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Novela

Gonzalo Hidalgo Bayal: La escapada

domingo 10 de marzo de 2019, 20:09h
Gonzalo Hidalgo Bayal: La escapada

Tusquets. Barcelona, 2019, 301 páginas. 18 €. Libro electrónico: 11, 99 €.

Por Concha D’Olhaberriague

En 1988 publicó Gonzalo Hidalgo Bayal (1950, Higuera de Albalat, Cáceres) Mísera fue, señora, la osadía, su primera novela, y dos años antes había visto la luz un escueto poemario de apresto barroco a la manera de nuestros clásicos, titulado Certidumbre de invierno, que, visto desde hoy, casi me atrevo a decir que contiene in nuce su visión pesarosa del mundo.

Desde entonces hasta la fecha el escritor extremeño ha ido labrando una obra inconfundible, con una prosa culta de intensidad poética, abundante en referencias literarias, explícitas o de pasada, y jalonada por finos juegos de ingenio verbal que relajan la tensión e introducen una nota amable, divertida muchas veces, en un mundo sombrío poblado por personajes melancólicos, solitarios y misantrópicos, predominantemente masculinos, que se dan a rememorar la vida que pudo ser y no fue, el itinerario de la frustración, y en ocasiones, a contemplar el espectáculo de la podredumbre. Pienso en Nemo, la obra maestra de Gonzalo Hidalgo Bayal, y en su inolvidable protagonista homónimo.

Títulos como El cerco oblicuo (1993), Campo de amapolas blancas (1997), Paradoja del interventor (2004), El espíritu áspero (2009), La sed de sal (2013), de nombre palindrómico o Nemo (2016), ganadora del Tigre Juan a la excelencia recóndita y merecedora de todos los premios por sus calidades, junto con una colección de relatos, Conversación (2011) y otra de cuentos maravillosos, La princesa y la muerte, reeditada en 2017, constituyen una solvente carrera literaria atenida al rigor y a la fidelidad del escritor consigo mismo y con su autoexigencia.

Desde su primera novela Gonzalo Hidalgo configuró con Tierra de Murgaños, Murania y otros topónimos un territorio literario propio, al estilo de Región, Macondo o especialmente la Yoknapatawpha de William Faulkner, escritor del que toma, entre otras cosas, el título de la novela que presentamos, La escapada, y el subtítulo, Una reminiscencia, palabra que podríamos decir que interpreta de una manera ejecutiva pues la trama del libro es un sugestivo ejercicio de rememoración, desencadenado por el encuentro fortuito del narrador con un compañero de facultad después de cuarenta años sin verse, en la singular librería de viejo del callejón de San Ginés, en el Madrid de los Austrias.

Además de contener una geografía de autor, la primera novela de Gonzalo Hidalgo es un filón de personajes que luego cobrarán vida en otras obras. Así ocurre con Foneto, apodo jocoso de tiempos estudiantiles, personaje aludido en Mísera fue, señora, la osadía y protagonista, junto con el profesor y narrador de La escapada. Pero lo más interesante de este asunto de la conversión de una persona en personaje primero y de la posterior recuperación, engrandecimiento y trasvase a otra novela del mismo autor es que sea el narrador en primera persona de La escapada quien nos cuente pormenorizadamente todo este proceso creativo (capítulo 9). Narración, confesión y reflexión se entrelazan sin fisuras en esta nueva obra del autor de Nemo.

Sin embargo, la novela, como El Cerco oblicuo, no transcurre en Murania sino en Madrid. Casi todo lo que retrospectivamente y siempre en primera persona evocará el narrador, que es a su vez personaje, coprotagonista y autor en ocasiones explícito (Bayal, Gonzalo, GHB) ocurrió en una zona delimitada del centro histórico de la capital, aunque haya asimismo referencias a la vida universitaria en la facultad de Filología de la Complutense y a otros espacios frecuentados por los estudiantes de los últimos años del franquismo. Una librería antigua de Madrid -el hecho es relevante- es el lugar del reencuentro de los dos amigos de antaño un sábado por la mañana.

El narrador, profesor de literatura jubilado, lector empedernido y caprichoso, observa hace días una edición de Los rateros de Faulkner, también traducida por La escapada, y se pregunta sin más qué suerte correrá el ejemplar. En esas se le presenta Foneto pronunciando una sentencia de tiempos estudiantiles. Ha ido a la capital por razones médicas. Posiblemente está grave, cabe deducir de lo que sucede al día siguiente (en el libro esto ocupa el último capítulo) de la jornada en que los dos amigos comparten comida, copas y reviviscencias literarias peregrinando por sitios tales como el Callejón del Gato, el portal de Huertas donde se desarrolla la chusca escena inicial de Troteras y danzaderas, de Ramón Pérez de Ayala, o la Cuesta de Moyano. Es inevitable acordarse de Max Estrella y su acompañante dando tumbos por un Madrid nocturno que casi coincide con el que recorren de día los protagonistas de La escapada. Se respira asimismo un cierto aire de despedida definitiva.

Los dos amigos -que algo recordarán al lector habitual de Gonzalo Hidalgo a los muchachos de Campo de amapolas blancas- no se habían visto desde hacía cuarenta años. Por eso se ponen al día e informan el uno al otro -según relata el narrador- de los pormenores de su peripecia vital. Así descubrimos que Foneto es un ser solitario, retraído, de aire austero, sin familia. En lugar de haber terminado trabajando en alguno de los menesteres propios de los estudiantes de filología se ganó la vida y la renuncia al deseo, que fue su método de liberación, con un quiosco de prensa en una plazuela de una ciudad antigua y amurallada, la suya. Ahora está también jubilado, y los quioscos de prensa en trance de desaparición. El quiosco fue garita, observatorio, parapeto y refugio de este personaje despojado al que sus maliciosos compañeros apodaron Foneto por el interés desusado que mostraba en las clases de fonética y fonología.

Pero el largo monólogo en primera persona que adopta la novela trasciende con mucho la trama y la ficción. Novela intelectual, búsqueda y aventura del conocimiento como todas las de Hidalgo Bayal, divagación sobre la amistad, La escapada tiene asimismo hallazgos extraordinarios de lo que podríamos llamar filosofía callejera. Así el comentario a la pintada del metro que reza: “Te echo de menos” o la fina reflexión sobre el pudor que sigue al pasaje: “Nos llegó en esto una frase de la conversación que mantenía una pareja en la mesa de al lado. Yo no tengo a nadie, dijo el hombre, pero tú solo me tienes a mí, palabras que nos dejaron mudos y avergonzados” (p.67).

La escapada es, además, una novela que celebra gozosamente a nuestros clásicos y en especial a algunos de los escritores que han nutrido la prosa y el mundo intelectual y afectivo de Gonzalo Hidalgo: Cervantes, Fray Luis, Calderón, Poe, Kafka, Borges, Sánchez Ferlosio y sobre todo Faulkner, de quien, además del título, hay una larga cita al comienzo y un comentario sustancioso de Mientras agonizo.

Al igual que Cervantes en el Quijote y el Persiles, Gonzalo Hidalgo entrevera en su hermosa novela minuciosas meditaciones críticas acerca de aspectos cruciales de la génesis literaria ( de la suya, hay que precisar) tales como el surgimiento de un personaje, al que me referí antes, la conveniencia o no de que el argumento sustente la novela (p.55), el lugar menor que ha de ocupar el narrador cuando, como en esta novela, es personaje (p.66), los intríngulis de la memoria (p.28) o la desaparición del héroe en la novela moderna (p.109 ). De esta forma el autor hace a los lectores partícipes de ciertos principios de su poética.

En pocos escritores contemporáneos, salvo quizá en Ferlosio, encontramos la pericia de Hidalgo Bayal para integrar en la narración expresiones de tipo tradicional tales como “Uno piensa el bayo y otro el que lo ensilla”, refrán con el que Foneto desarma la sorpresa de su amigo ante lo que le cuenta y que es por añadidura una de las citas que encabezan la novela.

La escapada es, en fin, una obra espléndida, densa y amena, rica en sugerencias, melancólica, divertida a ratos, enjundiosa y magníficamente escrita, como todas las de Gonzalo Hidalgo. Los lectores devotos del escritor disfrutarán doblemente al reconocer de forma inequívoca en Foneto a un personaje de la familia bayaliana emparentado con H. Travel, el interventor o Nemo.

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