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TRIBUNA

Entre dos mundos

Juan José Vijuesca
miércoles 09 de octubre de 2024, 18:08h

Estoy sentado en un banco del Retiro de esos que invitan a la orquestación de los huesos cuyas dolencias son achacables a cualquier cambio de tiempo venidero. Es una verdad –o una mentira- a medias, porque el esqueleto humano acostumbra a doler por nostalgia de una juventud ya pasada. Observo como un par de gorriones revolotean desconfiados. Es un vuelo de reconocimiento. Más tarde, ya posados en tierra, avanzan a pequeños saltos, desafiantes pero con el motor en marcha por si acaso. Advierto a mí alrededor como el otoño trafica con los colores de una naturaleza henchida de savia a su manera. Es la vida misma la que nos regala las idas y venidas del retorno hacia nosotros. Es el canto de la evolución de lo que se renueva a nuestras espaldas sin apenas darnos cuenta.

El caso es que en esta pincelada distingo a una pareja de enamorados o al menos en estado de gracia amorosa en sintonía con el placer del beso. Es la fuerza de lo bucólico cuando los años se mimetizan con el frenesí. Es un instante perfecto en un mundo perfecto aunque lo sea por arraigo de sensaciones. Apenas una instantánea hace valer que la vida merece la pena cuando se desdramatiza tanta variedad de maldades a nuestro alrededor. A veces un simple boceto de bienestar o de belleza sirve como efecto mariposa para invitarnos a dar valor a nuestra condición de especie humana, aunque por desgracia la belleza de hoy no es para todos. Maltratada y malinterpretada la han convertido en segundo plato dejando de ser verso para quienes huimos del alienamiento humano.

Me saca de aquello la osadía de uno de los gorriones. Tiene carácter, lo noto por su manera de mirarme, por su inquieta forma de confiar a medias, lo que le convierte en un elemento bien entrenado por sus progenitores. Espera de mí algo más que respeto y procuro satisfacer su valentía. Saco de uno de mis bolsillos unos palitos de pan para “picar” entre horas. Él sabe que aquello se pone interesante aun así retrocede poniéndose en guardia. Dejo caer pequeños trozos a modo de invitación aguardando la llegada del comensal. En un santiamén aquello se anima con la llegada de refuerzos que en nutrido grupo acuden al festín. La simbiosis de lo que cada cual somos en este planeta es pura armonía. Hay cabida mientras haya respeto y uno se ilusiona con lo de convivir y lo fácil que resulta el ser y el estar cuando dejas que el fluir de las cosas se muestren tal como son.

Llegado a este punto, sabedor de haber adoptado para mi artículo de hoy un tono mayormente pastoril, se acerca un hombre algo contrariado. Toma asiento al otro extremo del banco dando por hecho que el mundo está contra él rompiendo así mi armonía del momento. -¡Oiga, eso de dar comida a los pájaros está prohibido! –me lo suelta, así sin más. Yo le respondo que todo comienza por ser amable con los otros. -¿Y quiénes son los otros? –me pregunta con cierto eufemismo. –Quizás si usted fuera un gorrión, tal vez lo supiera –le respondí. Se levantó como un resorte y se marchó de allí no sin antes escupir en verbo una lindeza hacia mí: -¡Es usted un viejo chiflado!

Una vez rota la magia de mi contemplación por culpa del entrometido, abandono mi pequeño universo para adentrarme en el núcleo duro de una sociedad en donde los canallas campan fuera de contexto. Los árboles son de fuego y los gorriones ahora son buitres volando en círculo. Donde los besos son de sangre, la armonía se viste de oscuridad y las bombas de racimo cercenan las tribulaciones de la existencia terrenal con la muerte abasteciéndose a granel.

Y de esta manera cohabitan dos mundos, uno, el que adorna las segundas oportunidades del ser humano con árboles permitiendo dejarnos ver el bosque de la paz; el otro, el que se levanta sobre la deshonra donde el amor propio es fruto de la codicia, las pasiones rinden culto a la corrupción y donde la vesanía atormenta al ser humano hasta descolocar su cordura. Un mundo donde las diplomacias se han plegado a la cobardía y a la mentira llenándose de corruptores de la razón genuflexos ante quien sabe qué patriarca terrenal.

Ustedes elijan.

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