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TRIBUNA

La iglesia española, una transición que no transita

viernes 09 de agosto de 2024, 19:33h

Leo de un tirón el libro de Juan María Laboa Nada sin el otro. Vivir contemplando el signo de los tiempos(1). Pocos, si alguno, conocen mejor la historia de la Iglesia por su condición de catedrático de la materia, por sus publicaciones, por su actividad y por su amistad con las jerarquías y los protagonistas de la Transición; su hermano fue Nuncio Apostólico. La amistad es algo que él tiene a gala (Nada sin el otro), y su constelación de amigos incondicionales resulta increíble, pues por su casa han pasado papas, grandes intelectuales y gentes de élite. Yo mismo soy su amigo y me he confesado con él en momentos duros.

Con todo, ni una gota de petulancia hay en él. Nada sin el otro está plagado de anécdotas hilarantes y tiernas con un fino humor satírico contenido, con prudencial sordina: “por la mañana temprano del día 20 de noviembre tomé el autobús. Llevaba en la mano el libro que estaba leyendo esos días, Esta noche la libertad, el conocido libro de Dominique Lapierre y Larry Collins. No había leído el periódico ni nadie me había llamado durante la noche, por lo que subí al autobús tranquilo, despistado, y con el libro a la vista. Estaba de pie en el pasillo y se me acercó un señor que me dijo: ‘disimule, hombre, disimule’. Es así como me enteré de que había muerto Franco”.

“En aquellos años difíciles y conflictivos los asistentes a mis cursos no eran, a menudo, pacíficos oyentes, sino más bien jabalíes con distintas cornamentas”. Lo malo es que a esos tiempos peores han seguido otros “doblesmáspeores. Aunque tampoco en este rubro eran siempre culpables los otros: “recuerdo que un mes de febrero los primeros jóvenes universitarios del Padre Morales, las Milicias de Santa María, montaron a las ocho de la mañana ante la Facultad de Derecho una procesión que en realidad me pareció un aquelarre. Estos jóvenes que no tenían relación con Pastoral misionera, porque sólo les interesaba la misa, me dijeron que pensaban actuar por su cuenta y que la procesión era la primera de otras muchas” (pp. 203-204). Y luego, en la universidad pública, yo mismo me dedicaba a desasnar a esos cruzados y a otro llamado Savater, cruzado de su santa causa. Estos “cruzados” felices en sus colegios mayores de élite tenían sin embargo el gatillo fácil para el cismita y la ultraortodoxia que convertía en heterodoxia cualquier otra pretensión de ortodoxia. Iglesia niñata de las velas y de las guitarritas, non ores pro nobis.

¿Y los capellanes universitarios? “Los religiosos en los colegios mayores, los del Opus Dei, Comunión y Liberación y otros grupos de laicos más o menos dirigidos por instituciones religiosas, actuaban por su cuenta sin relación entre ellos ni, por supuesto, con la diócesis… Las capellanías de las Facultades me dieron algunos dolores de cabeza. Para los miembros de grupos religiosos, los capellanes de la facultad sólo servían para decir una misa diaria” (pp. 199 y 203). De misa y olla teológica, por supuesto. Elegido por Laboa para dirigir Ecos Unversitarios me salpicó trasversalmente aquella miseria de los catedráticos católicos de papel de fumar sin la menor formación católica, cuya obsesión era formar tribunales católicos para llenar España de catedráticos católicos, aunque se hubiera presentado Aristóteles para profesor ayudante de clases prácticas.

Entre tirios y troyanos, también en el Seminario Diocesano de Madrid, “cuando se producía el abandono y el paso racial al otro extremo, recuerdo con disgusto las preguntas desmadradas, los comentario mordaces, los dardos desnortados y a menudo cobardes, que ocultaban sus pobres preocupaciones tras jóvenes siempre ingenuos. No es que estos fueran más duros o más capaces, sino que eran más manipulables” (p. 236). No hubo dos Españas, hubo una misma ruindad y una común beocia.

“En otoño de 1977, cuando me invitaron a una reunión de fin de semana en las Rozas, escribe Laboa, me encontré a José Miguel Oriol, Alfonso Pérez de Laborda, Carlos Díaz, Olegario González de Cardedal y otros. El motivo de la convocatoria era la decisión de editar en español una revista recientemente creada por von Balthasar y De Lubac, a la que poco después se adhirieron Ratzingr y Kasper, dando así inicio a las ediciones alemana e italiana. Poco después favorecieron el nacimiento de las ediciones en francés y en español. En Francia se reunieron unos jóvenes universitarios, dos de los cuales siguen siendo conocidos en la cultura francesa, Jean Luc Marion y Remi Brague. La mayoría de los presentes en la reunión eran laicos y la participación fue variada e interesante. Cuando todo parecía dicho, Carlos Díaz tuvo unas palabras incisivas muy suyas con las que atacó a Olegario, creo recordar que el motivo era que lo consideraba tibio, poco comprometido. Olegario, quien por lo que comprendí más tarde había aceptado dirigir la nueva revista, reaccionó con una cierta violencia y en ese momento se quebró el proyecto inicial. La reunión acabó suficientemente bien pero sin director, ya que Olegario, profundamente herido, ya no estaba por la labor. Cada uno se fue a su casa. A los pocos días me llamó José Miguel para que fuera el director de la nueva revista. Aunque le advertí de que no me consideraba teólogo, insistió en el ofrecimiento y felizmente acepté. Digo felizmente porque disfruté de la experiencia de cuantos conocí en diversos países y de los encuentros del consejo de redacción con Ricardo Blázquez, Martín Velasco, Carlos Díaz, Alfonso Pérez de Laborda, Javier Elzo, Ignacio Camacho, Juan Luis Ruiz de la Peña, Félix García Moriyón y Antonio Andrés. Era un consejo plural, amistoso en las discusiones, sin pretensiones de vedetismo, ni de imponerse” (pp. 210-211). También yo mismo estoy muy agradecido por todo aquello. Sólo añadir que don Olegario reaccionó como lo hizo por mi pregunta: “se dice que eres el teólogo de UCD, ¿es verdad?”.

Por lo demás, Juan María Laboa, hombre libre y bueno que hubiera podido ser un altísimo burócrata eclesiástico, escribe hoy (con la valentía que también a él mismo le faltó en los tiempos peores) lo que muchos sentíamos y decíamos ayer a pie de laicado: “con Juan Pablo II, que no conocía nada de la Iglesia española, fueron Martínez Solano y sus adláteres Suquía y Rouco quienes tomaron con pasión la tarea de cambiar el talante de nuestra Iglesia ayudados por el Opus Dei, los Quicos, el Padre Maciel, Comunión y Liberación y algunos más” (p. 254). En tal clima, aunque se recomendó a los obispos que al presentar su dimisión a los 75 años tomaran como residencia otra diócesis distinta para no crear dificultades a su sucesor, “Rouco debió considerar que su revelo fue inicuo y fijó su nueva residencia junto a la antigua catedral… Estoy convencido de que la presencia y actuación de Ratzinger, vestido de blanco, viviendo a un tiro de piedra del pontífice ‘felizmente reinante’, recibiendo y actuando en desacuerdo con sus afirmaciones iniciales, ha favorecido y alentado de hecho a algunos cardenales y creyentes que se han sentido envalentonados en su oposición al Papa Francisco en la misma Roma” (pp. 258-259).

Sicut vita finis ita: “el funeral de Juan Pablo II apareció una devoción a veces articulada y teledirigida en muchos grupos conocidos que gritaron incesantemente santo súbito como una especie de chantaje y exigencia que, ciertamente, no favoreció el examen sosegado y minucioso de un proceso de canonización que tiene en cuenta el don del discernimiento de espíritus” (pp. 63-64). Desde luego, aquel prepotente santo aquí y ahora no era sino la fuerza de presión casi golpista de la ideología cato/carca más poderosa que el Espíritu Santo entre algunos de los que le invocaban. Cuánto pazguato sin idea de latín ni de griego.

En fin, lo de la Catedral madrileña de la Almudena, un auténtico esteticidio u horroricidio estético: “Rouco consiguió terminar la Catedral que sus antecesores habían considerado innecesaria dadas la condiciones eclesiales existentes. No sólo se terminó la construcción, sino que tuvo la ocurrencia de repartir todos los huecos existentes entre diversas familias religiosas, de forma que éstas construyeron con entusiasmo pecaminoso capillas dedicadas a sus fundadores con escasísimo valor estético. El pasillo de los horrores resultante, único en la historia de las catedrales, y las pinturas de Kiko Argüello, aceptadas devotamente por Rouco, no aniquilan del todo la dignidad de la nave central. Por su parte Rouco, que no estuvo ciertamente a la altura de los mecenas renacentistas florentinos, marcó con inocuas estatuas las fachadas de la catedral convirtiéndolas en un pequeño ajedrez. Todo ello frente al palacio real” (236).

Y colorín colorado. “me convencí de que no se puede ser feliz y encima exigir que el obispo te quiera” (p. 256). Uno de los últimos capítulos de Nada sin el otro se denomina Los años que vivimos peligrosamente. No me gusta, pues ¿acaso ese frufrú de sotanas fue peligroso para el clero en general y para los santones laicos en particular? El único que vivió peligrosamente fue Jesucristo y con él los mártires. Ha faltado y sigue faltando el gran cruce (que no cruzada) del Rubicón. Pasar de las manos bendecidoras de Jesús a sus pies polvorientos y a su carencia de lugar donde reclinar la cabeza es lo único que podría evitar una Iglesia mutilada como la de hoy. A ver si en la próxima transición…

1. Laboa, J-M: Nada si el otro. Vivir contemplando el ‘signo de los tiempos’. Ediciones Kahr, Madrid, 2024.

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