Hay personajes que han determinado un camino de la Historia muy distinto del que, sin ellos, se habría seguido, por más que este, como todo futurible, resulte de imposible previsión segura. Una de esas personalidades y del mayor impacto, fue quien en la primera mitad del siglo XIII impulsó y dirigió el avance más importante y definitivo en la recomposición de España en su inserción cultural europea, mediante la incorporación de la mayor parte de Andalucía, y de Murcia y la integridad de Extremadura a la Corona de Castilla y León, que con él se unificó definitivamente: el gran Rey Fernando III.
Aunque progresivamente la unión de los dos reinos –que ya se había realizado temporalmente por Fernando I un par de siglos antes- acabaría conociéndose como el Reino de Castilla, San Fernando era hijo de Alfonso IX de León, había nacido en su reino –en el hospedaje de monasterio cisterciense de Valparaíso, a medio camino entre Salamanca y Zamora- y con su padre vivía cuando, en 1217, acudió en auxilio de su madre Berenguela, hija de Alfonso VIII de Castilla, a la que correspondía ser la Reina de este reino al haber fallecido su hermano Enrique I, con el que, por la minoría de éste, había sido la Regente. En Autillo de Campos (Palencia), donde la Reina estaba, ésta proclamó Rey a su hijo en junio, y, poco después, sería solemnemente jurado con ella Rey de Castilla en Valladolid a primeros de julio. Estaba entonces en sus 19 años, y ya puso de manifiesto sus altas dotes de gobierno para abordar y superar el enfrentamiento de su padre, el Rey de León, y de parte de la nobleza –liderada por algunos Lara- y alto clero de Castilla, apaciguando el reino, al que comprometió en decididas operaciones militares sobre la zona de Jaén y el norte cordobés, aprovechando la descomposición del imperio almohade y, en parte, para hacer cumplir lo que se había acordado al término de la batalla de las Navas de Tolosa, que liderara su abuelo Alfonso VIII de Castilla cuando él apenas contaba catorce años.
Entre tanto, a finales de 1219, contrajo matrimonio con Beatriz de Suabia, hija del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Federico II, entroncando, pues, de este nuevo modo, con el centro mismo de Europa, a la que le ligaban ya su ascendencia borgoñona, su abuela materna Leonor Plantagenet y Aquitania, o su tía la Reina francesa Blanca de Castilla, hermana de Berenguela y madre de quien pocos años después reinaría en Francia como Luis IX, San Luis.
Pero es curioso que, siendo Rey de Castilla, no se le conozca como Fernando II –no ha habido un rey con este nombre-, sino como Fernando III, según el cómputo leonés, por tanto, pues su abuelo paterno había sido, en efecto, Fernando II de León. Lo que, por cierto, se continúa en la denominación de su hijo y heredero del reino como Alfonso X (el Sabio), con un cómputo que es también leonés y no castellano, pues el último rey castellano con ese nombre había sido el ya citado Alfonso VIII, abuelo materno de Fernando. Quien visite el salón del trono del Alcázar de Segovia podrá observar la distinta denominación que tienen, sin embargo, estos reyes, siguiendo el cómputo castellano.
Es interesante y significativo lo que acaba de recordarse: Castilla acaba siendo la denominación predominante tras la unión personal de los reinos –quizás también porque la expansión hacia Andalucía se llevó a cabo desde tierras castellanas- pero no deja de haber una conciencia de fondo de que el origen de todo estaba en realidad en León, en cuyo territorio había surgido inicialmente Castilla como uno de sus condados.
De León pasó a ser Rey Fernando en 1230, a la muerte de su padre, y con el acuerdo logrado con sus hermanastras en la Concordia de Benavente. Desde entonces, los dos reinos irían fundiéndose progresivamente, convirtiéndose en la unidad política más extensa y poderosa de la península, que se expandió bajo este reinado por Extremadura y toda la Andalucía del Guadalquivir –por el que subiría hasta Sevilla una flota castellano-leonesa decisiva para la toma de la gran ciudad en 1248, repleta de vascos, cántabros, asturianos y gallegos- y sometería a vasallaje al Reino de Granada, única presencia política organizada del Islam en la península al término del reinado de Fernando. El príncipe que luego sería Alfonso X, había obtenido Murcia y Cartagena, dando salida al reino al Mediterráneo, y, por su parte, el Rey de Aragón, Jaime I, había logrado también integrar en su Corona el levante valenciano y alicantino.
Fernando III cambió el destino cultural, religioso y político de España, sentando las bases para la futura reunión definitiva de lo que acabaría siendo el Reino de España, a partir de la unificación operada por los Reyes Católicos y consolidada en los cinco siglos de historia que les ha seguido. Sin lo realizado por San Fernando –y, ciertamente, luego, por sus sucesores más relevantes- es impensable la historia de América que conocemos y no es posible saber qué habría ocurrido con Europa, si el Imperio otomano, con el enorme empuje de que haría gala en los siglos XV y XVI, hubiera podido contar con una Al-Ándalus consolidada, al menos, en todo el sur de la península.
El calendario católico celebra la santidad del egregio rey zamorano, cuyos restos se veneran en la Capilla de los Reyes de la Catedral hispalense, el 30 de mayo. Castilla y León –en su dimensión original, en la actual y en la que llegó a tener-, España entera, el mundo hispánico y la Europa que en estos días se apresta a renovar algunas de sus actuales instituciones, deberían rememorar con gratitud lo mucho que deben a tan ilustre personaje.