No se trata de si la ley de Amnistía es o no constitucional. No se trata de si contribuye...
No se trata de si la ley de Amnistía es o no constitucional. No se trata de si contribuye a la convivencia en Cataluña o si, en realidad, estimula y estimulará el proceso hacia la secesión. El debate real no está ahí. La Amnistía se ha convertido en ley porque Pedro Sánchez necesitaba los siete escaños de Junts para su investidura como presidente del Gobierno. Por el plato de siete lentejas, el sanchismo ha vendido la dignidad de España, comprometiendo la igualdad de los españoles, la independencia judicial y la decencia política.
Debatir la constitucionalidad de la ley de Amnistía, o los efectos que producirá, es hacerle el juego a Pedro Sánchez. El líder socialista necesitaba los siete escaños de Junts y negoció con el prófugo golpista Carlos Puigdemont un do ut des. Yo te doy una ley de Amnistía que te permitirá regresar a Cataluña en triunfo y además humillo a la nación española ante ti y negocio contigo su redacción, y tú me otorgas a cambio los siete escaños de los que dispones en el Congreso de los Diputados. La ley de Amnistía está redactada por los propios delincuentes que resultarán por ella indultados. Una vergüenza. Una aberración jurídica y moral. Un chalaneo de la política más cutre. La constitucionalidad o no, siendo importante, nada tiene que ver con esa realidad de la compraventa de un texto legal en el que se refugiarán los delincuentes y borrarán sus delitos, a cambio de otorgar a Pedro Sánchez siete votos en el Parlamento.
No haré el juego al sanchismo analizando la constitucionalidad o anticonstitucionalidad de la ley. No debatiré sobre el señuelo de la convivencia en Cataluña. La ley de Amnistía es la ley de la vergüenza porque está redactada de acuerdo con los delincuentes a los que favorece y porque su descarnada realidad reside en la compra de los siete votos parlamentarios que Pedro Sánchez precisaba para su investidura.