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TRIBUNA

La que se avecina

Juan José Vijuesca
miércoles 21 de agosto de 2024, 19:52h
Actualizado el: 21/08/2024 20:12h

Lo del mono no me gusta. Confieso que la cosa apunta maneras y aunque al mono lo vistan de seda, mono se queda. Tenemos lo de la COVID, que sin ir más lejos aún quedan muchas cuentas pendientes, ya saben, vidas que pagaron un tributo sin saber a ciencia cierta el verdadero motivo y el por qué.

El virus de la viruela del mono, o si lo prefieren, Mpox, que siendo lo mismo parece la marca de una agencia de paquetería; quizás nos traiga más desgracias de las que nos anuncian. Deberíamos estar acostumbrados a desconfiar, pero preferimos mirar hacia el lado más opuesto de la incertidumbre.

Lo cierto es que es un virus de los que matan. Otro más. Cada año nos echan encima una carga de profundidad para aligerar la nómina pasiva y a partir de ahí que cada cual se busque la vida. ¿Casualidad? Ni por asomo. La mano del hombre que mece nuestro destino se cuida muy bien de no llegar tarde a la cita. Es cuando comienza la suelta de virus estilo banquete de los cocodrilos con los ñus africanos en el río Mara. A mí no es que este tipo de antílope me resulte un animal de compañía, es que no le veo de utilidad más allá de hacer de extras en las grandes sabanas. Mi amigo Cartapacio, especialista en animales insulsos y anodinos, vino a describir al ñu como un ser creado para humillar al reino animal. No estudian, no trabajan, no cazan y seguro que reciben un trato deferente. Algo muy de moda.

Septiembre, un clásico de siempre, es un mes propicio para la parálisis emocional. En él se ralentizan las euforias tramitadas en verano. No es que sea el fin de los tiempos, pero se antoja un mes del que reverdecen viejas carencias y debilidades diversas. Las energías se vuelven cobardes y los neurotransmisores, o sea, las endorfinas, aun siendo una cuestión muy personal, acostumbran a dejar tirado al sistema nervioso central. Damas y caballeros, se nos acumulan los malos augurios. Mientras el mosquito del Nilo, que ya de por sí está siendo letal, ahora el virus de la viruela del mono se nos cuela a través de las rendijas como es costumbre. Al igual que ocurriera con la COVID, los policías que trabajan en Barajas denuncian que lo hacen sin EPI, sin barrera física que los separen de los solicitantes de asilo procedentes de África, algunos de los cuales con claros síntomas de Mpox. Aquí somos muy de fiar tanto para entrar como para salir.

Como verán, la historia no es que esté condenada a repetirse, es que una vez más somos nosotros los elegidos para que el experimento sea rentable. La gran industria farmacéutica se empadrona en nuestro organismo para quitarnos neutrófilos por el procedimiento del tirón. Un sistema a baja tempura cuyo diagnóstico toma el sobrenombre de virus para todo tipo de descontento corporal. Y he aquí que el Paracetamol, al igual que el antiguo vino quina Santa Catalina, se posiciona como fórmula magistral tanto para un roto como para un descosido. Mientras tanto los laboratorios apadrinan a la gallina de los huevos de oro, que al precio del noble metal se hace imposible ir a Casa Lucio para degustarlos aunque sean rotos.

No hagan excesivos esfuerzos en credulidad manifiesta. Como digo, la historia es repetitiva cuando está en manos de los mismos sátrapas que se alimentan de nuestra mansedumbre. Y lo digo porque en el año 2020, de infausto recuerdo, nos dijeron que la COVID serían unos pocos casos y acto seguido vivimos la glotonería del engaño más mortal y sin castigo penal, tanto que hasta la muerte no daba crédito quedando extrañada de llevarse así a los muertos. Sin un responso, sin un adiós, ni tan siquiera un último beso, deprisa y corriendo en busca de cualquier cementerio.

Ojalá que todo quede en un mal sueño, pero la llegada de virus por encargo no es casual. En fin, siempre nos quedará la vacuna contra el miedo. Algo es algo.

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