Decía nuestro gran poeta José Ángel Valente (1929-2000) que el desierto representaba “un lugar idóneo para el pensador y el filósofo”. Dicha afirmación cobra un sentido todavía mayor si sabemos que el escritor vivió en aquel tan cinematográfico de Tabernas durante sus últimos quince años de vida. Sin duda, este lugar deshabitado resulta bien simbólico a la hora de referir a cierta “travesía” interior que debemos realizar en diversas ocasiones. Como el personaje de Will Kane interpretado por Gary Cooper en Solo ante el peligro (“High Noon”, Fred Zinnemann, 1952), muchas veces somos nosotros los únicos que tenemos la llave que abre determinadas puertas cerradas en el camino. Problemas que nos afectan y que hemos de resolver sin la ayuda de nadie más. Estos problemas pueden llegar a ser angustiosos al ser provocados por el propio contexto y afectar a la existencia presente y futura de la que somos protagonistas. Un problema que no concluye al leer el “The End” de una película ni al concluir la vida individual, pues se trata de un conflicto donde está la sociedad entera involucrada.
Como dice muy bien Valente, ese lugar árido y hostil puede convertirse en un acicate del pensamiento, estando nosotros solos ante ese peligro. En el silencio y en la soledad es más sencillo procesar los pensamientos. El poeta —lo digo en distintos textos sobre poesía— es también por fuerza un filósofo. Un filósofo de la existencia, es decir, un poeta existencialista. Nos lo demuestran libros como Últimas palabras, de Mario Álvarez Porro (Sevilla, 1977). Profesor de Lengua castellana y literatura, posee una amplia trayectoria como poeta traducida a libros: Negociando el dolor (2011), La palabra en llamas (2013), Fe de horizonte (2015) y Fragmento de la nada (2018). Tras más de una década en las lides líricas, nos brinda este nuevo título, publicado por Ediciones En Huida en su colección Extravaganza-Poesía.
La portada —ilustrada por el joven creador Agustín Muñoz García, licenciado en Bellas Artes— es sencilla y delicada. Efectuada con tres pinceladas, nos remite a la caligrafía oriental, donde los signos establecen una imagen de lo que representa el concepto de lo escrito. El título del poemario resulta contundente por lo que su significado conlleva. Puede aludir a las últimas palabras expresadas, las más maduras hasta la fecha, ideadas desde el conocimiento acumulado de toda una vida; también es posible que remitan a las palabras postreras, el último aliento antes de abandonar la vida. En este segundo caso se trata de algo evidentemente simbólico, dado que una parte del poemario parece desprender cierto aire apocalíptico. Una vida que acaba tal vez como la imaginamos, un mundo que cambia indefectiblemente y se dirige hacia su extinción. En cualquiera de los casos, creemos que hay algo de cada sentido en esas “últimas palabras”.
Desde Schopenhauer hasta Baroja, sabemos que el conocimiento da dolor, pero se trata de un dolor curativo, como ese veneno administrado en pequeñas dosis a fin de servir de antídoto para el cuerpo ante males mayores. Igual que el desierto puede tener su lado positivo por cuanto tiene de medio espoleador para la inteligencia, ese dolor fortalece, hace más resistentes a quienes lo padecen. Mario lo tiene claro en su libro, y parece que la portada también nos lo manifiesta secretamente —consciente o inconscientemente por parte del ilustrador— con ese signo pictórico que parece “D” inicial de “dolor”, elemento protagónico en buena parte del volumen. La última parte de la obra, titulada “En nombre de dolor”, reúne siete poemas de esta temática, pero el concepto volará libre a lo largo del resto de sus páginas.
No es el dolor el único elemento rotundo en Últimas palabras. También lo son aquellos referentes a la naturaleza, metáforas claras del sentir existencialista del poeta, comparación ineludible por sus cualidades positivas con esa otra realidad artificiosa creada por el ser humano y que acabará por amenazar la vida en la tierra. El primero de los apartados del libro, Juegos en la nada, nos sitúa ya en este contexto. Su título proviene de una frase expresada por el mítico escritor de libros juveniles Michael Ende (La historia interminable o Momo) que dice: “Todo es solo una apariencia, un juego en la nada”, de evidentes tintes cartesianos. Ese “genio maligno” que nos confunde en lo que vemos, demostrándose que nada es lo que parece, ni tan siquiera lo que damos por seguro y estable. Ende será uno de tantos autores elegidos por Alvarez Porro a lo largo del libro, a fin de ilustrar algunos de sus poemas. Así, veremos desfilar por sus páginas nombres que darán perfecta cuenta de las afinidades electivas del autor —y que sin duda confirmarán su estilo y obsesiones—, como Jorge Luis Borges, Octavio Paz, Ada Salas, Ramón Andrés, Olvido García Valdés, Michel de Certeau o María Zambrano. De esta última y de su razón poética Claros del bosque brotará ese imaginario natural del libro: “El claro del bosque es un centro en el que no siempre es posible entrar”. En ese lugar luminoso pero obstaculizado en su acceso por numerosos elementos arbóreos, se encontrará el ser amado. Éste será, junto a los nombres homenajeados anteriormente, referencia e influencia en el escribir del autor; a diferencia de éstos, de él no dirá nunca su nombre, pero le deberá mucho: “Y me has llamado, amor, / sin nombre, / de entre los árboles, // a jugar en la nada. // Y yo he acudido a ti, / tan torpe, / tan libremente, // a este claro del bosque”.
Otro de los elementos poderosos en el poemario es la idea de urbe como contraria a la del bosque: “Cruzó esta ciudad y su insólita / deforestación sin motivo. / El sentimiento / no halla acogida en ella / ni abrigo alguno / ante la ausencia de árboles”. De nuevo la idea de desierto aunque en sentido negativo de “páramo” inhóspito. Pero prima la esperanza: “y aunque después de tanto / escarbar con mis propias manos / no encuentro ningún rastro de raíces, / no, no creo que esté todo perdido”. Todo lo que nos humaniza desaparece, desde el respeto al entorno hasta el cuidado hacia nosotros mismos. Somos lo que nos rodea: “Las palabras se nos mueren / como se mueren los pájaros, / yo quisiera una palabra / que no muriera en su canto”. El poeta se alza contra la desaparición de lo que nos da la vida a través de su lírica hecha voz. Pero incluso la palabra puede llegar a hacerse con las cosas para desvirtuarlas: “Los nombres se adueñan de todo, / incluso de aquello que no precisa / de ningún modo ser nombrado”.
Otro elemento característico del poemario es la imagen del rayo con su sorprendente efecto iluminador e incendiario, esta vez en un sentido positivo: “El sembrador / y la semilla, / la claridad / y su relámpago. / El árbol solo. / Y abrasando por dentro, / el rayo”. La idea de hombre/poeta como árbol, tan presente en nuestra poesía. Puede ser un “árbol invertido”, que parece que no está pero que trabaja desde su voluntad natural, manteniendo su esperanza bajo la tierra. Oculto, como el de Octavio Paz (“creció en mi frente un árbol. / Creció hacia dentro”). Unión entre la tierra y el cielo es este árbol, como las figuras alargadas de El Greco, tan manieristas. El cielo es, para el poeta, donde “todo comienza siempre”; también “indescifrable palpitar / de eterna promesa y eterno descenso”. El autor busca habitar en el lugar imposible, “donde los bosques, al final de la luz, / donde los árboles permanecen encendidos; / allí, donde se confunden el cielo y la tierra / hiciste hogar de ningún sitio // donde solo es posible // habitar en el límite”. Delante de esa línea de horizonte imposible de alcanzar, ese “bosque de cemento”, una ciudad plurivalente como el desierto de Valente. No existe en ella lírica, aunque el escritor la busque: “Nosotros los que fuimos / crecimos en una barriada / de las de entonces, / rodeada de solares vacíos, carreteras cortadas / y alguna vía muerta / que acababa en un terraplén baldío. […] Hoy es sólo una barriada más / en este bosque de cemento, / está ciudad desarbolada”. En ella “cabe todo el ruido del mundo / o, si prefieres, todo su silencio. / Y, sin embargo, // esto no es poesía”. Palabras que no dejan de constituir un himno generacional en el que otras generaciones previas y futuras pueden sentirse identificadas. Un mirada a la que cuesta imaginar un más allá de lo que ve, en ese Retrato de la incertidumbre con el que se titula la segunda parte del libro: “alguien en el futuro nos observa, / nos estudia, nos analiza, / quizá quiere hacerse una idea / de lo que una vez fuimos: // solamente musgo adherido al árbol”.
En este paisaje, el poeta encuentra al “corredor de fondo”, que no cesa en su ejercicio por evitar pensar, disfrutando de la libertad, eligiendo la soledad (“al darse cuenta / de que el grupo no existe”), negándose a abandonar ante una realidad tan desesperanzada. El poeta se identifica con él en su lucha física y mental diaria, qué duda cabe de ello. Su negativa a detenerse, abandonando: “Es hora de salir, / es el momento, / como quien de repente echa a correr / para seguir sintiendo el bosque arder, // como quien ya nunca mira atrás / porque no quede nada a qué mirar”. Siempre hacia delante […]. // Es hora de salir, / de dejar la palabra / como una casa en llamas / que nos guíe en la oscuridad”. Cuando en ese viaje toque la hora de regresar, emprendiendo el “viaje a Ítaca” como dijo Kavafis, puede que ya no quede nada que el poeta pueda recoger. El corredor deberá volverse al fin pensador, por muy difícil que resulte el recuento vital: “siempre en el dolor te hallo, / en la ausencia del ave / que ya se ha arrojado del nido”. Una imagen también recurrente en el libro la del pájaro humanizado y, aún más, símbolo de la humanidad que debe prevalecer: “Si no construimos un nido / con suficiente amplitud, […] Si no lo elevamos lo bastante […] donde mantenerlo a salvo […] Si no le damos tiempo / Si, al fin, no somos capaces , una vez llegue el momento, de deshabitarnos para, entonces, / arrojarnos fuera de él, / haciendo lugar donde no lo har, / ya nunca repoblaremos la ciudad”.
Evitar pensar no significa eludir el “dolor”, que como decimos está muy presente como tema del decir poético: “Sólo se canta aquello que más duele, […] / al arder de la copa a las raíces”. De nuevo ese árbol tocado por el rayo que termina por renacer, esperanzador: “sólo un árbol en llamas / hendido desde adentro / podría, // otro milagro de la primavera”. Un árbol machadiano, “capaz de contener el rayo, / de alimentar su lumbre / y de alumbrar su llama”. Ese rayo casi hernandiano “que no cesa”, talado que retoña y “viene cuajando” dentro del poeta”. Son imágenes bien poderosas las del rayo y el árbol dentro del escritor. Lo que contiene y le “anima” debe volver fuera, ser expulsado como desahogo terapéutico a través de la palabra: “Si alguien pudiera decir lo que guarda, / si por fin sacase a la luz aquello que calla […] y, así, no prescindir más del dolor, […] tan sólo sentir en cada palabra / la verdad de sí mismo / sin excusa que valga”. Se debe “despertar con el canto / en otros árboles, / la claridad silente / del rumor de sus hojas. / Un lenguaje que asciende / a lo que no se nombra”. Y que “sea la palabra / como un árbol hueco / que aún da cobijo / incluso ya seco; memoria esencial / más allá del tiempo, / donde reverdece / siempre el sentimiento”. La palabra universal, eterna, atemporal que trata la verdad y cura, también en el trato con el ser amado: “Para vivir no quiero / más falsas apariencias, / tan sólo la verdad / por mucho que ella duela”. Encontrar al ser amado es posible a través del retrato que de él hace la naturaleza: “No, amor, / nadie tuvo que decirme tu nombre. // Tan sólo escuché al viento, / rocé su luz, / sentí a las aves / que me llamaban / de entre los árboles”. El ser amado es también a imagen del verso, “una extraña invocación sin sentido, / solamente un fragmento, / prodigioso acertijo”.
¿No es la poesía eso precisamente, un misterio que atrapa y al que el lector, en su obsesión razonadora, trata siempre de encontrar un sentido?