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DESDE ULTRAMAR

La ultraderecha y Europa

Marcos Marín Amezcua
jueves 13 de junio de 2024, 18:44h
El resultado de las elecciones al Parlamento Europeo nos viene estupendo para referir y contar, sí, con la comodidad de hacerlo existiendo un océano Atlántico de por medio y, por lo tanto, desde fuera y desde lejos de Europa, cómo se percibe la situación en un contexto que, por otra parte, no es solo la Unión Europea, pues no solo atañe a ella. A Europa se la puede ver como un todo. Si estalla una guerra, la alcanzará a toda sin distingos, no a unos u otros, estén dentro o no de la UE.
Migración, crisis económica, movilidad interna entre países desiguales son asuntos candentes que nos recuerda que no hay que idealizar la UE, pues sigue existiendo en ella la llamada “Europa de las dos velocidades”, la percepción de creciente inseguridad y la creciente y pendular amenaza de guerra, miedo en pocas palabras, que son ingredientes nefastos y atractivos para crear un cóctel explosivo llamado “ver la solución votando de manera exponencial a la ultraderecha”. La clave de que no ocurra su avance sería que los de la acera de enfrente ofrezcan soluciones diferentes. Allí está el quid del asunto y que no parece que lo estén consiguiendo dado el avance de los ultraderechistas.
Vista en su conjunto – con el riesgo latente de generalizar, desde luego– la estable Europa otra vez parece estar en vilo y cada vez más cercana a una guerra –o varias– de una manera pendular que nos recuerda que esas reglas de la Posguerra, esas promesas del “nunca más” después de la Segunda Guerra Mundial ¿qué tan sólidas y duraderas se encuentran en estos momentos? Quizá las causas de una conflagración sean hoy distintas a otras épocas, en su enlarvamiento y expresión, pero al final de cuentas entrañan la guerra nuevamente, en suelo europeo. Y, claro, en paralelo si uno ve el Festival de Eurovisión parece que no pasa nada, que todo está en orden, que no hay de qué preocuparse. Todo es canto, alegría y bonhomía. Y la Eurocopa, ni le cuento. Sí, Europa así está mandando hacia fuera de sus fronteras dos mensajes contradictorios con dos caras completamente confrontadas de la realidad. Y no le quepa la menor duda: escribo estas líneas apostando por la paz de Europa, faltaba más.
Lleva Europa, en general, ya hace tiempo viendo surgir y resurgir grupos de extrema o ultraderecha que claman fuerte y claro en términos generales, por el cierre de fronteras, por una Europa blanca, que en ello va salvaguardar su quintaesencia cultural, aseguran; con un supuesto rechazo discursivo y actuante –el más peligroso, desde luego– contra migrantes, mientras Europa sigue siendo el polo de atracción de cayucos o caravanas migratorias desde Asia Menor y está necesitada de una mano de obra que, barata y explotable, reemplace a una población que, envejecida, tiende a su disminución y previa jubilación. Fuera de Europa no se oye supremacismo racial abiertamente, mas se intuye como componente de ese discurso de extrema derecha y se olisquea, se sospecha, pese a que prevalezca la voz hablando de Derechos Humanos. La expresión “La vieja Europa” está más vigente que nunca y es contrastante. Mientras su población endémica disminuye –como sentenció un malqueriente, su gente prefiere peces dorados a parir hijos– y los migrantes están procreando y a pasos acelerados, ya no son blancos, en su mayoría. Hace 25 años, una revista estadounidense se preguntaba hacia dónde iba esa tendencia y un cuarto de siglo después, quien regresa de Europa me cuenta –quien más, quien menos– que le resulta llamativo y cada vez más evidente, la cantidad de migrantes inocultables en sus grandes metrópolis, desde los que se notan ya muy instalados a los recién llegados, cambiando el rostro de Europa que la enseñoreraba blanca.
Pues, contra ellos vienen esos grupos de ultraderecha que reclaman una Europa blanca, dígase sin tapujos, exclusión, una expulsión masiva de quienes, aseguran, les quitan los empleos –y te lo dice uno bebiéndose una cerveza en horas de trabajo, tan ricamente, mientras no labora– y los están votando, están subiendo en las preferencias electorales. Grupos de ultraderecha que como todos los europeos, sean o no parte de la UE o de la OTAN, saben que el rompecabezas está incompleto para su Europa excluyente y blanca sin el rubro defensivo. Europa ha sido defendida por Estados Unidos en la Posguerra, que ha pagado la mayor parte de esa defensa; y saben perfectamente bien que en el rubro antiestadounidense que aparece de cuando en cuando, no basta sacar de Europa Occidental el idioma inglés o los productos yanquis de sus vidas primando lo europeo, sino que implicaría lo que rehuyen: responsabilizarse los europeos, hacerse cargo de su propia defensa, financiándola los propios europeos. Lo repito: Trump ha reiterado que de regresar, replanteará en serio, que Europa Occidental contribuya de manera más decidida al sostenimiento de la OTAN. Eso implicaría destinar menos dinero a los programas de bienestar y más recursos al armamento. Con el oso ruso merodeando y dando zarpasos, el desafío queda.
No quiere decir que no se esté armando Europa por su cuenta. Hace unas semanas Alemania, otra vez Alemania, ha sido foco de atención con el anunciado incremento de sus fuerzas armadas. Es que es mal momento para el desarme con la guerra de Ucrania prolongada y ya en tono nuclear en los corrillos diplomáticos y en voz de los líderes mundiales que la tienen de ajedrez. Otra vez Europa pendulea entre una paz fijada con alfileres y una hecatombe.
Y en medio, el Parlamento Europeo con el ascenso de grupos de ultraderecha, que tan no son menores, que Macron convoca a legislativas para medir fuerzas. No sé si es buena idea previo a los Juegos Olímpicos retacados de asegunes y cuestionamientos, ya que parece que no están teniendo a París lista y a tiempo para enfrentarlos. Las críticas a la Ciudad Luz, arrecian. Los resultados electorales del 9 de junio se pueden leer, sí, en clave nacional. Pero no hay uniformidad de lecturas y no solo han de leerse en clave nacional. Los tropiezos socialistas cantados en España, no concuerdan con los ascendentes de izquierda de Portugal o los resultados en Suecia. Cada país ha visto su propia interacción con los números obtenidos el 9 de junio y tendrá su propia lectura. Y cada cual es solo una manera de leer los sucesos.
La otra, reitérese, es que la ultraderecha ha crecido y quien más, quien menos, la está votando. Un temor a que Europa se pierda se atiende votando a los ultraderechistas, que de todas maneras tienen "soluciones" quiméricas a problemas quizá irresolubles, pero que, ya se sabe, con un discurso rijoso y pendenciero engatusan ciudadanos que se quedan tan orondos y tan envalentonados eligiendo a sus cuestionables representantes. ¿Compran así, tranquilidad? a la mejor.
La semilla de nuevos problemas detonados por elegir impulsando a la ultraderecha, está sembrada y da igual si es para apoyarla al Parlamento Europeo o en cada país, que ahí está. Solo espero que la Von der Leyen no salga con otra declaración absurda poniendo rostro cariacontecido como descubriendo apenas el problema, cuando advierta que la ultraderecha manda y ruge. Cara igual de absurda cuando afirmó inopinadamente que la UE “se descubrió” comprándole gas a un autócrata (Putin). Hipócrita. Siempre supo la UE con quién hacía tratos. El interés tiene pies, señora. No le haga al sueco.
A inicios del siglo me pregunté mirando al siglo XX europeo ¿qué destruiría a Europa en el siglo XXI? ¿El fundamentalismo árabe o la ultraderecha de tintes neonazis? de momento, considero que en esa carrera suicida van 50/50. Y mucho que lo lamento y desde luego que al siglo, le cuelga.
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