En una de esas comidas de buena costumbre entre inaceptables comensales –dicho con socarrona ironía- nos envuelve la atmósfera de lo desigual, pero a la vez el juramento hipocrático de la lealtad, incluso la donación de órganos si ello fuera necesario. En el exterior del local queda el ruido de las prisas por llegar a ninguna parte, mientras que una vez cruzado el umbral nos encontramos reunidos el grupo de la mesa puesta. La diversidad de cada cual con su génesis particular y Dios en la de todos. Eso sí, llevados por el mismo afán de acariciar el beneficio de la duda que la vida concede.
La mesa no es redonda y el decorado tiende a ser polivalente, nada sofisticado, más bien retráctil. Yo diría que el grupo atesora lo maleable de la situación y entre la creatividad, la donosura y la improvisación de cada cual, se sube el telón dejando al descubierto la honra y la deshonra de un país que sigue inacabado desde la guerra civil, que ya es decir. Culpamos a la mediocridad de unos crápulas que solo piensan en hacer caja a nuestro cargo. Por lo tanto este punto del día se resuelve por unanimidad antes del pulpo a feira y las almejas de invite.
Sin entrar en detalles por la promiscuidad de los contertulios, se acostumbra a no sacar de contexto otra cosa que no sea el uso y disfrute del momento, de tal manera que cada cual aporta lo mejor de sí mismo en hora y gracia de su propia cosecha. Por ejemplo Ignacio, que en rigurosa primicia nos suelta que está en contacto con un algoritmo, cosa que extraña al personal y no por dudar de él y su capacidad de conseguir retos, sino más bien por la fama que tienen estos especímenes que nadie ha puesto cara ni se conoce empadronamiento. Ignacio seguramente fue el inventor del fish and chips. Gran corredor de yardas, no en vano ostenta el record británico de 75 días alrededor de sí mismo para demostrar que los ingleses conducen por la izquierda por simple empatía con Papúa Nueva Guinea. Reside en TikTok, una localidad fuera de Londres con vistas a todo tipo de retos.
Mi admirado Rafa, otrora vanagloria vaticana, hoy confiesa como obispo de Roma que podría ser si las sotanas de aquél entonces no hubieran desteñido su fe. San Pedro no le guarda rencor por ello, sobre todo porque Rafa es abogado del diablo y sabe de derecho canónico más que cualquier monaguillo sobre el vino para celebración eucarística. Es el arquetipo de la concordia entre el secreto de confesión y el pecado de los que no le merecen como ejemplo terrenal. Peor para ellos, pues la vida es el regalo que ciertas personas nos dejan en herencia.
Domínguez, ilustrado en ejercicios tributarios asiste a la concordia del grupo como visionario de la actualidad. Campa por la cordura como jinete de nieblas en campo abierto. No son molinos de viento, sino Hacienda, la que espera con esa grotesca manera de exigir y reclamar que cruje al contribuyente. Juan es hombre de fe mientras Tomás, a punto de ser declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, se alza contra los capibaras que asolan el planeta de sus honrados amigos incursos en expedientes sancionadores y demás quebrantos dinerarios.
La lista de comensales es un traje a medida. Javi, Rufino, Alonso, Yagüe, quedo en deuda con ellos para próximos encuentros. Esta narración socarrona y satírica no puede entenderse completamente si no se analizan las relaciones sociales que se establecen con una serie de personajes que mecen mandíbulas dentro de un microcosmos en donde se cohabita con unas gambas en últimas voluntades y algo de queso de tetina (con perdón). Y como dice el gran Casarrubios, al final una subida de azúcar nos pone a todos en modo de fraternal despedida.
En la calle, lo de costumbre. El nuevo mundo que se alimenta de transgresión, de desafío a la norma y al desprecio a la inteligencia. La gente se olvida de reír. Algo tan serio como necesario.