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ORIENT EXPRESS

Defender la Hispanidad desde lo alto

Ricardo Ruiz de la Serna
domingo 13 de octubre de 2024, 18:58h

El viernes pasado, que era 11 de octubre, un colectivo indigenista se citó en la plaza madrileña de Colón para una «Acción Ritual [sic] en memoria de los pueblos originarios». La convocatoria precisaba que habría «danzas, Performance, Poesía, Música y reivindicaciones ¡Resistencia Ancestral ante el Genocidio Colonial!». Resulta tranquilizador que no se practicasen ni sacrificios humanos ni banquetes caníbales como lo que algunos de aquellos «pueblos originarios» practicaban. La cosa se reconducía al arco iris de las diversidades y a la retórica del Foro de São Paulo, el Grupo de Pueblo y la Agenda 2030. Sirva como muestra un botón de la convocatoria: «estaremos en los Jardines del Genocidio de Colón (Plaza Colón) en un acto de memoria por las víctimas de la colonización histórica y actual. Iniciando con un ritual según la cosmovisión de pueblos originarios para luego hacer una intervención teatral, con danza, poesía y música de diferentes culturas. Este año se hará un paralelismo entre el 12 de octubre de 1492 y el 7 de octubre del 2023 por la colonización y genocidio del Pueblo Palestino, reivindicando la lucha de los pueblos y su defensa del territorio y por la madre Tierra».

En realidad, eso del 11 de octubre era una más de las acciones que pretenden utilizar al Día de la Hispanidad para impulsar el relato propagandístico del genocidio, versión actualizada de la Leyenda Negra que, desde hace siglos, se viene impulsando contra España. Afortunadamente, abundan ya los materiales especializados y divulgativos que refutan las acusaciones que, desde el siglo XVI, se pretenden esgrimir contra España. Ahí están, sin ir más lejos, los libros de María Elvira Roca Barea y los de Iván Vélez. Sí me interesa más subrayar que aquellas consignas políticas vienen acompañadas de acciones para ocupar simbólica y físicamente el espacio público. Desde el derribo de monumentos hasta el cambio de nombres en el callejero, la «cultura de la cancelación», que es una de las traiciones más arteras a la cultura misma, se ha convertido en el instrumento para imponer un relato falso de culpas colectivas, exigencias de perdón y mentiras reiteradas. Ese colectivo había escogido la víspera del Día de la Hispanidad para tratar de mancillar, de nuevo, más de 500 años de historia.

Lo interesante del pasado viernes, sin embargo, no fue lo que gritaron los indigenistas, sino la respuesta que suscitaron. Un grupo de jóvenes del movimiento Revuelta decidieron desplegar una pancarta en defensa de la Hispanidad desde la altura de una de las esculturas que forman el monumento al Descubrimiento de América de Joaquín Vaquero Turcios (1933-2010). Estuvo bien jugado. En la toma del espacio público, las alturas siempre llaman más la atención que el ras de suelo y una pancarta, incluso de noche, resulta bien visible. Además, parece que alguien profirió gritos impíos - «¡Viva la Hispanidad!»- en medio de aquella «acción ritual indigenista» profanada por unos españoles indignados. La policía acudió rauda a identificar a los transgresores. No consta que los funcionarios identificasen ni pidiesen la documentación a los congregados para ensuciar la historia de España. No me gusta -que quede claro- que se subiesen a un monumento, pero me gusta todavía menos que haya que encaramarse a una altura y arriesgarse a multas para defender el buen nombre de España.

Aquí, extranjeros que se lo deben todo a España pueden hacer y decir lo que quieran beneficiándose de las libertades que les brinda el país al que detestan. El victimismo indigenista es uno de los ramos más lucrativos de la industria del odio a España. Uno puede crear una plataforma o una asociación, obtener subvenciones, pasearse por los platós y las tertulias y seguir viviendo aquí con unas libertades y unas condiciones que jamás tendría en Cuba ni en Venezuela; bueno, quizás sí porque las élites comunistas y bolivarianas viven muy bien a ambos lados del Atlántico. En cambio, a esos jóvenes que se encaramaron a un monumento no para dañarlo, sino para defender la historia que lo inspiró, los trataron como a delincuentes. He aquí la confusión de España en nuestro tiempo: defender la verdad histórica tiene peores consecuencias que propagar mentiras contra España.

Sin embargo, estos muchachos han salvado la dignidad de un pueblo, mejor dicho, de muchos, porque son muchos, a ambos lados del Atlántico, los que saben que la Hispanidad es uno de los grandes legados que hoy disfruta la humanidad entera. Vean el deslumbrante largometraje «Hispanoamérica, canto de vida y esperanza», de José Luis López Linares. Lean a Sor Juana Inés de la Cruz y al Inca Garcilaso. Sumérjanse en los cuentos de Borges. Paseen por el centro histórico de Quito. Recen en la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México. Visiten en silencio la Biblioteca Palafoxiana, maravilla de la ciudad de Puebla. Escuchen el bellísimo himno mariano en quechua «Hanacpachap cussicuinin», primera obra polifónica compuesta en el Nuevo Mundo publicado en 1631 por Juan Pérez de Bocanegra (1560-1645), profesor de latín en la Universidad San Marcos, de Lima, y canónigo en la catedral de Cuzco.

La Hispanidad es eso -y mucho más porque llega hasta Filipinas y se adentra en África- y resulta reconfortante que estos jóvenes se hayan atrevido a defenderla.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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