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TRIBUNA

Elogio de los atardeceres

domingo 20 de octubre de 2024, 19:41h

Juan y yo estábamos de acuerdo. Estos días recientes habíamos tenido la suerte de ver unos atardeceres magníficos. Hablando por Instagram, bromeaba diciéndome que no sabía si se debían a esa popular frase —en su caso aprendida de su abuela— que comentaba que en Madrid estos eran como si pintados por Velázquez o simplemente eran culpa de la contaminación. Preferimos lo primero aunque lo segundo posiblemente también tuviera bastante que ver. La lluvia, que no admite piruetas de originalidad, fue despejando el cielo para no fallar a la hora de la recogida, manteniendo algunos bártulos aquí y allá, pensando la composición como esas fotografías de los estudios de los pintores; desastres orquestados, colores vivos entre el revoltijo.

Ha sido un mes y medio de bastantes noticias. La mella otoñal se ha notado en las muertes y las rupturas a las que algunos a mi alrededor han tenido que hacer frente. Los meses posteriores al verano son de mucho cambio, no es novedad, pero es llamativo tantos al mismo tiempo. Te ponen en guardia o tranquilizan sabiendo que uno no está tan mal si comparamos. Son meses en los que la actividad ha traído sensaciones y situaciones muy variadas. Como broche a todas ellas, los atardeceres, a veces llevando a pensar muy ingenuamente que no importa todo lo que ocurra a lo largo del día siempre y cuando acabe con un portentoso desplome, iluminando el horizonte como esos cuadros de Friedrich que tanto gustan a pesar de que parecen el fondo de una película antigua de Disney.

Bajando por la cuesta de San Vicente, el espectáculo estaba garantizado. Entre semana sigue siendo un lugar propicio a las acciones y rarezas de las que somos capaces, y esto es perfectamente intercambiable, puede darse en una ciudad o en una aldea recóndita. A cada sitio sus sugestiones. Por la acera de los muros de Sabatini, subían deportistas echando el bofe y otros aguantando el tipo pero con igual expresión desmayada y mejillas que indicaban la necesidad de más de una parada técnica. Salteados, parejas y familias y otros paseantes, muchos de los primeros y de los terceros con actitud de querer sentarse cuanto antes en las escaleras o los poyos de los jardines. En la acera de la derecha, más animación por las terrazas, los que entraban y salían del hotel o los parkings, de los supermercados y tiendas de chinos y un grupo de amigos que discutían acaloradamente —otra vez el rojo en las mejillas estallando— no sé si acabada la peripecia o no en la puerta del escape room. De frente, sobre la Casa de Campo, el granate y el cian hacían de los árboles bandadas de mirlos. No podía quitarse la vista de la franja cegadora del sol.

Para evitar la ceguera y por envidia de las nubes que se abalanzaban acelerando la puesta, contrarrestaba la gama de oscuros de los jardines del Moro. La enésima vez que me preguntaba por qué no he entrado ahí todavía para creer que me pierdo por sus veredas. ¿Quién era la que sí estaba aprovechando los últimos rayos sobre las matas de enredaderas y bajo la tupidez de los pinos y el circunloquio de escenas y frases que viene precediendo a este momento? Efectivamente, aunque no era de esperar encontrármela tan lejos de su barrio. La marquesa de S. tiraba de su galgo porque seguramente el chal que la envolvía no era lo suficientemente grueso. El galgo, en cambio, olisqueaba feliz entre las pinochas. Me encaramé a las verjas para que me oyera. Los dos nos saludamos agitando el brazo. Me señaló la salida y pude acompañarla hasta el puente de Segovia, donde ella pidió un taxi no sin antes despedirse diciéndome que quería que le desencriptase más cartas, que seguro había alguna que me serviría para algo. Imposible negarse ante tal invitación.

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