Arde ya la yedra es la tercera novela, tras Amad a la dama (2002) y La sed de sal (2013), con título palindrómico de Gonzalo Hidalgo Bayal (Higuera de Albalat, 1950). El esquema de la obra es el siguiente: sumido en el tedio y el desánimo, agravados por un revés amoroso, un hombre de veinticuatro años recién licenciado de la mili y entregado en tal trance a la lectura de novelas de quiosco y poca exigencia decide presentarse al VII Concurso Literario de Novela Corta que lleva el nombre de un escritor al que admira: Saúl Olúas, muy aficionado a la palindromía, como proclama su nombre. (Los lectores de Hidalgo Bayal reconocerán a Saúl Olúas, personaje que se asoma en varias novelas y protagoniza un relato).
Con tal fin, y en consonancia con la afición que tiene a dar vueltas y vueltas a la lengua, el escritor en cierne elige el pseudónimo de Bustrófedon -tipo de escritura de la Antigüedad que, curvándose a la derecha y luego a la izquierda, imita el arado que aún hoy se practica en las terrazas del Jerte- para presentarse al concurso, y por ese pintoresco nombre y solo por él lo conocerá el lector de Arde ya la yedra.
Muchos años después, aquel aprendiz de escritor de antaño rememora con gran minuciosidad y en primera persona cómo fue elaborando la novela a base de observar lo cercano y elevarlo luego a ficción, cómo se desarrolló el certamen y de qué manera el azar le deparó el descubrimiento de unos papeles secretos comprometedores en extremo. Tal sería la línea argumental más visible.
La primera parte de la novela, la referente a la confección del libro, se titula “La I no merece ceremonial”; la segunda, “Arde ya la yedra”, atañe al certamen, los muy pintorescos y cómicos nombres de concursantes y títulos y la gran ceremonia de la impostura en la que andan involucradas las autoridades del lugar, situación que da pie a que el participante más destacado y jacarandoso idee los pormenores de un concurso literario con “performance” o ceremonia -palabra clave, junto con “ceremonial” en esta obra- pero sin libros ni escritores (pp.290-291) y otro diga del presidente del jurado que “…era un tipo al que la lectura profesional y las inercias académicas habían inmunizado contra la literatura” (p.307).
Entretanto, como suele suceder en las convivencias de esta índole, cortas en el tiempo pero intensas, cada oveja no acaba con su pareja y la aparente complicidad surgida entre los concursantes es una ilusión que se difumina con el tiempo, como prueba el reencuentro años después de Bustrófedon con uno de ellos, el cual ni tiene ya nada que ver con la literatura ni se acuerda de él.
No obstante, la prosa de Bayal es tan rica en sugerencias, tan singular y llena de virajes que apenas hemos dicho nada de enjundia ni de relevancia con lo anterior, o tan solo hemos apuntado el papel que tiene la trama como soporte de una novela que, al desplegar una reflexión vivaz acerca de los usos verbales hijos de la inercia y de los procedimientos e intríngulis de la escritura literaria, explorar dobles sentidos o aventurar interpretaciones audaces, convierte a la lengua y a la escritura literaria en centro de atención y componente fundamental de la novela, al menos tan importante como la trama, o quizá más.
Tenemos, pues, el componente metaliterario mencionado: el diario de un escritor que nos detalla con minuciosidad y gracia cómo va amasando su obra y cómo la contempla desde dentro y a veces desde la posición del receptor y se pregunta qué poso deja la lectura literaria. Pero ello no permite concluir que se trate de una novela autobiográfica aunque sospechemos que Bustrófedon vive y escribe en Murania (Plasencia) por las inequívocas referencias topográficas tales como el parador, la estación o la intrabayaliana “travesía del interventor”, homenaje a Paradoja del interventor, la novela más celebrada de Bayal.
A ratos vemos una novela existencial sobre el tedio y sus subterfugios -con una veta barroca de conciencia de la degradación- protagonizada por un “forastero”; una antología siempre bien traída de citas y alusiones más o menos visibles de los clásicos españoles y universales y de canciones de una generación; un ejercicio lleno de ingenio sobre los desvelos y pequeñeces de la cotidianeidad de la gente que vive en lugares de tamaño medio, con los consiguientes gajes. Tal la pintoresca relación, pique incluido, de la bibliotecaria con Bustrófedon o las escenas del baño de las muchachas en el río que contempla él para inspirarse como escritor.
Tal vez Arde ya la yedra sea la novela más amena y jocosa de Hidalgo Bayal, siendo a la vez una sátira hilarante y aguda acerca de excesos comerciales de la literatura, la superfetación novelística, descubrimientos de mediterráneos por parte de cierta crítica y editoriales (“la antigua nueva narrativa”, p.313), chanza de fórmulas verbales manidas (“frisaba en”, p.14, p.190, p.230,p.257 ,“conciliar el sueño”, p.299).
Mas por encima de todo, pese a sus minucias autobiográficas, la literatura de Hidalgo Bayal es una gran celebración de la ficción y de la lengua y un descubrimiento de sendas verbales diáfanas y fecundas nunca antes navegadas que el lector atento debe ir captando pues le salen al paso de manera sorpresiva y agradable, en una escritura de prosapia clásica, tensa, autorreferencial y parentética, características acreditadas en su amplia y sólida trayectoria.
Es notable, asimismo, la destreza para armonizar lo tradicional con regusto arcaico y la experimentación. Así, encontraremos formas de futuro de subjuntivo como “terciare”, fragmentos de versos clásicos, alusiones o retazos de novelas bien conocidas, nombres propios transmutados en comunes, palíndromos, dos capítulos muy ingeniosos escritos en verso, uno con justificación argumental y el otro por afán lúdico y simétrico, quizá.
En fin, una novela excelente, divertida y densa, de gran originalidad en su planteamiento jocoserio e idónea para que nuevos lectores conozcan a uno de los mejores autores de la literatura en español.