro con lo bello en cuanto punto de partida, más allá de extremos tales como los descritos a través del célebre “síndrome de Stendhal” (Pag. 18). Henri Beyle -su verdadero nombre- sintió un fuerte vértigo, y estuvo a punto caer al suelo, al contemplar por primera vez la Basílica de Santa Croce en Florencia.

Con todo, no es menos auténtica y espontánea la intuición -negativa en este caso- del vacío de valor en lo estético, o sea, la percepción de lo feo. A pesar de que el antivalor estético no existe de suyo, la percepción de la ausencia de lo bello en lo que pretende serlo es sentida de manera quizá más intensa, aguda y penetrante que la captación positiva de la belleza. También Barraca hace constar este hecho. A la par, tampoco cabe ignorar que la ausencia de belleza, la fealdad -en sus diversos sentidos y tipos- no deja nuca de amenazar por doquier a todos los humanos. Lo feo,en sus diferentes expresiones -como lo deforme, la amorfo,lo no agraciado, lo grotesco, lo monstruoso, lo horrible, lo repulsivo, lo repugnante incluso, etc. - visita también, en efecto, nuestra existencia sin cesar de mil perturbadoras maneras. Hoy, acaso, esto cobra una pujanza especial dada la extensión del”feismo”, la idolatría o proliferación de lo feo que se cultiva con frecuencia en nuestra época (Ibidem). A este propósito añadiré de pasada que el abandono de la corbata en la vestimenta masculina, o de la falda en la femenina, es una elocuente y palmaria manifestación del feísmo que denuncia nuestro autor.

Barraca es discípulo de López Quintás, sin duda el pensador que con mayor autoridad y hondura ha escrito en España sobre la creatividad artística. Las vivencias de los artistas les enriquecen como personas, al tiempo que dan lustre a la sociedad. Y este aporte de riqueza -interior y exterior- se manifiesta, tanto en decir o hacer algo nuevo y estéticamente valioso, como en compartir o convivir más intensamente lo que otros sienten. Ser creativos no sólo es crecer como persona, sino también engrandecer y elevar a los que están a nuestro alrededor.

Barraca recuerda de modo especial, y con sincero agradecimiento, las visitas a museos en que López Quintás era el guía. Este último era creativo al explicar las obras de arte, y sus alumnos eran creativos al interiorizar las enseñanzas del maestro. Es patente que la emoción sentida en esas visitas sigue viva, tal como se expresa Barraca muchos años después de que tuvieran lugar. Lo bello nos inspira a vivir de modo creativo, creativamente, a desarrollar la existencia con creatividad. Esta es una nueva enseñanza de lo bello. Su contemplación aviva en nuestro interior el afán por crear, por ser fecundos, fértiles, por expresarnos y relacionarnos con nosotros mismos y con los otros, por descubrir su rostro -el de lo bello- en nuestra persona y en la ajena (Pag. 28). Este apelo a ser creativos en la iniciativa o en el disfrute contemplativo de las Bellas Artes es probablemente la vivencia más elevada, íntima e intensa de la vida estética. O al menos, eso es lo que se desprende del modo de expresarse de Barraca. Muchas otras personas han tenido la misma experiencia.

Como era de esperar, el deber-ser estético resulta ser mucho más exquisito, fino y delicado que el rígido y áspero deber-ser ético. Respetar la Naturaleza, en el sentido amplio del neminem laedere latino, es un valor obligatorio. Pide no agredir, no hacer daño, reprimir nuestros instintos destructivos. En realidad, se trata del valor más bajo y fuerte en la escala ética. No pide de nosotros sino lo más elemental, controlar nuestros impulsos agresivos. En cambio, la belleza de la Naturaleza nos invita a dar el salto desde lo ético a lo estético. Acercarnos a ella más profunda y elaboradamente. Barraca se hace eco de este refinamiento de nuestra actitud frente a la Naturaleza. No se trata sólo de respetarla, sino de amarla. La relación de hondo encuentro con la belleza de la Naturaleza que se examina aquí manifiesta que, desde la contemplación de lo real, se llega a la admiración, al asombro, la gratitud y el recogimiento (Pág. 32). Nuestros autor recomienda a este respecto la lectura del libro de Jean Giono, publicado en 1953, “El hombre que plantaba árboles”. No buscaba ganar dinero, sino recuperar la belleza perdida en los campos de Provenza.

Sin embargo, la vida estética en general no es un privilegio exclusivo de los artistas o de los exquisitos contempladores de la belleza. El deber-ser estético es muy amplio. En rigor, todo el mundo tiene vida estética y desea cultivarla y ampliarla. Consideramos como una gran conquista haber pasado del escueto descanso dominical al fin de semana. Dedicamos cinco días laborables a lo ético, para entregarnos sábado y domingo a lo que más nos gusta hacer, a lo estético. No todo el mundo es artista o posee sensibilidad para el arte, pero todo el mundo tiene sus aficiones o entretenimientos.

Dicho de otro modo, el deber-ser estético no se reduce a las Bellas Artes, aunque usemos habitualmente la palabra estética en ese estrecho sentido. Se extiende a múltiples otras áreas como son la joyería, la orfebrería y demás habilidades artesanales, el humor, el deporte, las fiestas patronales, el folklore popular en sus muy variadas expresiones, las reuniones sociales, la jardinería, los juegos de cartas, o más en general todo lo que solemos designar como actividades de ocio. El que intenta resolver un crucigrama, y lo consigue, experimenta subjetivamente una profunda e íntima satisfacción, no inferior en su esencia a la que pudo sentir Velázquez al dar la última pincelada a Las Meninas. Que la vivencia subjetiva sea más modesta o sencilla no implica que sea menos genuina u objetivamente estética. La diferencia es de cantidad, no de calidad.

Por eso invitamos a Barraca a que considere el presente trabajo sobre la Belleza como el avance de un estudio más amplio y comprehensivo sobre el deber-ser estético en sus múltiples aspectos. O con sus mismas palabras, rastrear y describir la vida estética en lo cotidiano, donde acaso puede pasar más desapercibida (Pág. 76).

José María Méndez

Presidente de la Asociación Estudios de Axiología

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